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Considero que un espacio interactivo debe servir para comunicar, compartir y pasar momentos agradables que nos ayuden a pensar la vida como bella y en este caso específico a conocer a los escritores y poetas que en todo momento transbordan vidas diversas arte y sueños a nuestro corazón...

martes, 19 de noviembre de 2013

Eduardo Sanguinetti - Tiempo de Poesía




-FOTO: Gago Nieto Autor


Eduardo Sanguinetti
Tiempo de Poesía

La poesía nace en silencio, en el no poder decir, pero aspira irresistiblemente a recuperar el lenguaje como realidad total. El poeta vuelve palabra todo lo que toca, sin excluir al silencio y a los blancos del texto. El poema acoge al grito, al giro de vocablo, a la palabra infectada, al murmullo, al ruido y al sin sentido: no a la in-significancia.
En una época en la que el sentido de las palabras se ha desvanecido, estas actividades no son diversas a las de un ejército que ametrallase cadáveres.
Hoy la poesía no puede ser destrucción sino búsqueda del sentido. Realidad sin rostro y que está ahí, frente a nosotros, no como un muro
Durante más de ciento cincuenta años el poeta se sintió aparte, en ruptura con la sociedad capitalista-burguesa.
La soledad del nuevo poeta-escritor es distinta; no está solo frente a sus contemporáneos sino frente al porvenir. Y este sentimiento de incertidumbre lo comparte con todos los hombres. Su destierro es el de todos.
Situación única: por primera vez el futuro carece de forma. Antes del nacimiento de la conciencia histórica, la forma del futuro no era terrestre ni temporal; era mítica y acaecía en un tiempo fuera del tiempo. El hombre moderno hizo descender al futuro, lo arraigó en la tierra y le dio fecha: lo convirtió en historia. Ahora, al perder su sentido, la historia ha perdido su imperio sobre el futuro y también sobre el presente.
Ayer, quizá, su misión fue dar un sentido más puro a las palabras de la comunidad; hoy es una pregunta sobre ese sentido.
Esa pregunta no es una duda sino una búsqueda. Mientras tanto, el poeta escucha. Es que el pasado fue el hombre de la visión. El poeta hoy escucha lo que dice el tiempo, aún si dice: nada.
Toda creación poética es histórica; todo poema es apetito por negar la sucesión y fundar un reino perdurable. Si el hombre es trascendencia, ir más allá de sí, el poema es el signo más puro de ese continuo trascenderse, de ser permanente imaginarse. El hombre es imagen porque se trasciende.
Tiempo de poesía, es conciencia de la separación y tentativa por reunir lo que fue separado. En el poema, el ser y el deseo de ser pactan por un instante.
Poesía, momentánea reconciliación: ayer, hoy, mañana; aquí y allá; tú, yo, él, nosotros.
Todo está presente en el futuro que aguarda concretar el deseo de vivir en poesía, cualquiera sea el rol que elegimos para transitar esta existencia.

Eduardo Sanguinetti

domingo, 17 de noviembre de 2013

ALGUNOS DE LOS POETAS QUE VERÁN REFLEJADOS EN ESTE ESPACIO



Jorge Luis Borges


«Jorge Luis Borges» Nació en Buenos Aires el día 24 de agosto de 1899, su fecha fallecimiento es el 14 de junio de 1986 en Ginebra. Dos de sus más importantes libros de cuentos son: Ficciones y El Aleph. Es tal vez, entre los escritores de habla hispana, quien ha aportado más notablemente a la literatura universal
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Gustavo Adolfo Bécquer


Gustavo Adolfo Bécquer (poeta). Nació el día 17 de febrero de 1836, es natural de Sevilla, su fecha fallecimiento es 22 de diciembre de 1870.
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Pablo Neruda


PABLO NERUDA figura en Classora como un poeta. Nació el día 12 de julio de 1904, es natural de Chile, su fecha fallecimiento es 23 de septiembre de 1973.
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Miguel Hernández


