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Amparo Estévez Saviza

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Considero que un espacio interactivo debe servir para comunicar, compartir y pasar momentos agradables que nos ayuden a pensar la vida como bella y en este caso específico a conocer a los escritores y poetas que en todo momento transbordan vidas diversas arte y sueños a nuestro corazón...

viernes, 15 de noviembre de 2013

ADOLFO BIOY CASARES - (Décimo cuarta parte)





. Adentro, como el orden siempre había sido estricto, el sistema de repeticio¬nes se cumplió naturalmente. Nadie huyó; más aún: nadie llegó a asomarse a una ventana. Todos los días parecían el mismo. Era como si el tiempo se detuviera todas las noches; era como si viviesen en una tragedia que se interrumpiera siempre al fin del primer acto. Transcurrió así un año y medio. Él se creyó en la eternidad. Después, inesperadamente, murió Lucía; El plazo del médico había sido postergado por quince meses.
Pero en el día del velorio ocurrió un hecho revelador: una persona que nunca habría estado en la casa, pudo ir, sin indicación de nadie, hasta una determinada habitación. Vermehren sólo reparó en esto cuando Oribe le dio la fotografía de Lucía; pero añadió que al encender la lámpara, su deciión ya era mirar la cara del hombre a quien iba a matar.
A los pocos días yo estaba de regreso en Buenos Aires y Vermehren había muerto en su cárcel. Se dijo (por ahora no quiero desenmascarar al autor de la infamia) que yo no era ajeno a esa muerte; que aproveché la circunstancia de no ser registrado, para llevarle el cianuro (me lo habría exigido a cambio de una confesión). Pero faltaron las consecuencias previstas por los difamadores: yo no revelé nada y la policía de Chile no se ocupó de mí.
Temo, ahora, reavivar la calumnia; se alegará que los da¬tos que me dio el médico y la simple amenaza de publicarlos no pudieron bastarme para obtener las declaraciones de Vermehren; se pasará por alto la dificultad que yo habría te¬nido para conseguir un veneno en Antofagasta; se insistirá en que esta publicación es la prueba que faltaba. Yo, sin em¬bargo, espero que el lector encuentre en mis páginas la evi¬dencia de que no pude complicarme en el suicidio de Ver¬mehren. Establecerla, denunciar la parte preponderante que en los hechos de General Paz tuvo el destino, y mitigar, en lo posible, una responsabilidad que oscurece la memoria de Oribe, fueron los estímulos que me permitieron ordenar, en plena enfermedad y al borde mismo de la desintegración, este relato de hechos y de pasiones concernientes a un mun¬do que ya no existe para mí.

Aquí se interrumpe el manuscrito de Juan Luis Villafañe

Al escribir: «Aquí se interrumpe el manuscrito de Juan Luis Villafañe», he querido señalar que, a mi juicio, el relato queda inconcluso. Añadiría: deliberadamente inconcluso. Es verdad que la última frase ambiciona la pompa, el patetismo y el mal gusto de un final. Sobre todo, de un falso final. Es como si Villafañe hubiera pretendido que el tono confundiera a los lectores; que éstos, al reconocer el final, lo acepta¬ran, sin acordarse de que faltaban explicaciones y una bue¬na parte del relato.
Ahora intentaré corregir esas deficiencias. Lo que agrego es una interpretación meramente personal de los hechos; pero confío que también sea lícita, ya que todas sus premisas pueden encontrarse en este documento o en los caracteres que este documento atribuye a Oribe y a Villafañe. No he ca¬llado mi conclusión con el propósito literario, o pueril, de reservar una sorpresa para las últimas páginas; he querido que el lector siguiera a Villafañe, libre de toda sugestión mala; si este epílogo le parece demasiado previsible; si, inde¬pendientemente, hemos llegado a la misma conclusión, me atreveré a considerar el hecho como un indicio de que la in¬terpretación no es injustificada.

ADOLFO BIOY CASARES - (Décima tercera parte)





Con su cara congestionada y sus ojos inexpresivos, Berger dio pormenores. Yo tuve asco: de mí, de Oribe, de Berger, del mundo. Hubiera querido abandonar todo; pero me hallaba en ese episodio como en la mitad de un sueño y tal vez entendí que no debía tomar decisiones, que en ese momento mi sentido de la responsabilidad no excedía al de un personaje soñado. Además, empecé a entrever (muy tardíamente, por cierto) una explicación de los hechos y cometí la equivocación de querer confirmarla o desecharla, de no preferir la incertidumbre. A la mañana siguiente emprendí el viaje a Santiago.
Recordé que no debía odiar a Oribe. Con insegura frialdad me pregunté si me indignaba tanto que hubiera contado la aventura porque la muchacha estaba muerta. Precisamente, la había contado por eso: porque la muchacha estaba muerta y porque la historia de su vida y el episodio de su muerte eran románticos. Trataba la realidad como una com¬posición literaria, y debía imaginar que el valor antitético de esa anécdota era irresistible. El procedimiento era candoroso, el efecto, burdo, y pensé que no debía juzgar a Oribe con mucha severidad ya que su culpa no era la de un hombre inicuo sino la de un escritor incompetente. Lo pensé en vano. Los argumentos no abatieron mi condenable rencor.
En cuanto llegué a Antofagasta fui a ver al jefe de policía. Este funcionario no se interesó por la carta de presentación, aunque llevaba la firma autógrafa de nuestro jefe, me oyó con indiferencia y me extendió un permiso para visitar a Vermehren cada vez que yo quisiera.
Lo visité esa misma tarde. En sus ojos durísimos no ad¬vertí si me había reconocido. Le hice algunas preguntas. Empezó a insultarme, lentamente, con una voz en que las palabras, casi murmuradas, parecían contener un vendaval de odio.
Lo dejé hablar. Después le dije:
-Como usted quiera. Yo andaba en una investigación personal, sin intención de publicar los resultados. Pero me ha convencido: publico los datos que me dio el doctor Battis y no molesto a nadie.
Me retiré en seguida y al día siguiente no aparecí en la cárcel.
Cuando volví fue casi atento. Apenas aludió a la entrevista anterior. Me dijo:
-No puedo explicar este asunto sin referirme a mi pobre hija. Por eso no quise hablar.
Confirmó la historia del médico; agregó que una noche, cuando Lucía subió a acostarse, alguna de las muchachas dijo que parecía increíble que en una vida tan cotidiana¬mente igual como era la de ellos, pudiera introducirse un cambio -el cambio definitivo de la muerte-. Después recordó la frase, y, en horas de insomnio, cuando las credulidades y los propósitos son más apremiantes, decidió imponer a to¬dos una vida escrupulosamente repetida, para que en su casa no pasara el tiempo.
Debió tomar algunas precauciones. A las personas de la casa les prohibió salir; a los de afuera, entrar. Él salía, siempre a la misma hora, a recibir las provisiones y dar las órdenes a los capataces. La vida de los que trabajaban afuera si¬guió como antes; huyó un peón, es verdad, pero no lo habría hecho para salvarse de una disciplina terrible, sino porque habría descubierto que ocurría algo extraño, algo que no podía entender y que por eso lo intimidaba

ADOLFO BIOY CASARES - (Duodécima parte)





-No tiene importancia -dije; le saqué el cuaderno-. Des¬cifro las peores escrituras.
El título me hizo estremecer: Lucía Vermehren: un recuer¬do. Leí el poema y me pareció la fijación débil y perifrástica de sentimientos intensos; pero éste es un juicio posterior y confieso que esa noche sólo pude expresar una confusa, aun¬que violenta, emoción. Una emoción, indudablemente, es una forma humildísima de crítica; sin embargo, por mere¬cerla, el poema se distingue entre todos los de Oribe (a pesar de las férvidas intenciones de imitar a Shelley, prodigaba nuestro poeta más felicidad verbal que sinceridad). Los ver¬sos que leí tenían defectos formales y no eran siempre eufó¬nicos; pero eran sentidos. Como no dispongo de esa calum¬niosa recopilación postuma, en donde figura el poema, debo citar de memoria, y, desgraciadamente, recuerdo una de las estrofas más lánguidas. Su primer verso es pobre; las pala¬bras «bosque», «desierto», «leyenda», son valores poéticos análogos y no se refuerzan mutuamente. El segundo verso, émulo de las peores victorias de Campoamor, es indigno de Oribe. En el último la cesura no cae naturalmente; considero, por fin, que la elección de la palabra «desesperanza» no debe reputarse un acierto. La estrofa, en su conjunto (y en su mi¬seria), quizá no delate influencias; pero alguno de sus versos trasluce, al menos me parece a mí, vestigios de Shelley; mi desmemoriado oído, sin embargo, se niega a precisarlos.

Descubrí una leyenda y un bosque en un desierto,
y en el bosque a Lucía. Hoy Lucía se ha muerto.
Levántate Memoria y escribe su alabanza,
aunque Oribe caduque en la desesperanza.

Le pregunté a Berger si Oribe no le había contado nada de su viaje.
-Sí -dijo-. Me contó una aventura rarísima.
Berger empezó por el «misterio» del bosque de pinos, y continuó:
-Usted recordará que Oribe salió del hotel una noche, a eso de las diez, con el pretexto de pensar en un poema que estaba escribiendo. La noche era muy oscura (tan oscura, me dijo, que sólo descubrió que había andado entre nieve cuando se miró las botas, en el hotel). Se dirigió como pudo al bosque de pinos. Los perros no le salieron al paso; se ale¬gró de esto, porque los temía, aunque sabía tratarlos...
-Creo que él también tuvo perros -indagué- cuando era chico...
-Sí, me parece que le oí algo de eso... De pronto se encon¬tró frente al edificio principal de «La Adela»; dijo que lo ro¬deó por el sur; abrió una puerta lateral y se metió al azar por esa casa desconocida; cruzó cuartos y corredores; finalmen¬te llegó junto a una escalera de caracol, detrás de una cortina verde; subió la escalera y desde un entrepiso vio un salón in¬menso donde un señor vestido de negro conversaba con tres muchachas (las primeras personas que encontró en la casa). Afirmaba que no lo vieron. En el entrepiso había dos puer¬tas. Abrió la puerta de la derecha. Ahí estaba Lucía Vermeh¬ren.
Sentí un vértigo y murmuré:
-¿Qué más?
-Oribe señalaba dos puntos -explicó metódicamente Berger-. Primero, que al verlo, la muchacha no se asombró. Era, me repetía, como si de un modo general lo hubiera es¬perado. Le pedí que no repitiera, que me explicara lo que él entendía, al menos en esa frase, por modo general. Inútil. Us¬ted sabe lo obstinado y lo desatento que podía ser. Después venía el segundo punto, o sea la docilidad virginal con que la muchacha se entregó.

JAIME SABINES - Amor mío, mi amor, amor hallado...



MIS FLORES


Amor mío, mi amor, amor hallado...

Amor mío, mi amor, amor hallado
de pronto en la ostra de la muerte.
Quiero comer contigo, estar, amar contigo,
quiero tocarte, verte.