(Orihuela, 1910 - Alicante, 1942) fue un poeta y dramaturgo español. De origen rural estudió en el colegio de los Jesuitas de su ciudad natal. A su primera formación, contribuyó la lectura de los clásicos españoles, cuya huella es muy evidente en toda su poesía. En 1931 viajó a Madrid por primera vez. Al año siguiente participó en el homenaje a Gabriel Miró celebrado en Alicante. A finales de 1932 se publicó su "Perito en lunas". Colaboró en el "Gallo Crisis", revista dirigida por Ramón Sijé, cuya muerte motivo su elegía "Yo quiero ser llorando el hortelano...", uno de los poemas líricos más importantes de la poesía española del siglo XX, incluido en el libro "El rayo que no cesa" (1936). Antes, la revista "Cruz y Raya" había publicado su auto sacramental "Quien te ha visto y quien te ve". Con la llegada de la guerra civil española, se fundirían estrechamente su dimensión poética y humana. Fue comisario de cultura en el batallón de El Campesino y, aparte de colaborar en "Nuestra Cultura" y "Hora de España", publicó sus poemas de "Viento del pueblo" (1937) y las piezas dramáticas "Teatro en la guerra" (1937). Su poesía, limitada en los temas, alcanza una intensidad lírica de sugestión inmediata. A partir de 1939, padeció sucesivos encarcelamientos: de Madrid pasó a Cox (Alicante) y de aquí nuevamente a la cárcel de Madrid; luego, a Palencia, Ocaña y, en julio de 1941, al Reformatorio de Alicante, donde moriría en marzo de 1942. Sus obras completadas fueron publicadas en Buenos Aires en 1961.
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Gabriela Mistral


GABRIELA MISTRAL Nació el día 7 de abril de 1889, es natural de Chile, su fecha fallecimiento es 10 de enero de 1957
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Edgar Allan Poe


(Boston, 1809-Baltimore,1849) fue un escritor, poeta, crítico y periodista romántico estadounidense. Quedó huérfano con tres años, llevándole su familia adoptiva a Gran Bretaña entre 1815 y 1820. Su carrera literaria se inició con un libro de poemas, Tamerlane and Other Poems (1827). Ingresó en la academia militar de West Point (1830), siendo expulsado por indisciplina. Comenzó a publicar artículos y cuentos en el Courier de Baltimore y luego en el Southern Literary Messenger. En 1836 se casó con su prima Virginia Clemm de 14 años. En 1838 apareció su primera novela "Las aventuras de Arthur Gordon Pym" y en 1840 la primera reunión de sus narraciones llamada "Cuentos de lo grotesco y lo arabesco". En enero de 1845, publicó junto a otros un poema que le haría célebre: "El cuervo". Siguieron "Eureka" (1848), etc
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Mario Benedetti


MARIO BENEDETTI figura en Classora como un escritor. Nació el día 14 de septiembre de 1920, es natural de Uruguay.
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Antonio Machado



Antonio Machado (poeta). Nació el día 26 de julio de 1875, su fecha fallecimiento es 22 de febrero de 1939, es natural de España.
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Rubén Darío


Rubén Darío (poeta). Nació el día 18 de enero de 1867, es natural de Nicaragua, su fecha fallecimiento es 6 de febrero de 1916.
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Octavio Paz


OCTAVIO PAZ figura en Classora como un poeta. Nació el día 31 de marzo de 1914, es natural de México, su fecha fallecimiento es 19 de abril de 1998.
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Vicente Huidobro


VICENTE HUIDOBRO figura en Classora como un escritor. Nació el día 10 de enero de 1893 y su fecha fallecimiento es 2 de enero de 1948. Es natural de Chile. Perteneciente a una familia de la élite oligárquica chilena. Fundador del movimiento poético vanguardista llamado Creacionismo.
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Rosalía de Castro


Rosalía de Castro (poeta). Nació el día 24 de febrero de 1837, es natural de Santiago de Compostela, su fecha fallecimiento es 15 de julio de 1885.
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Enrique Anderson Imbert

(Córdoba, 1910 - Buenos Aires, 2000) Narrador y crítico literario argentino, autor de un ensayo fundamental, Historia de la literatura hispanoamericana (1954) y de cuentos breves reunidos en diversas antologías.

Anderson Imbert estudió Filosofía y Letras en la Universidad Nacional de Buenos Aires y fue discípulo de Amado Alonso y Pedro Henríquez Ureña. Inició tempranamente su labor narrativa con Vigilia (1934), que sería reeditada con su novela Fuga en 1963. Ejerció la docencia en las universidades estadounidenses de Harvard y Michigan, como profesor de literatura hispanoamericana, y destacó por sus ensayos y críticas.

En 1967 ingresó en la Academia Americana de Artes y Ciencias y en 1978 fue nombrado miembro de la Academia Argentina de las Letras, de la que ejerció la vicepresidencia entre 1980 y 1986. En 1994 fue finalista del premio Cervantes.

Sus cuentos se sitúan en una zona entre lo fantástico y el realismo mágico: El gato de Cheshire (1965), La locura juega al ajedrez (1971) y La botella de Klein (1975). Recopiló sus ficciones en El mentir de las estrellas (1979).

Entre su producción ensayística cabe citar Tres novelas de Payró con pícaros en tres miras (1942), La crítica literaria contemporánea (1957), Crítica interna (1960), La originalidad de Rubén Darío (1968), El realismo mágico y otros ensayos (1976) y El arte del cuento (1978).
CUENTISTA-LA RED

ADOLFO BIOY CASARES - (ÚLTIMA PARTE)




Oribe aparece atribulado por la muerte de Lucía. Pero el narrador observa: «Su abatimiento era notorio, casi teatral». En efecto, Oribe era como un buen actor, imaginaba claramente su parte, se confundía íntimamente con el personaje encarnado.
Por último: tergiversa los hechos y se apropia las experiencias ajenas. Por ejemplo:
-Desde una ventana, los dos miran la llegada de Vermehren a la tranquera; los dos miran, pero el que ve es Villafañe, porque tiene los anteojos y porque Oribe es corto de vista. Ante el patrón, Oribe declara: «Después de lo que vi, no me voy sin visitar “La Adela”».
-Oribe afirma que no vio nevar porque la noche estaba oscura; que no advirtió que había nevado hasta encontrarse de vuelta en el hotel y ver sus botas sucias de nieve. Nosotros afirmamos: mientras él estuvo afuera no cayó nieve; la hubiera visto: «Empezó a nevar cuando salió la luna». Luego (otra impostura), no vio la nieve en sus botas; la vio en las de Villafañe.
No ha sido el odio lo que movió a Villafañe a presentar estos aspectos del carácter de Oribe; ha sido (también) el escrúpulo de no rehusar al lector ningún elemento útil para descubrir la verdad.
b) Villafañe salió después de Oribe, como si lo siguiera. Pero imaginar a Villafañe espiando a Oribe es absurdo. Villafañe salió para entrar en «La Adela».
Estuvo con la muchacha. Cuando le dicen que una de ellas ha muerto quiere saber su nombre; después no se va del velorio hasta ver a las tres hermanas de la muerta (teme que ésta sea la que estuvo con él la noche anterior; espera que no sea); pero desde el principio ha temido lo peor, y se ingenia para que Oribe y el Delegado le consigan una fotografía (quiere guardar una reliquia); declara que aborrece ver personas muertas, porque después no puede imaginarlas vivas (con referencia a este caso, la frase no tendría sentido si Villafañe no hubiera visto antes a la muchacha); pasa la noche en vela, está muy triste, está enamorado de Lucía Vermehren (no creo que una fotografía y un destino más o menos poético bastaran para enamorarlo); se refiere al relato de Oribe como a «esos horrores» y alude a su «arrepentimiento» (Villafañe sólo pudo hablar de arrepentimiento si tenía alguna responsabilidad en la suerte de Oribe; sólo pudo hablar de horrores, si en el relato de Oribe oyó su irrespetuoso relato de una aventura atrozmente purificada por la muerte).
Finalmente, llamo la atención del lector sobre una frase de Villafañe. Compara un episodio de la vida de Vermehren con la sorpresa final de un cuento, en que un personaje, has¬ta entonces considerado secundario, resulta bruscamente el protagonista. Me pregunto si Villafañe no ha dejado esa frase para que alguien la recoja e interprete, como con una clave, todo el relato.
No creo que la única interpretación de estos hechos sea la mía. Creo, simplemente, que es la única verdadera.
Faltan unas pocas palabras sobre Villafañe y sobre Lucía Vermehren.

. Tal vez Lucía Vermehren haya recibido a Villafañe como al ángel de la muerte que la salvaría, por fin, de esa laboriosa inmortalidad impuesta por su padre. En cuanto a Villafañe, el destino se había ensañado con él; lo convirtió en instrumento de muertes, pero no lo derrotó; nada logró derrotar su tranquila hombría, su incorruptible sere¬nidad. Una vez dijo: «Me agrada pensar que Oribe tuvo una muerte acorde con su vida». No dio ninguna explicación; yo creo entreverla... Agregó algo sobre «muerte propia». En aquel tiempo todos hablábamos de muertes propias y ajenas; no había mucho que entender en la distinción. Sobre la calumnia que lo complica en el suicidio de Vermehren me atrevo a declarar que tiene un solo origen: el manuscrito del mismo Villafañe. No sugiero, sin embargo, que Villafañe haya inventado esa indefendible calumnia para que el lector la destruya y crea descubrir su inocencia.
Pero mi último recuerdo será para Carlos Oribe. Lo imagino en la noche de su partida, agitando un sombrero de paja y repitiendo este involuntario dodecasílabo:

¡No todos, no todos, se olviden de mí!