Me lo digo, lo dicen en mi cuerpo
los hilos de mi sangre acostumbrada,
lo dice este dolor y mis zapatos
y mi boca y mi almohada.

Te quiero, amor, amor absurdamente,
tontamente, perdido, iluminado,
soñando rosas e inventando estrellas
y diciéndote adiós yendo a tu lado.

Te quiero desde el poste de la esquina,
desde la alfombra de ese cuarto a solas,
en las sábanas tibias de tu cuerpo
donde se duerme un agua de amapolas.

Cabellera del aire desvelado,
río de noche, platanar oscuro,
colmena ciega, amor desenterrado,

voy a seguir tus pasos hacia arriba,
de tus pies a tu muslo y tu costado.

Jaime Sabines - Yo no lo sé de cierto...



-Mis Flores

Jaime Sabines

Yo no lo sé de cierto...





Yo no lo sé de cierto, pero supongo
que una mujer y un hombre
un día se quieren,
se van quedando solos poco a poco,
algo en su corazón les dice que están solos,
solos sobre la tierra se penetran,
se van matando el uno al otro.

Todo se hace en silencio. Como
se hace la luz dentro del ojo.
El amor une cuerpos.
En silencio se van llenando el uno al otro.
Cualquier día despiertan, sobre brazos;
piensan entonces que lo saben todo.
Se ven desnudos y lo saben todo.
(Yo no lo sé de cierto. Lo supongo.)


Lee todo en: Yo no lo sé de cierto... - Poemas de Jaime Sabines http://www.poemas-del-alma.com/yo-no-lo-se-de-cierto.htm#ixzz2kitDdHyD

jueves, 14 de noviembre de 2013

ADOLFO BIOY CASARES - (Décima parte)





Yo examiné a la señorita Vermehren un año y medio antes de la fecha en que dicen que murió. No podía vivir más de tres meses.
-Dar el certificado -interpreté sin entusiasmo- era admi¬tir un error profesional...
El doctor Battis se restregó las manos.
-Si quiere verlo así -comentó- no tengo inconveniente. Pero le prevengo: después de la fecha de mi examen la seño¬rita Vermehren no pudo vivir más de tres meses. Le conce¬do: cuatro meses; cinco. Ni un día más.
Regresé a General Paz esa misma noche; a la mañana si¬guiente tomé el avión para Buenos Aires. Durante el viaje tuve sueños; mis emociones y acaso la tenacidad del movi¬miento y del cansancio debieron regir esas horribles fanta-
sías. Yo era un cadáver, y, en el sueño, el deseo de acabar el viaje era el deseo de que me enterraran. Soñé que todos mis amigos eran fantasmas de personas que se habían muerto; muy pronto morirían también como fantasmas. Un temor no especificado me impedía mirar la fotografía de Lucía Ver¬mehren: ya no era una fotografía lo que yo miraba, lo que yo adoraba, lo que yo tocaba. Después hubo un cambio atroz; cuando volví a mirarla, aunque nunca dejé de mirarla, se me castigó por esa interrupción retrospectiva: la imagen se ha¬bía borrado, quedaba un papel en blanco y supe definitiva¬mente que Lucía Vermehren estaba muerta.
Llegamos al atardecer. Yo estaba cansado, pero ésa era mi última tarde en Buenos Aires y quería verlo a Berger Cárde¬nas antes de irme a Chile. Llamé por teléfono a su casa; me atendió él mismo y me dijo que no estaba; le dije que lo visi¬taría a la noche.
Han pasado años desde esa entrevista; sin embargo, al evocarla hoy, vuelvo a sentir el mismo arrepentimiento y el mismo asco. Berger debió quedar como un símbolo, su mero recuerdo como un incesante conjuro de esos horrores; pero tan inescrutable es el desarrollo de nuestros sentimientos que ese hombre llegó a ser el más conspicuo de mis amigos, y, me atrevo a agregar, durante las inextinguidas miserias de mi larga enfermedad, el mejor enfermero y el mejor sirviente.
Entre perros enormes, que silenciosamente surgían y vol¬vían a desaparecer en la oscuridad, seguí a un evasivo por¬tero, por una serie de patios irregulares y después por un jar¬dín donde había un pabellón con una escalera exterior, y un solo árbol, que en la noche parecía infinito. Subimos la esca¬lera, abrimos la puerta y entré en una pieza vivamente ilumi¬nada, con las paredes cubiertas de libros. Congestionado y benévolo, Berger se levantó de un horrible sillón con brazos metálicos y avanzó a recibirme.
No perdí tiempo en amabilidades. Le pregunté si Oribe había escrito algo sobre el viaje a la Patagonia.
-Sí -contestó-. Un poema. Lo conservo todavía.
Abrió un cajón atestado de papeles revueltos y sucios; hurgó ahí adentro y al rato sacó un cuaderno de tapas rojas. Se dispuso a leer.
-Yo se lo copié -declaró-. De mi puño y letra.
-No tiene importancia -dije; le saqué el cuaderno-. Des¬cifro las peores escrituras.
El título me hizo estremecer: Lucía Vermehren: un recuerdo.CONTINUARÁ...

ADOLFO BIOY CASARES - (Novena parte)




Era un jueves. Unos amigos me consiguieron para el do¬mingo un asiento en el avión de la línea militar a Bariloche; para el miércoles, saqué boleto en el avión que va a Chile.
Visité sin ninguna esperanza a una tal Bella, una amiga dinamarquesa, casada con un ingeniero que trabajaba en Tres Arroyos. Me parecía que no bastaba que una persona hubiera nacido en Dinamarca para que supiera la historia de los Vermehren; esto sólo en apariencia era razonable, por¬que en el país no hay muchos dinamarqueses, de manera que todos tienen noticias de los demás, o saben quién puede tenerla. Bella me presentó a un señor Grungtvig, de Tres Arroyos, que estaba de paso en Buenos Aires. Esa noche, en el Germinal, mientras oíamos tangos, Grungtvig me dijo casi todo lo que sé de Vermehren. La noche siguiente volvimos a reunimos. Me completó los datos sobre Vermehren y vimos la madrugada, melancólicos y fraternos, conversando sobre la estéril, sobre la decorosa repugnancia que todos tenemos por las autoridades, convencidos del porvenir desesperado de la vida política en la tierra y, en especial, en la Re¬pública; pero no sentíamos como una desdicha nuestras predicciones y nuestra resignación; los tangos, que llegaban a ser Una noche de garufa, La viruta y El Caburé, nos anima¬ban, al dinamarqués y a mí, de un secreto patriotismo co¬mún, de una indiscriminada voluntad de acción, de una jubilosa agresividad.
El domingo al atardecer llegué a Bariloche. Convine con el chauffeur que me llevó desde el aeródromo hasta el hotel, que a la mañana siguiente iríamos a General Paz.
Salimos temprano y pasamos todo el día viajando. Le pregunté al chauffeur si el doctor Battis seguía atendiendo en General Paz. El hombre no sabía nada de General Paz.
Llegamos. Bajé, cubierto de tierra y enfermo de cansancio, en la casa del médico. Me abrió la puerta el doctor Battis; se presentó él mismo y me extendió una mano extraordi¬nariamente pálida, húmeda y fría. Era de escasa estatura; tenía el pelo y el bigote partidos en mitades iguales, con rayas al medio y ondas paralelas. Me ofreció un horrible bre¬baje, que resultó ser un vino que él mismo preparaba, alabó su aparato de radio (le permitía «oír el Colón y los discursos de una cantidad de señores con puestos públicos») y me in¬vitó a sentarme. Cuando supo que yo era periodista y, después, que no intentaba hacerle un reportaje, perdió gradual¬mente la amabilidad. Lo interpelé:
-Vine a preguntarle por qué usted no quiso ir a «La Adela», a dar el certificado de defunción de Lucía Vermehren.
Abrió mucho los ojos y pensé que le hubiera gustado lle¬varse el aparato de radio y hacerme vomitar (lo que no era difícil) su absurdo brebaje. Sin duda quería darse importan¬cia y hablar; pero no hablar del asunto Vermehren. Su actitud era justificable: ignoraba hasta dónde podría llevarlo nuestra conversación y ninguna persona decente quiere tratos con la policía. Antes que respondiera, le expliqué:
-Elija entre hablar conmigo o con las autoridades. Si habla conmigo no va a arrepentirse. Yo hago esta investigación por mi cuenta y no pienso comunicar a nadie los resultados. Elija.
El hombre se tragó un vaso de su propio vino y pareció reanimarse
-Bueno -exclamó triunfalmente- si me promete discreción, hablaré.

ADOLFO BIOY CASARES - (Octava parte)






En Buenos Aires lo vi muy poco. Sé, por las mujeres de la pensión, que llamó por teléfono algunas veces, cuando yo no estaba. El último recuerdo que me dejó, y el más vehemente, es el de una noche que entró en el diario, con el pelo revuelto y los ojos desorbitados.
-Quiero hablarle -gritó.
-Lo escucho.
-Aquí no -miró alrededor-. A solas.
-Lo siento -le dije-. Todavía me falta media columna.
-Esperaré -dijo.
Se quedó de pie, inmóvil, mirándome fijamente. Tal vez no lo hiciera para incomodarme; su mirada me incomodó: «No me vas a ganar», pensé, y con toda calma, casi diría con lentitud, seguí redactando el suelto.
Cuando salimos llovía y hacía frío. Oribe trató de tomar el lado de las casas, en la vereda; tomó el otro. Lo vi empaparse y empezar a toser. Antes de hablarle, dejé que pasara un rato.
-¿Qué quiere? -le pregunté.
-Invitarlo a un viaje. A Córdoba. Yo pago todo.
No solamente era rico: tenía la insolencia del dinero. Me indignaba, además, que se creyera tan amigo. ¿Por qué yo iba a acompañarlo en un viaje? El de la Patagonia había sido casual.
-Imposible -le dije.
Hoy tengo la satisfacción de haber sido atento; de haber agregado:
-Mucho trabajo.
Insistió quejosamente y sólo consiguió aumentar mi irritación. Cuando se convenció de que no lo acompañaría, me dijo:
-Tengo que suplicarle una cosa.
Me parecía que ya había suplicado bastante. Siguió:
-No quiero que sepan que me voy a Córdoba. Le pido por favor que no se lo diga a nadie.
No les pregunté a las mujeres si llamó. En cuanto al secreto del viaje, ignoro si lo guardé; creía entonces, y a veces lo creo todavía, que Oribe nunca ha de haber querido que nadie le guarde ningún secreto. Pero tengo la conciencia tranquila: nada, ni mis palabras, ni mi silencio, pudo modificar los hechos que luego ocurrieron.
Dos meses después de esa noche en que mis ojos desafectos lo vieron perderse, conmovido y fútil, en la exaltada iluminación de Buenos Aires, dos meses después de esa noche en que penetró en una limitada geografía de angustia y de persecución, un carabinero lo encontró muerto en un lejano jardín de la ciudad de Antofagasta. Luis Vermehren, deteni¬do a los pocos días por la policía, confesó el asesinato; pero ni los especialistas locales, ni los que se enviaron desde San¬tiago, lograron que explicara los motivos que tuvo para co¬meterlo. Sólo pudieron averiguar que Oribe había pasado por Córdoba, Salta y La Paz, antes de llegar a Antofagasta, y que Vermehren había pasado por Córdoba, Salta y La Paz antes de llegar a Antofagasta. Tomé el asunto con tranquilidad. Pensé escribir una serie de artículos que narraran la persecución de Oribe por Vermehren y aludir paralelamente a las persecuciones de las luces por la Iglesia. Esta excelente idea quedó abandonada, porque me convencí de que debía hacer algo más; no sin mucho trabajo logré que el mismo di¬rector que me había mandado tan superfluamente a la Pata
gonia me permitiera ir, por cuenta del diario, a donde yo quisiese, en el país o fuera de él, para ocuparme del asesinato de Oribe.

ADOLFO BIOY CASARES - (Séptima parte)





-Cuando venga una de las muchachas. Estoy cansado, por eso no voy yo mismo.
-Nunca lo permitiría -dijo Oribe, con dignidad. Inmediatamente insistió-: ¿Dónde la tiene?
-En mi dormitorio -balbuceó Vermehren.
Oribe estaba rígido, con la cabeza levantada y los ojos cerrados. Después, con un brusco movimiento, como en una brusca inspiración, pasó al otro lado del cortinado verde. Apareció en lo alto del coro; se detuvo entre las dos puertas, indeciso. Abrió la puerta de la izquierda y desapareció.
El Delegado miraba plácidamente hacia el coro. Abrió mucho los ojos.
-¿Cómo? -articuló.
Había que inventar una explicación, evitar una rápida catástrofe.
-Es un poeta, un poeta -repetí con fatuidad.
Oribe apareció de nuevo, se perdió hacia abajo, surgió detrás del cortinado. Traía en la mano una fotografía. Yo quise verla; se la tendió a Vermehren. Temblando, le oí preguntar:
-¿Es ésta?
Durante un tiempo que me pareció largo, pero que tal vez fue la fracción de un segundo, Vermehren siguió inmóvil, con la cabeza reclinada sobre el pecho, como adormecido en el dolor. Después, como si la proximidad de la fotografía lo reanimara, se irguió. Encendió la lámpara. Era flaco y alto, y en su rostro carnoso, blanco y femenino, los labios tenues y los grandes ojos celestes parecían expresar una impávida crueldad.
En ese momento entró una de las muchachas. Puso una mano sobre un hombro de Vermehren y dijo:
-Ya sabes: no te conviene agitarte.
Apagó la lámpara y se alejó.
Según Oribe, el Delegado comentó después la insistencia con que yo había mirado a la muchacha.
Me fui a sentar en un sofá, junto a una portada que se comunicaba por un corredor con el cuarto en donde estaba la muerta. Por ahí pasaban los que iban a mirarla. Estuve mu-
cho tiempo; tal vez, horas. Vi pasar a una de las muchachas. Lo vi pasar a Oribe; lo vi salir; me rehuyó la mirada; tenía lá¬grimas en los ojos. Vi pasar a otra muchacha.
Por fin me levanté y le dije a Oribe que nos fuéramos de la casa. No quiero ver personas muertas: después no puedo recordarlas como vivas. Le pregunté si tenía la fotografía; me respondió afirmativamente, con una voz temblorosa. Cuan¬do estuvimos afuera se la pedí. Había tan poca luz que ape
nas pudimos encontrar el camino.
En el hotel, Oribe pidió un anís; yo no quise beber. Me dormí poco antes de las ocho de la mañana. La noche se hbía acabado en seguida, aunque estábamos tristes, callados y despiertos. Creo que Oribe no durmió.
Al rato me desperté; no tenía ánimo para nada y me que¬dé en la cama hasta el mediodía. Oribe fue al entierro. Des¬pués tomamos el ómnibus y emprendimos el regreso a Bue¬nos Aires (por Bariloche, Carmen de Patagones y Bahía Blanca). Esa primera tarde, Oribe estaba muy deprimido; sin embargo, hizo más payasadas que nunca.
Antes de separarnos me pidió que le mostrara por una úl¬tima vez, la fotografía de Lucía Vermehren. La tomó con an¬siedad, la miró de muy cerca durante algunos segundos y bruscamente cerró los ojos y me la devolvió.
-Esta muchacha -murmuró como buscando la expresión-, esta muchacha estuvo en el infierno.
Confieso que no reflexioné si había algo de justo en sus palabras; le dije:
-Sí, pero la frase no es suya.
-Eso no tiene la menor importancia -afirmó con aplomo y yo sentí que le había revelado la pobreza contumaz de mi espíritu-. Los poetas carecemos de identidad, ocupamos cuerpos vacíos, los animamos.
Ignoro si tenía razón. He justificado algunos de sus actos atribuyéndolos a un deseo, tal vez inmoderado, de improvisar una personalidad; quizá hubiera sido más justo imputar¬los a motivos literarios, pensar que él trataba los episodios de su vida como si fueran los episodios de un libro. Pero lo que no puedo ignorar es que sus palabras ante la fotografía de Lu¬cía Vermehren, aunque sean ajenas, reclaman para él ese po¬der adivinatorio que la antigüedad atribuía a los poetas.

“Complicada mujer de tarde” por Guillermo Samperio



--Mis Flores


Guillermo Samperio R
Hace 25 minutos cerca de México, D. F. ·
“Complicada mujer de tarde”
por Guillermo Samperio
a Neda
y Enrique Anhalt (i.m.)
Tomaron el habitual acuerdo de encontrarse a las seis de la tarde, en un café del centro de Coyoacán. Usted sabe a la perfección que la mujer es puntual, exacta como la lenta caída del sol; por ello usted llegó diez minutos antes, buscando la tranquilidad. Además, le gusta verla arribar a los sitios entre las sombras vespertinas, en sus entallados pantalones de pana café oscuro o verde seco, bajo su cabello rojizo, rizado y corto. Le gusta la manera en que levanta el brazo para saludarlo desde la sonrisa lejana de su rostro trigueño, la forma cadenciosa en que se abre paso entre las mesas. Luego, usted se levanta y la recibe con un beso en la mejilla, la invita a sentarse, le acomoda el asiento a sus espaldas, le musita algún elogio a sus zapatos cafés de tacón bajo, sobrios como la luz ocre que se estampa en los muros de la iglesia de San Juan Bautista. Usted prefiere que ella inicie la conversación, pues la sabe llena de palabras, muchas y diversas palabras, descripciones jocosas, experiencias que se han disipado pero que toman fuerza en los recuerdos de ella. También le gusta escucharla por su voz firme, entre aguda y grave, de pronunciación correctísima, y por esos labios que dibujan claramente sonidos en una boca apenas delineada.
Cuando usted la conoció en aquella fiesta que terminó en El Riviere, centro nocturno animado por el Combo San Juan, la pensó una mujer delicada, de familia enriquecida, lo cual le hizo opinar que ella se encontraba fuera de su natural ambiente. Con el tiempo se enteró de que su intuición era justa, pero con el matiz de que la mujer había estudiado física y no derecho como había sido la costumbre familiar. Durante las primeras pláticas que sostuvieron en los días siguientes, usted percibió en ella una cólera acechante, afilada con los años, retenida en el mayor esfuerzo, y optó entonces por no despertarla. Le puso en el rostro cariños ligeros y ternuras tan perfectas como las margaritas menudas. No deseaba que de ella surgieran los vocablos tremendos, duros, irreversibles, hacia usted; sólo escucharla, verle sus modulados ademanes, el movimiento de manos largas y ojos sepia, o tomar el café, la forma en que fuma, nada más. Que orientara su enojo existencial hacia otro tiempo, algunas significativa ausencia, o hacia los años perdidos en esa difícil vereda que ahora los ponía juntos. Pero palabras golpe que estuvieran más allá de los lindes de us reuniones por la tarde.
En esas circunstancias, sus diálogos se convirtieron en una especie de combate delicado, ceremonioso, apenas percibido por ella, pues de usted partía la estrategia de una tregua sin que hubiera mediado guerra alguna. Usted supo que en una situación así lo mejor era adoptar la más sutil de las ambigüedades, teniendo de su parte el sí y el no confundidos o preparados para trocarse uno en el otro en cuanto una opinión de la mujer pretendiera maniatarlo. De esa manera usted fue preservando el tiempo largo que ambos se permitían y que siempre se disipaba en la primera oscuridad de la noche. Se despedían amablemente y las palabras de ella lo acompañaban.
Entre los secretos de usted se encuentra su inclinación por mirar a las mujeres, por escucharlas, por percibirlas en sus diversas manifestaciones, sin que forzosamente tenga que sobrevivir la hechura del amor. De ellas, usted puede retener una manera de bailar solamente, una mirada intensa que usted captó en el interior del descuido, o la forma de tomar un vaso en esos instantes de profunda intimidad de las mujeres. Desde luego que usted no ha hallado la posibilidad de manifestarle esta inclinación, pues entiende que tomaría contra usted un gran resentimiento desde sus veinticinco años. Esto complicaba aún más sus relaciones; usted debía mostrar naturalidad y poco interés en ella, de momento interesarse demasiado y luego emprender una cautelosa retirada, o con maestría llevar hacia otro terreno un tema que podría acercarse a la dificultad. Se trataba, pues, de proteger su embozado fetichismo, que sabía anacrónico, pero no populista, pero usted se acerca a las mujeres que le pueden remover sensaciones de luz y regocijo pausado, semejantes a los atardeceres que viste un calmo mar, o a las reflexiones felices que se levantan desde las luces azafrán desperdigadas y bulliciosas de una sudorosa y rica vegetación.
La mujer que usted estaba esperando ante una taza de café, sumido en la mansedumbre que otorga el ocio acariciado, esa mujer, con quien departía en esta sucia y densa ciudad, ya lo había llevado, a través de sus ojos sepia como río aromático, al placer de los paisajes originarios que han gozado decenas de generaciones. Ella quizá había presentido los viajes que usted realizaba en el húmedo mirar de la mujer, y por ello, sin proponérselo, condescendía al arreglo cuidadoso y limpio. La vez del suéter púrpura que se iba diluyendo en lilas hacia los hombros, sembrado hacia el medio de menudas flores siena, o cuando la discreta peineta oro viejo atajaba hacia su izquierda los rizados cabellos rojizos como si un antiguo sol fuera metiéndose entre las espumas que él mismo pintaba. Quizá ella había sentido las visiones maravillosas que provocaba en usted. Quizá también por eso la que usted llegó a denominar “complicada mujer de tarde”, se iba a los jeans deslavados y a la blusa sobria como indicándole vías hacia paisajes nuevos, urbanos, fatales. Pero usted aparentaba no darse cuenta y se metía en el combate blandiendo su pulida ambigüedad, moviéndose ágilmente ante las contradicciones, las insinuaciones oscuras de la cólera, el mensaje que dando giros entre lucubraciones y trampas se refería a usted de manera velada.
En esas tardes usted sentía la necesidad de confesarle su fetichismo y explicarle las bondades de relacionar a la mujer con las fuerzas de la naturaleza; que en especial ella le había despertado luminosidades con sus vívidas historias, su pelo, sus ojos, su nariz pequeña, sus parvos labios, con su cuerpo firme de mediana estatura. Que no se trataba de un miserable fetichismo de burlesque, del cual usted también renegaba. Pero se detenía cuando la confesión estaba a punto de brotar, pues aseguraba que la complejidad aumentaría debido a que se vería obligado a manejar un discurso filosófico y ridículo, poético y pueril, adicionándole las reflexiones de ella, sus preguntas metódicas, sus objeciones matemáticas, sus argumentos contestatarios. Y entonces la batalla se inclinaría ostensiblemente hacia el territorio de la “complicada mujer de tarde”.
Estos pensamientos de usted transcurrieron entre las diez para las seis y las seis y veinte antes una mesa del Parnaso, sin que usted se diera cuenta del andar del tiempo. Miró el reloj y se enteró de los minutos idos, cierta inquietud modificó el sentido de su ocio; por la consabida exactitud de la mujer, supuso problemas delicados, contratiempos monstruosos, tragedias ineludibles. Miró hacia la iglesia, ruta por la que ella siempre llegaba; inquieto, la vio aparecer justo en la acera contraria a la del Parnaso. Su cabello era más rizado que otras veces, una blusa guinda oscuro, suelta, reposaba sobre sus caderas, de las cuales descendía unos jeans Edoardos que remataban en tenis también guindas. Desde aquella acera ella lo descubrió y agitó el desnudo brazo derecho; usted observó el dibujo agradable que formó una sonrisa en el rostro trigueño, la sonrisa de siempre.
En el instante en que ella atravesaba la calle, usted empezó a descifrar los símbolos con que ella venía ataviada. Todo era igual a otras ocasiones, pero hoy había algo novedoso y alarmante: veinte minutos de retraso combinados con una naturalidad demasiado artificiosa y un cabello violento. Quizá fuera ésta la última batalla.