La súplica del poeta fue escuchada.
A.B.C. FIN

ADOLFO BIOY CASARES - (Décimo quinta parte)





Ante todo, veamos los dos personajes que se complemen¬tan como las figuras de un grabado: Carlos Oribe y Juan Luis Villafañe, simétricos en el destino. Pero entonces la trama parecerá demasiado simple, la simetría demasiado perfecta (no para un teorema ni para la mera realidad; para el arte).
Hablar de eminencias grises para describir a Villafañe, aunque esencialmente no tergiverse los hechos, es un error, porque los tergiversa aparentemente. Ya he dicho que Villafañe solía obrar de un modo anónimo, indirecto; que sus mejores artículos aparecieron sin firma y que más de una brillante y borrascosa discusión en el Senado fue un diálogo imaginario, un intrínseco monólogo en que Villafañe, impersonado por varios senadores, proponía y rebatía.
Con respecto a Carlos Oribe hay una cuestión que mu¬chos prefieren ignorar; yo disiento de ellos; si nadie la discute, en detrimento de la historia se la magnificará o se la olvidará. Dejo que otros se avergüencen de sus ídolos, los despojen de sus caracteres humanos y los conviertan en personajes simbólicos, en una calle, en una fiesta escolar y en incesantes deberes para los escolares. Yo lo he conocido a Carlos Oribe, yo lo admiro -tal como era-. Confieso, pues, sin rubor: Oribe ha plagiado algunas voces. Al tratar este de¬licado asunto, convendrá, quizá, recordar las apalabras de Oribe sobre los plagios de Coleridge: «¿Era para Coleridge imprescindible copiar a Schelling? ¿Lo hacía informa pauperis? De ningún modo. He aquí el enigma». En cuanto a Carlos Oribe, el enigma no existe; Oribe imitaba porque la riqueza de su ingenio abarcaba las artes imitativas; desapro¬bar, en él, la imitación, es como desaprobarla en un actor dramático.
Pero recapitulemos la historia: por la ventana del hotel, en General Paz, Oribe y Villafañe ven a lo lejos un bosque de pi¬nos: es «La Adela», una estancia en la que nadie entra y de la que nadie sale desde hace un año; Oribe manifiesta, una tar¬de, que no se irá de General Paz sin visitar esa estancia; a la noche, con un pretexto increíble, sale del hotel; sale también Villafañe; a la mañana siguiente muere Lucía Vermehren y se levanta la prohibición de entrar en «La Adela»; Oribe no quiere ir al velorio; después va y se mueve en la casa como si la conociera; después Vermehren mata a Oribe.
Mi conclusión no es imprevisible: Vermehren se ha equi¬vocado. Antes del velorio, Oribe no entró en su casa. Quien entró en su casa fue Villafañe.
Como lo habrá notado el lector, en el relato de Villafañe se encuentran las indicaciones que imponen, en todas sus partes, esta conclusión. La intervención de Oribe (a) y de Villefañe (b) en los hechos, quedaría aclarada así:
a)Para hacer creer que entraría en la casa de Vermehren, Oribe desafía las inclemencias de esa noche patagónica. Pero ni siquiera entra en el bosque. Teme los perros; los teme aun en compañía de Villafañe.
En el día del velorio pudo ir hasta el cuarto de Vermehren porque la noche anterior Villefañe le había contado minu¬ciosamente su visita a «La Adela». Esta información no es infundada. Villafañe había bebido esa noche; él mismo dice: «me parecía que Oribe era un gran amigo, digno de confi¬dencias». Sabemos cómo eran las confidencias alcohólicas de Villafañe: las contaba con «ordenada crudeza». Estas dos palabras aclaran todo: las confidencias fueron ordenadas: Oribe pudo llegar, en la noche del velorio, al cuarto de Vermehren (Villafañe había estado en el de Lucía; esto explica la indecisión de Oribe, entre las dos puertas del entrepiso); las confidencias fueron crudas: Villafañe sintió asco y horror al oír la apócrifa historia de Oribe: oía la verídica historia de Villafañe y de Lucía Vermehren, oía, después de la muerte de Lucía Vermehren, el mismo relato que él había pronunciado, la misma infidencia que él había cometido, obsceno por el alcohol y tal vez por la tradición de las conversaciones entre hombres, fatuo por la victoria.

sábado, 16 de noviembre de 2013

Diego Lopez - Cuando la muerte...