SIGUEN LOS TIPS PARA NUEVOS CUENTISTAS POR GUILLLERMO SAMPERIO


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---Mis Flores

Guillermo Samperio R
Hace 4 horas cerca de México, D. F. ·
SIGUEN LOS TIPS PARA NUEVOS CUENTISTAS
POR GUILLLERMO SAMPERIO
...TEMAS

121. El cuento (para no quedarse en simple entretenimiento anecdótico o en chisme) debe mostrar un significado externo a sí mismo, además del que revela el final. Cuando el coronel fusila al asesino de su padre se cumple el significado de la venganza. Pero el cuento “Diles que no me maten” también nos señala que mientras siga habiendo propiedad de la tierra, habrá conflictos entre los propietarios que pueden llevar a la muerte de uno, de otro o de ambos. Es decir, el cuento de Rulfo sigue vigente. En el caso de que se llegara a abolir la propiedad de la tierra a nivel individual, de todos modos el cuento de Rulfo sería una buena muestra de la época en que los sujetos tenían derecho a ser propietarios de la tierra.

122. Los cuentos no están hechos de palabras, sino de pedazos de alma humana, es por ello que, a pesar del correr de los siglos, los cuentos, por ejemplo, de Las mil y una noches nos siguen interesando o también por lo que un escritor japonés puede llegar a emocionarnos.

123. Nada interesa al hombre más que el hombre mismo (Juan Bosch).

124. Sólo al individuo le corresponde expresar lo que lo diferencia de los demás (Patricia Highsmith).

125. (Los buenos cuentos) son aglutinantes de una realidad infinitamente más vasta que la de su mera anécdota, y por eso han influido en nosotros con una fuerza que no haría sospechar la modestia de su contenido aparente, la brevedad de su texto (Julio Cortázar).

126. Entonces, lo que busca un cuento no es contar una historia, sino recrear sentimientos.

127. El tema, por lo regular, está inscrito en el terreno de lo extraordinario, lo diferente, lo que no pasa todos los días, sin que esto quiera negar al cuento realista: un personaje común, con su vida común puede encerrar hechos que consigan arrancar el interés del lector. Que ese Juan Pérez sea único, no cualquier Juan Pérez.

128. Si le surge una idea que le parece trillada, no la deseche; mejor búsquele otro ángulo.

129. El escritor debe tener la capacidad de ver más allá, de encontrar el lado oculto, de poner en duda las verdades universales.

130. Los acontecimientos inesperados, pero lógicos, son los que más interesan a los lectores.

131. No hay que confundir el tema con la anécdota. El tema tiene una sustancia humana: amor, celos, odio, traición, envidia, crueldad. Mientras que la anécdota está emparentada con la acción, por ejemplo, un marido descubre que su mujer lo engaña. Está anécdota puede ser tratada desde cada uno de los temas antes mencionados y cada tratamiento dará para un cuento diferente.

132. Borges decía que si en la novela lo importante eran los personajes, en los cuentos la trama o la situación. Yo le llamaría temas.

133. El cuentista debe tener alma de tigre para lanzarse contra el lector, o instinto de tigre para seleccionar el tema y calcular con exactitud a qué distancia está su víctima y con qué fuerza debe precipitarse sobre ella. Pues sucede que en la oculta trama de ese arte difícil que es escribir cuentos, el lector y el tema tienen un mismo corazón. Se dispara a uno para herir al otro (Juan Bosch).

134. Un buen cuento le revela al lector algo de sí mismo que no sabía o que no había sabido poner en palabras.

135. En un cuento, por más oscuro que sea, nunca está de más una dosis de humor.

136. Así como en un cuento oscuro la violencia o lo sobrenatural son dispensables.

137. Si bien el cuentista tiene que tomar un hecho y aislarlo de sus apariencias para construir sobre él su obra, no basta para el caso un hecho cualquiera; debe ser un hecho humano o que conmueva a los hombres, y debe tener categoría universal (Juan Bosch).

138. La historia contada por el cuento debe entretener, conmover, intrigar o sorprender; si todo ello junto, mejor. Si no logra ninguno de estos efectos, no existe como cuento (Julio Ramón Ribeyro).

139. Las noticias –o hechos o anécdotas- se transfiguran en motivos de un cuento; y el motivo alimenta otra almendra: el tema (José Balza).

140. Lo más hondo del texto es aquello que el autor no dijo y que, sin embargo, está dicho (José Balza).

141. Mejor, mientras menos muestra un autor (José Balza).

142. Contar un cuento es saber guardar un secreto (Erskine Caldwell).

143. Yo siempre trato de escribir de acuerdo con el principio del témpano de hielo. El témpano conserva siete octavas partes de su masa debajo del agua por cada parte que deja ver. Uno puede eliminar cualquier cosa que conozca, y eso sólo fortalece el témpano de uno (Ernest Hemingway).

144. El cuento debe mostrar, no enseñar. De otro modo, sería una moraleja (Julio Ramón Ribeyro).

145. En un cuento cabe encerrar el todo de una personalidad o de una nación (Raúl Castagnino).

146. El cuentista sabe que no puede proceder acumulativamente, que no tiene por aliado el tiempo; su único recurso es trabajar en profundidad, verticalmente, sea hacia arriba o hacia abajo del espacio literario (Julio Cortázar).

147. El topo y el lince eran los ministros de mi sabiduría secreta (Ramos Sucre).

148. No tengo ningún propósito social, ningún mensaje moral; no tengo ideas generales que explotar, simplemente me gusta componer acertijos con soluciones elegantes (Vladimir Nabokov).

149. Te aconsejo:
a) ninguna monserga de carácter político, social, económica.
b) objetividad absoluta.
c) veracidad en la pintura de los personajes y de las cosas.
d) máxima concisión.
e) audacia y originalidad: rechaza todo lo convencional.
f) espontaneidad (Anton Chejov).

150. (El cuento es) un mapa visible que recubre territorios invisibles (José Balza).

151. El cuento es el tratamiento particular (un tiempo, lugar, personajes, atmósfera, todos ellos específicos) de un tema universal.

152. Si un tema no parece lo suficientemente interesante se puede complejizar combinándolo con otro tema: amor-violencia, crimen-compasión, derrota-adicción, por ejemplo.

153. El cuentista no descansa nunca. Vive para escribir, cuando no está descargando sus ideas al papel, está observando el mundo para desenmadejarlo y después mostrarlo, a través de historias, a los lectores.

154. Los cuentos flotan en el aire, sólo hay que convertirnos en cazadores de mariposas. Un olor, una conversación ajena, una pregunta, otro libro, un pensamiento filosófico o político o profano, una imagen, un dolor, una sensación, un lugar, una persona, un gesto y mil situaciones más pueden generar un cuento. Hay que estar perceptivo para dejarlos crecer en nuestro interior.

155. Muchos cuentos surgen de una pregunta, ¿qué pasaría si…”

156. Algunas veces al iniciar un cuento ya sabemos el final y encaminamos todas nuestras palabras hacia allá; pero, en otras, una frase va llevando a otra y el mismo escritor se convierte en un espectador sorprendido de su propio proceso creativo.

157. Sabemos cómo algunos escritores se han enfrentado a la página en blanco: Cortázar en la mayor oscuridad argumental; Arreola, al empezar a escribir, sólo sabía cuál era el inicio; Borges conocía inicio y desenlace; Rulfo, al parecer, partía del final, y Bosch imaginaba el cuento en su totalidad antes de escribir la primera letra.

158. Los cuentos se pre-escriben en la mente de los autores sin que ellos mismos se den cuenta, de ahí, la sensación que han descrito algunos de sentirse como vehículos de creación universal, como si alguien más dentro de su cabeza les dictara sus cuentos.

159. De ahí que todo cuento sea autobiográfico, aunque no cuente una historia que nos haya pasado a nosotros ni tampoco seamos uno de los personajes. ¿De dónde más podemos sacar las emociones si no de nuestra propia experiencia?

160. Yo creo que es mejor que el escritor intervenga lo menos posible en su obra (…) el escritor es un amanuense, él recibe algo y trata de comunicarlo. (Jorge Luis Borges)

161. Cuando uno tiene ráfagas súbitas de percepción, entonces el cerebro trabaja más rápido que de costumbre. Pero te has estado preparando para saberlo durante mucho tiempo, y cuando llega sientes que siempre lo has sabido (Katherine Anne Porter).

162. Para que el cuento fluya sin tropiezos, al escribir el primer borrador, es necesario bajar el switch de la conciencia crítica, ya habrá muchas horas después para corregir.

163. Esto no quiere decir que se va a escribir sin ton ni son, cada palabra tiene que ir hacia lo que Poe llamó unidad de efecto. De nada serviría dominar la técnica del cuento si no la vamos a aplicar al escribir.

164. Para crear buenos cuentos hay un gran trabajo detrás. Nuestro inconsciente dicta; nuestro conciente decide, opta, piensa, imagina, conecta, escribe, corrige.

165. No escriba sobre el amor, líbrese de los motivos de índole general. Recurra a lo que cada día le ofrece su propia vida. Describa sus tristezas y sus anhelos, sus pensamientos fugaces y su fe en algo bello; y dígalo todo con íntima, callada y humilde sinceridad. Valiéndose, para expresarse, de las cosas que lo rodean. De las imágenes que pueblan sus sueños. Y de todo cuanto vive en el recuerdo (Rainer Maria Rilke).

166. No puedo ver un sitio nuevo sin presentir –y, en verdad, escribir imaginariamente– lo que allí pudo o pudiera ocurrir (José Balza).

167. Lo he visto todo. No obstante, ahora no se trata de lo que he visto sino de cómo lo he visto (Anton Chejov).

168. Los cuentos de un autor representan las constantes de un pensamiento, pero cada texto guarda tales matices que siempre debe parecer escrito por un hombre distinto (José Balza).

169. Si quieres escribir, pues procede así. Escoge primero un tema. Ahí se te da libertad absoluta. Puedes utilizar el abuso y hasta la arbitrariedad. Pero, para no descubrir América por segunda vez y no inventar la pólvora de nuevo, evita los temas que ya se han recorrido desde hace tiempo (Anton Chejov).

170. Otros escritores afirman que primero se deben crear los personajes, y que de ahí surgirá el tema. Busque cuál método le acomoda mejor y ése será el ideal.

171. Pon el papel ante ti, toma la pluma en la mano y, tras excitar el pensamiento cautivo, escribe. Escribe de lo que quieras: de la ciruela pasa, el tiempo, el kvas de Govorovskii, el océano Pacífico, las agujas del reloj, la nieve del año pasado… (Anton Chejov).

172. Es difícil unir las ganas de vivir con las de escribir. No dejes correr tu pluma cuando tu cabeza está cansada (Anton Chejov).

173. Ahora sólo escribo sobre lo que me interesa. No busco temas: cualquier cosa en la que no pueda dejar de pensar es mi tema. Stendhal dijo que la literatura es el arte de la omisión, y omito todo lo que no me parece importante. Describo a las personas sólo en los términos de sus acciones, afirmaciones, ideas, sentimientos que me hayan escandalizado-intrigado-divertido-deleitado a mí mismo y a otros (Stephen Vizinczey).

174. No desdeñen temas con extraña narrativa, cualquiera que sea su origen. Roben si es necesario (Juan Carlos Onetti).

175. Opinión duradera es la que se mantiene válida por tres meses. No exija mayor coherencia de los otros ni se sienta obligado intelectualmente a tanto. Y proceda a la revisión periódica de sus admiraciones (Carlos Drummond de Andrade).

176. No seamos charlatanes y digamos con franqueza que en este mundo no se entiende nada. Sólo los charlatanes y los imbéciles creen comprenderlo todo (Anton Chejov).

177. Creo que mi especialidad está en escribir lo que no sé, pues no creo que solamente se deba escribir lo que se sabe. Y desconfío de los que en estas cuestiones pretenden saber mucho, claro y seguro. Lo que aprendí es desordenado respecto de épocas, autores, doctrinas y demás formas ordenadas del conocimiento. Aunque para mí tengo cierto orden respecto a mi marcha en problemas y asuntos. Pero me seduce cierto desorden que encuentro en la realidad y en los aspectos de su misterio. Y aquí se encuentran mi filosofía y mi arte (Felisberto Hernández).

178. Un escritor necesita tres cosas: experiencia, observación e imaginación. Cualesquiera dos de ellas, y a veces una, puede suplir la falta de las otras dos. En mi caso, una historia generalmente comienza con una sola idea, un solo recuerdo o una sola imagen mental (…) Yo diría que la música es el medio más fácil de expresarse, puesto que fue el primero que se produjo en la experiencia y en la historia del hombre. Pero como mi talento reside en las palabras, debo tratar de expresar en palabras lo que la música pura habría expresado mejor (…) Prefiero el silencio al sonido, y la imagen producida por las palabras ocurre en el silencio. Es decir, que el trueno y la música de la prosa tienen lugar en el silencio (William Faulkner).

179. Es cierto que el acto de la escritura nace como una necesidad de dejar salir a los demonios que viven dentro de nosotros, pero debemos aprender a controlarlos y fundirles alas cuando así convenga a nuestros intereses literarios; la obra es más que un exorcismo, más que una terapia.

180. Uno no termina con la nariz rota por escribir mal; al contrario, escribimos porque nos hemos roto la nariz y no tenemos ningún lugar al que ir (Anton Chejov).

Jaime Sabines - Otra carta

http://www.youtube.com/v/Nvn1bRIbSww?version=3&autohide=1&autohide=1&showinfo=1&autoplay=1&feature=share&attribution_tag=EjE7SzUwxV53ufW8Z9B0qg

JAIME SABINES - (Su Padre )



-- Mis Flores











"¿En qué lugar, en dónde, a qué deshoras
me dirás que te amo? Esto es urgente
porque la eternidad se nos acaba..."



del PADRE DE SABINES

Alondra Valey compartió un enlace.

Algo sobre la muerte del Mayor Sabines:
Mi padre nació, creo, en una ciudad que se llama Sacbin, cerca de Beirut. Un pueblo pequeño. De allí viene el apellido Sabines, que lo castellanizaron, pero hasta la fecha sólo he encontrado Sacbin en algunos mapas.
Eran tres hermanos Sabines, como fuimos también nosotros. De niños vinieron del Líbano a Cuba. En el trayecto tuvieron una aventura en la isla Martinica. Mi hermano Jorge la ha contado. Acabando mi padre y sus hermanos de abandonar la isla, el volcán hizo erupción y arrasó toda la ciudad. Jorge la contó así: "En 1902 mi padre estaba en América. Lo acompañab~n sus dos
hermanos. Iban a reunirse con sus padres, quienes habían emigrado a Cuba. Por algún motivo el barco en el que viajaba mi padre se detuvo en la isla Martinica y aquellos niños perdieron la
embarcación. Para sobrevivir tuvieron que pedir limosna, luego fueron ayudados por una mujer francesa, que les dio ropa y alimento, hasta que mis abuelos les mandaron dinero para embarcarse nuevamente. Mi padre, que gustaba de contar aventuras, solía narrarnos que cuando partió de Martinica, desde el mar vio cómo el volcán hacía erupción. En pocos minutos parte de la población quedó sepultada bajo la lava ante sus ojos".
Después se fueron a radicar a Cuba pero el Viejo huyó de la casa teniendo doce años de edad. A mí me decía que había participado a principios de siglo en la excavación del canal de Panamá, donde murieron infinidad de obreros. Quizá era cierto o quizá puro cuento.
Después de Cuba vino a México y se metió en la revolución mexicana. Hasta lo hicieron preso en Yucatán e iban a matarlo, como mataron al general que era su jefe (no recuerdo su nombre). Lo confirmable, lo cierto, porque hay fotografías y todo, es que en 1914 llegó a Chiapas con grado de capitán del ejército. En 1914 llegó con la División del general Jesús Agustín Castro. La División 21 era carrancista. En Chiapas no había habido revolución. Entonces los carrancistas llegaron y empezaron a liberar a los indios de las fincas. Proliferaba el caciquismo. Entonces los finqueros hicieron la contrarrevolución. Eso fue lo que hubo en Chiapas. Lo que se llamó el movimiento mapachista. Ese pleito con los carrancistas duró muchos años. Por cierto, mi abuela no
podía ver en un principio a mi padre, porque ella era hacendada. Tenía fincas en el Valle de Cintalapa, pensaba que cómo iba a ser posible que su hija Luz se casara con aquel carrancista.
Es una historia muy bonita cómo el Viejo conoce a mi madre. CONTINUARÁ

miércoles, 13 de noviembre de 2013

ADOLFO BIOY CASARES - (Sexta parte)





Exijo una explicación.
Se fue. Empecé a levantarme. Volvió al rato; su abatimiento era notorio, casi teatral.
-¿Qué sucede? -le pregunté.
-La prohibición de entrar en el bosque ya no existe... Ya no existe. Una de las muchachas ha muerto.
Salimos lentamente. El patrón nos saludó desde lo alto de un viejo automóvil.
-¿A dónde va? -le preguntó Oribe, con su natural impertinencia.
-A Moreno, a buscar un médico. Al de aquí le cortaría el pescuezo. Lo vi esta mañana para que fuera a la estancia, por el certificado; ahora me avisan de la estancia que no ha ido. Mando un chico a su casa y le dicen que se fue al Neuquén.
Un viajante nos preguntó si iríamos al velorio. Oribe le aseguró que no.
-Pueden ir -dijo el patrón-. Va todo el pueblo.
La decisión de Oribe era firme. Tal vez tuviera razón; ir al velorio tal vez fuera desagradable; pero me irritaba que tomara decisiones por mí y que se metiera en mis cosas.
A la tarde no sabíamos qué hacer. No podíamos irnos, porque hasta el día siguiente no había ómnibus. Toda la gen¬te de General Paz estaba en el velorio. No teníamos ganas de conversar. Yo pensaba en la muchacha muerta. Oribe también, seguramente. No me atreví a preguntarle si sabía el nombre de la muchacha (en general lo trataba con autoridad; sin embargo, en algunas ocasiones me cuidaba vergonzosamente, como si temiera su opinión).
Por fin, me preguntó:
-¿Vamos al velorio?
Acepté. Fuimos caminando, porque no quedaba ningún vehículo en General Paz. Era casi de noche cuando cruzamos la tranquera de «La Adela», en silencio, con una compartida solemnidad que ha de parecer una tontería, o un presagio. Oribe murmuró:
-Con tal que hayan atado los perros.
-¿Cómo no van a atarlos -repliqué-, si invitan al velorio?
-Yo no me fío en los rústicos -aseguró, mirando para to¬dos lados.
Durante unos diez minutos seguimos por ese camino en¬tres árboles. Después llegamos a un lugar abierto (pero rodeado, de lejos, por arboledas). En el fondo estaba la casa. Alguna vez, en fotografías de Dinamarca, habré visto casas parecidas a la de Vermehren; en la Patagonia resultaba asombrosa. Era muy amplia, de altos, con techo de paja y pa¬redes blanqueadas, con recuadros de madera negra en las ventanas y en las puertas.
Llamamos; alguien nos abrió; entramos en un vasto corredor muy iluminado (extraordinariamente, para una casa de campo), con las puertas y las ventanas pintadas de azul oscuro, con estanterías repletas de objetos de porcelana o de madera, con alfombras de colores brillantes. Oribe dijo que al penetrar en la casa tuvo la impresión de penetrar en un mundo incomunicado, más incomunicado que una isla o que un buque. Realmente, los objetos, las cortinas y las alfombras, el rojo, el verde o el azul de las paredes y los marcos, determinaban un ambiente de interior casi palpable. Oribe me tomó del brazo y murmuró:
-Esta casa parece levantada en el centro de la tierra. Aquí ninguna mañana tendrá cantos de pájaros.
Todo esto era un afectada exageración, una desagradable exageración; pero lo repito porque expresa con bastante fidelidad lo que podía sentirse al entrar en la casa.
Pasamos luego a un enorme salón, con dos grandes chimeneas en cuyos hogares crepitaban las ramas de los pinos en violentas fogatas. En la penumbra de un ángulo distante, percibí un grupo de personas. Alguien se levantó y vino des¬de allí a recibirnos. Reconocimos al Delegado.
-El señor Vermehren está muy abatido -nos anunció-. Muy abatido. Vengan a saludarlo.
Lo seguimos. En un sillón alto, rodeado de hombres calla¬dos, estaba Vermehren, vestido de negro, con la cara (que me pareció blanquísima y carnosa) reclinada sobre el pecho. El Delegado nos presentó. Ningún movimiento, ninguna respuesta, señaló que la presentación fuera oída, o que Vermehren viviera. El grupo continuó en silencio. Al rato, el Delegado nos preguntó:
-¿Quieren verla? -Extendió un brazo-. Está en ese cuarto. Las muchachas la velan.
-No -me apresuré a contestar-. Hay tiempo.
Miré hacia arriba. El salón era muy alto. En uno de los extremos había un coro o entrepiso, que ocupaba todo el an¬cho. Al frente, el coro tenía una balaustrada roj a; en el fondo, se veían dos puertas rojas. Un grueso cortinado verde, como
un telón de teatro, colgaba del entrepiso, cubriendo un ex¬tremo del salón.
Oribe se apoyó desaprensivamente en una lámpara de pie, con águilas, que estaba al lado de Vermehren. Me preguntó con alguna timidez:
-¿En qué piensa?
En seguida le mentí:
-Pienso que hace mucho que no escribo nada para el diario. No encuentro tema.
-¿Y esto...? -preguntó Oribe.
-Es claro -dijo el Delegado.
-No. No me atrevo -respondí.
El Delegado insistió:
-Sería un honor para el señor Vermehren.
-Todavía -dije- si tuviera una fotografía de la muchacha.
Me sentí definitivamente canallesco; el Delegado y Oribe acogieron con entusiasmo la sugerencia.
-Señor Vermehren -exclamó el Delegado, en voz muy alta y con alguna indecisión-. El señor, aquí, es de los diarios. Quisiera escribir una notita necrológica.
-Gracias -murmuró Vermehren. No hizo ningún ademán. La cabeza estaba reclinada sobre el pecho. Yo me estremecí, como si hubiera hablado un muerto-. Gracias. Cuanto menos se hable, mejor.
-El señor -insistió el Delegado, señalándome con el dedo- sólo pide una fotografía. Indispensable para la nota.
-Su hija la merece -apoyó Oribe, cándido y despiadado.
-Bueno -murmuró Vermehren.
-¿Nos va a darla fotografía? -preguntó Oribe.
Vermehren asintió. No tenía fuerzas para luchar contra personas tan ávidas. Casi me tienta la compasión, casi lo ayudo... Dejé que se arreglaran entre ellos.
-¿Cuándo la tendremos? -Oribe inquirió.CONTINUARÁ

ADOLFO BIOY CASARES - (Quinta parte)





. Era la hora del té; en grandes tazones enlozados tomábamos unos mates con galleta. Recordé nuestra intención de espiar a Vermehren cuando apareciese en la tranquera.
-Son casi las cinco -dije-. Si no salimos en seguida, no lo vemos. Estamos lejos.
-Desde nuestra pieza estaremos cerca -gritó Oribe.
Lo seguí, resignado. Ya en la pieza (creo haber dicho que la compartíamos), abrió impúdicamente una valija cubierta de rótulos, y con ademán y sonrisa de prestidigitador sacó unos importantísimos anteojos de larga vista. Me hizo una leve reverencia, para que me acercara a la ventana, levantó los ante¬ojos y se puso a mirar. Yo esperaba que me los ofreciera.
A lo lejos, en el bosque, mis ojos divisaban la pequeña tranquera con el techo, y, más allá, un camino angosto que se perdía oscuramente entre los árboles. De pronto apareció una mancha blanca; después fue un caballo, tirando un coche. Miré a mi compañero; no sentía urgencia de prestarme los anteojos. Se los quité, los enfoqué y vi con nitidez un caballo blanco, tirando un coche amarillo, en el que iba tiesa¬mente sentado un hombre vestido de negro. El hombre bajó del coche, y cuando lo vi caminar hacia la tranquera, ínfimo y diligente, tuve la extraña impresión de que en ese acto único veía superpuestas repeticiones pasadas y futuras y que la imagen que me agrandaba el anteojo estaba en la eternidad.
Lo felicité a Oribe por sus anteojos y fuimos a tomar unas copas.
-Caballeros -gritó Oribe, con su voz de rata-. Atención. Después de lo que he visto, no me voy sin conocer «La Adela». El patrón le creyó.
-No le arriendo la ganancia -dijo desapasionadamente-. El dinamarqués tiene enferma la cabeza pero no el pulso. ¿Y usted sabe los perros que hay allí? Si lo agarran, lo dejan como para sembrarlo a voleo, amiguito.
Para cambiar de conversación, le pregunté a Oribe qué amigos tenía en Buenos Aires.
-Carezco de amigos -respondió-. No creo arriesgado, sin embargo, dar ese título al señor Alfonso Berger Cárdenas.
No pregunté más. Sentí que Oribe era un monstruo, o que, por lo menos, éramos dos monstruos de escuelas dife¬rentes. Yo había hojeado un libro de A. B. C., yo había escrito sobre el precoz autor de Embolismo y de casi todos los erro¬res que sin mucho trabajo puede cometer un escritor contemporáneo (casi todos: de acuerdo con su lista de obras, aún le quedaban algunos cuentos y algunos ensayos en preparación). Me parece inútil declarar que hoy pienso de otro modo. Berger es mi único amigo; si me atreviera, diría que es el único discípulo que dejo. Pero entonces le agradecí a Oribe la información, y agregué:
-Me voy a la pieza, a escribir. Lo veré luego.
Tal vez lo haya tratado con impaciencia. Tal vez Oribe justificara esa impaciencia. En el recuerdo, sin embargo, es una figura patética: lo veo esa noche en la Patagonia, alegre, erróneo y animoso, a la entrada misma de un insospechado laberinto de persecuciones.
A eso de las diez y cuarto salió del hotel. Declaró que iba a caminar, para pensar en un poema que estaba escribiendo. Hacía tanto frío, que eso era una locura desmedida, aun para Oribe. No le creí; no le contesté; lo dejé salir. Partió lúgubremente, como a cumplir un horrible compromiso. Después salí yo. La noche estaba oscura; por más que anduve no lo encontré. Entré en el bosque de pinos. No tengo miedo a los perros; en casa, cuando era chico, siempre había algún perro, y sé tratarlos. Después salió la luna y empezó a nevar. Yo estaba a unos cincuenta metros del hotel, pero nevó fuerte y llegué con las botas sucias. Adentro, Oribe me esperaba, asonsado por el frío. Volvió a hablarme del poema y volví a no creerle. Tomamos unas copas. El poeta las necesitaba; a lo mejor yo también. Le conté mi excursión. Yo de¬bía de estar medio borracho. Me parecía que Oribe era un gran amigo, digno de confidencias, y lo obligué a quedarse hasta el alba, mientras yo charlaba y bebía.
Al otro día me desperté muy tarde. Oribe estaba de pie frente a la ventana, con ojos de asombro y con los brazos abiertos.
-¡Otro mito que muere! -exclamó.
No le pregunté el significado de sus palabras; no quería entenderlas; quería dormir. Pero él continuó:
-En este mismo instante un automóvil entra en «La Adela».CONTINUARÁ

ADOLFO BIOY CASARES - (Cuarta parte)





. Sin embargo, ahí están sus Cantos y baladas. Le agrade o no al lector, son la indisputable adquisición de los hombres, que los cantarán y los elogiarán infatigable¬mente. Ahí está, sobre todo, su conmovido temperamento poético. Carlos Oribe era intensamente literario, y quiso que su vida fuera una obra literaria. Siguió a los modelos de su predilección -Shelley, Keats- y la vida u obra conseguida no es más original que una combinación de recuerdos. Pero ¿qué otro resultado puede lograr la inteligencia más audaz o la fantasía más laboriosa? Nosotros, que lo miramos con una simpatía morigerada por un rutinario sentido crítico, cree¬mos que su paso por la brevísima historia de nuestra litera¬tura será, para siempre, el de un símbolo: el símbolo del poeta.
Vuelvo a ese día en que almorzábamos en General Paz. Como he dicho, la mesa estaba colocada frente a una venta¬na; a través de la ventana, a lo lejos, veíamos el bosque de pinos.
-¿Una estancia? -preguntó alguien (no recuerdo si Oribe, o algún viajante, o yo mismo).
-«La Adela» -contestó el Delegado-. De un tal Vermeh- ren, un dinamarqués.
-Un hombre muy derecho, señores -afirmó el patrón-. Loco por la disciplina.
El Delegado replicó:
-No solamente por la disciplina, don Américo. Viven en 1933, como hace veinte años, en plena civilización, como en una estancia perdida en medio del campo.
Oribe se levantó.
-Brindo por la civilización -gritó con su voz aguda-. Brindo por el aparato de radio.
Pensé que la civilización llegaba a todos los rincones de la República, salvo a nuestro penoso bromista. Los demás lo miraron sin interés. Oribe volvió a sentarse.
-Es un caso increíble y misterioso el de «La Adela» -dijo abstraídamente el Delegado.
¿Increíble y misterioso porque vivían en 1933 como hace veinte años...? Tuve ganas de pedir una explicación, pero temí que Oribe descubriera mi curiosidad y me despreciara. El patrón se retiró taciturnamente. No fue indispensable que yo pidiera la explicación.
-¿Ven esa tranquera? -preguntó el Delegado.
Nos levantamos a mirar. En el bosque de pinos divisamos una tranquera blanca, debajo de un pequeño techo.
-Hace año y medio que nadie entra ni sale por ahí -el De¬legado continuó-: Todos los días, a la misma hora, Vermeh- ren llega hasta la tranquera en un coche de mimbre, tirado por una yegua tordilla. Recibe a los proveedores y se vuelve a la estancia. Casi no les habla. «Buenas tardes», «Adiós». Siempre las mismas palabras.
-¿Podremos verlo? -preguntó Oribe.
-Aparece a las cinco. Pero yo no me pondría a tiro. A pro¬pósito de tiros: Vermehren dijo que de las visitas se encarga¬ría la Browning. Esto lo sé por el peón que pudo fugarse.
-¿Que pudo fugarse?
-Así es. Tiene la gente presa; recluida prácticamente. Dan lástima las muchachas.
Pregunté quiénes vivían en «La Adela».
-Vermehren, sus cuatro hijas, unas pocas mujeres del ser¬vicio y algún peón de campo -respondió el Delegado.
-¿Cómo se llaman las muchachas? -preguntó Oribe, con los ojos muy abiertos.
El Delegado pareció vacilar entre contestar o insultarlo. Contestó:
-Adelaida, Ruth, Margarita y Lucía.
Inmediatamente se demoró en una prolija y totalmente superflua descripción del bosque y de los jardines de «La Adela».
En Buenos Aires conocí la historia de Luis Vermehren. Era el hijo menor de Niels Matthias Vermehren, que tuvo la gloria de ser el único miembro de la Academia Danesa que votó para que se premiara un libro de Schopenhauer. Luis nació alrededor del año 70; tenía dos hermanos: Einar, que siguió como él la carrera eclesiástica, y el mayor, el capitán Matthias Mathildus Vermehren, célebre por la disciplina que imponía a las tripulaciones, por su aspecto andrajoso, por su terrible piedad y por haber muerto, por su propia mano, en la Tierra del Rey Carlos, «después de abandonar como una rata su barco en medio de la noche y del naufragio» (H. J. Molbech, Anales de la Real Marina Danesa, Copenhague, 1906). Einar y Luis Vermehren lograron cierta notoriedad por su lucha contra el Alto Calvinismo; cuando esa lucha ex¬cedió los límites de la retórica y los cielos de la pacífica Dina¬marca se iluminaron con el incendio de las iglesias, intervi¬no el gobierno (Einar comentó después: «En un país liberal, Luis reavivó pasiones que dormían desde hacía trescientos años; si hubiera vivido en el siglo xvi, lo hubiera quemado al mismo Calvino»). Representantes de la Corona pidieron a los pastores arminianistas que firmaran un compromiso (Einar fue de los últimos en firmar), y entonces, como en la sorpresa final de un cuento, se vio que el héroe de la agita¬ción religiosa no había sido él, como se había creído, sino Luis. Éste, en efecto, no admitió concesiones. Aunque su mujer estaba enferma (acababa de tener a su hija Lucía), prefirió salir de Dinamarca. Poco después, en un atardecer de noviembre de 1908 se embarcaron en Rotterdam, hacia la Argentina. La mujer murió en alta mar. Esa muerte fue ines¬perada para Vermehren, que sólo pensaba en sus luchas reli¬giosas y en la traición del hermano; esa muerte fue como un castigo irremisible y como una advertencia atroz; Vermeh¬ren decidió refugiarse con sus hijas en un lugar solitario; de¬cidió irse a la Patagonia, en el fondo de la Argentina, en el fondo de «ese inacabable y solitario país». Compró el cam¬po del Chubut y empezó a trabajar, para ocuparse en algo. Muy pronto lo apasionó el trabajo. Consiguió que le presta¬ran grandes sumas de dinero y, con una disciplina y con una voluntad casi inhumanas, organizó un admirable estableci¬miento, levantó en el desierto jardines y pabellones y en me¬nos de ocho años pagó totalmente su enorme deuda.
Pero sigo con mi relato de esa primera tarde en el Hotel América.CONTINUARÁ

lunes, 11 de noviembre de 2013

Alondra VALEY - A LAS DOCE DE LA NOCHE



-FOTO:Mis Flores

Alondra Valey
A LAS DOCE DE LA NOCHE

Se ha terminado un día. Sólo quedan los minutos para una nueva magia.
Los ojos perecen tristes. Es que otro día ha llegado y con él las vanas fantasías de todo lo que no quiere dejarse. De todo lo que se soporta aunque haga daño. Cada día, con asombro, nos vamos olvidando de detalles, hasta que un clic nos vuelve a la realidad y el brillo de los pretéritos se conjuga en presente.
Dicen que lo que duele se va como último pasajero. Pero antes debemos abandonar el tren para no tomar otro con los pasajes impagos. Las deudas que no saldemos con nuestro corazón, habrá quien las pague…Pero no es justo.

La nueva luna deberá juntar las ilusiones de los que no tienen deuda, de los que saben reconocer la verdad de sus sentimientos, de los que nunca se mienten así mismos. De los que no son capaces de besar una boca, pensando en otra boca lejana. De los que se toman su tiempo y deciden sus destinos. De los valientes que afrontan la verdad y saben darse las respuestas.
De un amanecer que los sorprende y no buscaron. De una luna sin eclipse. De una sonrisa cautivante. De una mano necesaria en la caricia nueva. De unos ojos llenos de dos en esperanza. De agradecer la vida que siempre trae agua fresca a los labios de los sedientos. Desterrando el recuerdo;
haciendo florecer el JARDÍN DE LOS ABRAZOS DE LA TERNURA QUE SE PROCLAMA VIDA

Diego Lopez - ALBEDRÍOS PEREGRINOS




Diego Lopez


Hay alas que se despliegan amén de los presidios
encarcelando el cuerpo más no los pensamientos.
Hay albedríos surcando firmamentos desde antes
esperando el abrazo de las almas con sus anhelos.

Hay libertad en el silencio que resguarda adentros
pronunciando la sapiencia que legan las soledades.
Hay redención en los pecados de cárceles vetustas
que condonan los pretéritos de tiempos muertos.

Y los sueños atestados de primaveras en los estíos
reverdecerán en la brisa… de aleteos sobre éteres.
Y la esperanza colmada de otoños sobre inviernos
renacerá perpetua en la lágrima del ave peregrina.


Título: ALBEDRÍOS PEREGRINOS
Autor: Diego López (Argentina)
Imagen tomada de la red

ADOLFO BIOY CASARES (Tercera parte)





Le razoné mi elogio de Cantos y baladas (aclaro: no sentía ni siento necesidad de justificarlo) y recordé algunos versos que me habían parecido felices. De pronto me vi efusivamente palmeado y congratulado.
-Excelente, excelente -repetía Oribe, en un tono que manifestaba una generosa intención de estimularme.
No debe creerse que este diálogo nos distanció. Dos días después hicimos juntos el viaje a Bariloche. En ese intervalo había ocurrido la terrible desgracia.
Los únicos pasajeros del ómnibus éramos una señora en¬lutada, Oribe y yo. Nosotros estábamos tristes y no teníamos ganas de hablar; era evidente, en cambio, que la pobre vieja quería iniciar cualquier conversación. El ómnibus se detuvo a cargar nafta. Bajamos a caminar. Oribe me dijo con insos¬pechada dureza:
-No estoy dispuesto a darle el gusto.
Se refería, naturalmente, a la pobre mujer. Yo creía que una conversación con ella era nuestro poco fascinador pero no espantoso destino. Un rato después, la señora se aventuró a preguntarme si el próximo pueblo era Moreno; estaba a punto de contestarle, cuando, sentándose con las piernas cruzadas en el piso del ómnibus y levantando los brazos y mirándome en los ojos, Oribe gritó con su horro¬rosa voz:

-Sentados en el suelo, que al fin es la verdad,
narremos con tristeza las muertes de los reyes,
y hablemos de epitafios, de tumbas, de gusanos.

Se dirá: esto era pueril, desmedido, inoportuno. Pero había, tal vez (entre los confusos motivos de Oribe), una intención benévola: combatir nuestra melancolía. La señora se rió mucho y los tres nos pusimos a conversar. Se dirá (también): esto era lo que Oribe quería impedir. Pero no olvidemos que él era sensible a cualquier homenaje, y que la señora, como tantas personas que lo conocieron, estaba notoria¬mente impresionada. Yo oculté mi impresión: creí reconocer en aquellos versos la improvisada traducción de unos de Shakespeare, y en esa típica ocurrencia de Oribe la reproducción de una de Shelley.
Pero no quiero sugerir que todos los actos de Oribe fueran plagios. Hay anécdotas que retratan a los hombres. Esa tarde, mientras intentaba dormir una siesta, oí la voz de Oribe, que parecía venir del jardín y que repetía, inextinguible como el ave fénix, la muerte de Tristán. Finalmente decidí proponerle que tomáramos un café. Cuando salí al jardín, Oribe no estaba. El patrón apareció en la puerta; le pregunté si lo había visto.
-No -gritó Oribe, desde lo alto-. Nadie me ha visto -y continuó sin ningún pudor-: Estoy aquí, en el árbol. Yo siempre me trepo a un árbol cuando quiero pensar.
Ese mismo día, al anochecer, conversábamos con algunos viajantes y con el Delegado. Oribe parecía interesado en la con¬versación. De pronto empieza a dar signos de creciente impa¬ciencia y, por fin, corre hacia el interior de la casa. La persona que hablaba olvida lo que estaba diciendo; los demás preten¬demos disimular nuestro asombro. Oribe vuelve; su rostro ex¬presa la beatitud del alivio. Le pregunto por qué se había ido.
-Por nada -responde con ingenua tranquilidad-. Fui a ver una silla. No recordaba cómo eran las sillas.
Temo haber dado una impresión inexacta de mi pensa¬miento sobre Oribe; nada es más difícil que lograr la expre¬sión justa: no ser deficiente, no excederse. He releído estas páginas y temo que la maliciosa, o distraída, o aparentemen¬te justificada conclusión pueda ser que la originalidad que yo le concedo a Oribe se agote en dos anécdotas más o menos grotescas.

ADOLFO BIOY CASARES - (Segunda parte)




FOTO de la Red

RELACIÓN DE TERRIBLES SUCESOS
QUE SE ORIGINARON MISTERIOSAMENTE EN GENERAL PAZ
(GOBERNACIÓN DEL CHUBUT)
Fue en la clara desolación de General Paz donde conocí al poeta Carlos Oribe. El diario me había mandado en una gira para que descubriera deficiencias del gobierno y pruebas del abandono en que se tenía a la Patagonia; para la completa satisfacción de ambos propósitos era superfluo que yo hiciera el viaje; pero, como el candor de los hombres de negocios es inapelable, partí, gasté, me cansé; especialmente cansado y polvoriento llegué en un obstinado mediodía, en ómnibus, al Hotel América, de General Paz. El pueblo comprende ese inconcluso y tal vez amplio edificio, un surtidor de nafta con los colores patrios, la Delegación municipal, y, seguramente, alguna casa más de las que agotan su imagen en mi re¬cuerdo; imagen casi nula, pero asociada a una experiencia terrible: lo que hice, lo que haré, ya nada importa: en la vida, en el sueño, en el insomnio, no soy más que la tenaz memo¬ria de esos hechos. Todo, aun las primeras impresiones del día -el olor a madera, paja y aserrín, de la casa de comercio (que era una dependencia del hotel), las calles blancamente polvorientas, iluminadas por un sol vertical, y, a lo lejos, desde la ventana, el bosque de pinos-, todo quedó contaminado de un siniestro y más o menos preciso valor simbólico. ¿Puedo rememorar la sensación que tuve la primera vez que vi ese bosque? ¿Puedo imaginarlo como una simple arbole¬da, de presencia un poco inverosímil en esa empedernida esterilidad, pero todavía no alcanzado por los horrores que evoca para siempre?
Cuando llegué, el patrón me condujo hasta una pieza en que había equipajes y ropas de otro viajero, y me pidió que no tardara, porque el almuerzo estaba listo. No me apresuré; un rato después, consciente de mi lentitud, entré en ese comedor, donde oiría el principio de la historia que iba a alterar, con secreta violencia, la vida de tantas personas.
En el comedor había una mesa larga. El patrón retiró un poco la silla y, sin levantarse, me presentó a cada una de las personas que estaban allí: el Delegado municipal, una viajante de comercio, otro viajante de comercio... La esperanza de no ver después del día siguiente ninguna de esas caras, y, sobre todo, el victorioso estruendo de la radio, me disuadieron de escuchar. Pero oí claramente un nombre -Carlos Oribe- y con una sonrisa que todavía no estaba enterada de mi asombro, de mi incredulidad, extendí la mano a un jovencito de voz tan aguda y tan desagradable que parecía fingida. Tendría unos diecisiete años; era alto y encorvado; su cabeza era chica, pero una desordenada cabellera le confería un volumen extraordinario; parecía muy corto de vista.
-Ah, ¿usted es Oribe? -le pregunté-, ¿El escritor?
-El poeta -respondió sonriendo vagamente.
-No lo imaginaba tan joven -dije con sinceridad- ¿Ha oído mi nombre?
-No, señor. No escucho las presentaciones.
-Soy Juan Luis Villafañe -afirmé con la convicción de haber dado un informe completo.
Ahora deberé informar, tal vez, que hacía pocos meses yo había publicado en Nosotros un artículo titulado «Una pro¬mesa argentina» en que saludaba el libro de Oribe. Es verdad que en Cantos y baladas había encontrado una firme ignorancia, infaltable entre los jóvenes escritores de algún brillo, de las tradiciones y de los temas vernáculos, un estudio escrupuloso, casi diría una imitación ferviente, de modelos extranjeros, y, lo que es desalentador, mucha vanidad, algún afeminado capricho y no poca despreocupación de la sintaxis y de la lógica; pero también es cierto que en todo el libro puede advertirse un certero instinto poético y una pasión por la literatura, tal vez menos discreta que avasalladora, pero siempre hermosa. No hay escasez de genios -o, por lo menos, de personas que obran como si fueran genios-; me apresuro a reconocer que es lícito confundir a Oribe con ellas; sin embargo, no creo que sea ilícito indicar una distinción: esas personas tienen una indiferencia esencial por el arte; por esta distinción, que tal vez no sea interesante, que tal vez no alcance a los libros, yo saludé la entrada de Oribe en nuestras letras.
-Mire, si nos conocemos -prorrumpió Oribe con su voz más estridente-, la radio me dejó sordo también de la me¬moria.
Antes que dijera algo irreparable, le expliqué:
-Pensé que usted recordaría mi nombre porque yo escribí sobre su libro, en Nosotros.
Su cándido rostro se iluminó con el más franco interés.
-Ay, qué lástima -exclamó, súbitamente compungido-. No lo leí. Nunca leo diarios ni revistas. Leo La Nación, cuando publica mis poemas.

ADOLFO BIOY CASARES - El perjurio de la nieve (Primera parte)



RELATO QUE SE PUBLICARÁ EN EPISODIOS


ADOLFO BIOY CASARES
El perjurio de la nieve

FOTO: de la Red

La realidad (como las grandes ciudades) se ha extendido y se ha ramificado en los últimos años. Esto ha influido en el Tiempo: el pasado se aleja con inexorable rapidez. De la angosta calle Corrientes perduró más alguna de sus casas que su memoria; la segunda guerra mundial se confunde con la primera y hasta «las treinta caras bonitas» del Porteño están dignificadas por nuestra amnesia; el entusiasmo por el ajedrez, que levantó efímeros quioscos en tantas esquinas de Buenos Aires, donde la población competía con lejanos maestros cuyas jugadas resplandecían en tableros allegados por televisión (presunta), se ha olvidado tan perfectamente como el crimen de la calle Bustamante, con el Campana, el Melena y el Silletero, la Afirmación de los civiles, los entre¬veros y las «milongas» en las carpas de Adela, el señor Baigo- rri, que fabricaba tormentas en Villa Luro, y la Semana Trágica. Entonces no deberá asombrarnos que, para algún lector, el nombre de Juan Luis Villafañe carezca de evocaciones. Tampoco nos asombrará que la historia transcripta más adelante, aunque hace quince años sobrecogió al país, hoy se reciba como la tortuosa invención de una fantasía desacre¬ditada.
Villafañe fue un hombre de vastas aunque indisciplinadas lecturas, de insaciable curiosidad intelectual; disponía, ade¬más, de ese modesto y útil sustituto del conocimiento del griego y del latín que es el conocimiento del francés y del in¬glés. Colaboró en Nosotros, La Cultura Argentina y otras re¬vistas, publicó sus mejores páginas anónimamente, en los diarios, y fue el autor de muchos discursos de la buena época de más de un sector del Senado. Confieso que me agradaba su compañía. Sé que llevó una vida desordenada y no estoy seguro de su honestidad. Bebía copiosamente; cuando esta¬ba borracho, contaba sus aventuras con ordenada crudeza. Esto impresionaba, porque Villafañe era «aseado para ha¬blar» (como decía uno de sus mejores amigos, un compo¬sitor de Palermo). Hacia el amor y las mujeres tenía un tranquilo desdén, no exento de cortesía; creía, sin embargo, que poseer a todas las mujeres era algo así como un deber nacional, su deber nacional. De su aspecto físico recordaré el parecido del rostro con el de Voltaire, la frente elevada, los ojos nobles, la nariz imperiosa y la escasa estatura.
Cuando publiqué una recopilación de sus artículos, al¬guien quiso ver similitudes entre el estilo de Villafañe y el de Tomás De Quincey. Con más respeto por la verdad que por los hombres, un comentarista anónimo, en Azul, escribió: «Admito que el chambergo de Villafañe es grande; no ad¬mito que ese desmesurado atributo, ni tampoco el apodo enano sombrerudo o, más exacta pero más cacofónicamente petiso sombrerudo, basten para denunciar una identidad, si¬quiera literaria, con De Quincey; pero convengo, en que nuestro autor (medidas las personas) es un peligroso rival para el mismo Jean-Paul (Richter)».
A continuación reproduzco su relato de la terrible aven¬tura en que fue algo más que espectador; aventura que no es tan diáfana como aparece al primer examen. Todos los protagonistas han muerto hace más de nueve años; hace por lo menos catorce que ocurrieron los hechos relatados; tal vez
alguien proteste y diga que este documento saca del merecido olvido hechos que nunca debieron recordarse, ni ocu¬rrir. Yo no discuto esas razones; yo, meramente, cumplo la promesa que me arrancó en la noche de su muerte mi amigo Juan Luis Villafañe, de publicar, este año, el relato. Sin embargo, atendiendo hipotéticas susceptibilidades, alguna que otra vez me he permitido ingenuos anacronismos y he introducido cambios en las atribuciones y en los nombres de personas y de lugares; hay otros cambios, puramente for¬males, sobre los que apenas debo detenerme. Bastará decir que Villafañe nunca se ocupó del estilo y que, por eso, observaba normas severísimas: puntualmente suprimía cuan¬to «que» fuera necesario a su texto, y en trance de evitar re¬peticiones de palabras no había oscuridad que lo arredrara. Pero mis correcciones no lo hubieran ofendido. Creía que Shakespeare y que Cervantes eran meramente perfectos, pero no ignoraba que él escribía borradores. A pesar de los cambios señalados, que sólo para mi escrúpulo no son in¬significantes, la relación que hoy publico es la primera que expone con exactitud y que permite comprender una trage¬dia, de la que nunca se conocieron las causas ni la explica¬ción, aunque sí los horrores.
Añadiré, para terminar, que algunas opiniones de Villafañe sobre el llorado, sobre el inmortal Carlos Oribe (de cuya amistad me siento cada día más orgulloso), provenían, simplemente, de su varonil pero indiscriminada aversión por todos nosotros, los jóvenes.
A.B.C.

Alondra VALEY - LOS PAYASOS





FOTO:LEN LUQ HUAN
Son como almas perdidas que fueron enviadas para hacer reír- Son almas que han sufrido mucho y conocen las tristezas de los demás. Son almas que vagan buscando Amor. Son almas que saben en dónde está lo humano de los hombres y saben tocar la varita de las más íntimas fibras del ser. Saben carcajadas del afuera, mientras lloran por dentro. Saben de piruetas para demostrar que sus cuerpos todavía suenan, saltan y responden a sus órdenes, pero han perdido el poder de gobernar sus almas. Tienen sentimientos de ángeles. EL PAYASO tiene voces de niños que resuenan en los escenarios montados para el designio de sus misiones: REIR Y REÍR- HACER REÍR- Reír de la simple risa del que no sostiene la verdad; la crea, la transforma, la mueve y la vive en los momentos más tristes, pero como en los poetas, esos son los más fructíferos…
A los miles de PAYASOS del mundo. -¡GRACIAS! Por enseñarnos algo tan simple como a saber reírnos de nosotros mismos y disfrutar con los demás, el milagro de reconocernos…
http://youtu.be/K5f_AG-SR24

domingo, 10 de noviembre de 2013

LOS BESOS - Alondra VALEY




Dicen de sentidos y sabores. De completo y perfecto. De único y sostenido. De almíbar y mieles ofrecidos. De entrega, de minutos y segundos. De llamados a estaciones de ninguna primavera. De placer y complemento. De pensarlo en soledad. De imaginarlo en los sueños. De beberlo y deleitarlo. De probarlo y no sentirlo…De llorarlo y buscarlo. De imaginarlo y esperarlo. De vivirlo o reprimirlo. De robarlo y aceptarlo. De guardarlo esperanzado. Esperando que las bocas quieran completarlo en el abrazo contenido
de un AMOR CORRESPONDIDO...

LOS MENSAJES - Alondra VALEY



Tienen un ángel que los domina y ya no pueden detenerse. Los mensajes vienen del alma de quien los escribe. A veces no quisiera decir lo que dice, pero los escribe. No quisiera desnudarse ante lo evidente, pero lo sabe y lo plasma sin remedio. Por eso amo la palabra y el pensamiento. Porque no sé mentir cuando escribo. No sé decir lo que no pienso. Y a todos, ni más ni menos les pasa. Por eso amo a las personas que se juegan en sus mensajes. Mucho más las amo si sé que les cuesta manifestarse tal cual son. Los mensajes a veces no son para quién los toma para sí, pero ese momento de magia que los transporta, es inigualable. Y para aquellos que sí se saben musas inspiradoras de algunas bellas palabras, la vida cobra nostalgia, inspiración, voces y acallados sonidos impregnados de amor.. El emisor se cuela por los sentidos y penetra en los pensamientos. Se adueña de los latidos. Se aproxima a su objetivo: lograr que alguien SUEÑE…