Diego Lopez
FOTO:
Gago Nieto Autor


Cuando la muerte bese mis labios… sabré que la vida acarició magnánima mi existencia.
Cuando los instantes perezcan en el olvido… los compartidos contigo habrán de perpetuarse.
Cuando el tiempo continúe su peregrinaje… escribirá tu nombre en mis momentos sublimes.

Porque el amor irrumpe en lo silencios de las soledades… para ofrendarle siempre esperanza.
Porque el amor arriba al destino que no ha sido escrito… para pronunciar la magia de las almas.
Porque el amor es arista inefable del excelso sentimiento que mora en los adentros… sempiterno.

Diego López

Todos los Escritores · Alan Pauls 1959 Buenos Aires, Argentina





- MIS fLORES

Sobre Temas lentos, de Alan Pauls (Ediciones Universidad Diego Portales).
Por Edgardo Scout para Eterna Cadencia

Soy lento. Tal vez por eso suelo llegar tarde a ciertos libros y autores. Además interrumpo las lecturas porque siempre leo varias cosas a la vez. A esta altura, lo sintomático toma la forma de lo deliberado. También hay algunos a los que ni siquiera llego. Con el tiempo he comprobado que esa condición -que muchas veces sigue siendo un reproche- me ha ahorrado tropiezos, disgustos, desencantos. Por ejemplo: cuando un autor “suena mucho”, tiendo a postergarlo. A dejar que corra el río. Me pasó con Bolaño, con Lispector, con Levrero (los cito, por supuesto, en contra de mi teoría). Pero también me pasó con otros –que no hace falta nombrar- que la justificarían. Supersticiones, métodos. En todo caso, modos de enfrentar el desasosiego de todo lo que hay para leer. Me gusta creer, sin embargo, que eso termina dándome cierta distancia ilusoria -aunque en mi caso sea eficaz- respecto de los imperativos del discurso literario.

Diego Zúñiga, amigo y -lamento la fórmula, Diego- joven y talentoso autor chileno, me regaló, me trajo de Chile en su último viaje Temas lentos; un libro de Alan Pauls, editado por Ediciones de la Universidad Diego Portales, donde Leila Guerriero reúne una gran cantidad y variedad de artículos y textos que sólo me animo a designar como de no-ficción. Yo celebro cada vez que un autor, que un valioso autor de ficciones, escribe sus lecturas; cuando escribe más allá de la ficción. Porque considero que la supervivencia de la escritura (y de la ficción incluso), hoy depende bastante de eso. Temas lentos es un libro brillante y –manifiesto un deseo- sería casi necesario que se edite en Argentina, o que la Universidad Diego Portales consiguiera una distribución más amplia.

Siguiendo la línea con la que comencé, Pauls es un autor al que llegué tarde. Llegué tarde ahora, puntualmente (Temas lentos se editó en Chile, en junio de 2012) y también llegué tarde a Pauls en sí; de hecho, lo primero que leí de él fue El pasado, y lo tuve detenido desde 2004 alrededor de la página ciento y pico durante más de dos años. Pero roto el maleficio, simplemente le llegó su hora: hace poco lo di para un curso sobre novelas de amor. El pasado es, a mi juicio y junto a un puñado de libros más, uno de los grandes libros de la literatura argentina de comienzo de siglo. Por supuesto, eso tal vez dice todo y no dice nada. Pero para ser más claro, eso para mí significa: que si alguien tiene la idea de comenzar una novela ambiciosa, una gran historia de amor, o sencillamente quiere saber por dónde anda ese tipo de escritura contemporánea que intenta abarcarlo todo, le sugiero que no deje de leer El pasado.

Volviendo a Temas lentos, ¿cómo explicar lo que hace Pauls, la operación Pauls (para, de paso, citar a Correas)? Respondo citando de memoria, porque viene al caso, algo que decía Susan Sontag sobre Canetti, pero en verdad, sobre lo que suele y debe hacer todo gran escritor: reflejar, resumir, criticar su época (y yo añadiría -cuando el autor además puede tener conciencia de esos tres impulsos- una cuarta: reflexionar sobre ello. Reflexionar sobre esos tres puntos y escribirlo). Pauls lo hace. Y es tal su lucidez, que ya a partir del bello título, nos da la guía de lectura y la técnica: para reflexionar en estos tiempos confusamente veloces, en estos tiempos donde la información de veras se “actualiza” a cada instante, es imprescindible la lentitud. La lentitud como antídoto. La lentitud como recurso y reserva de la experiencia.

La enumeración de los temas o cosas sobre las que escribe Pauls en este libro es extensa. Borges, Fogwill, Bolaño, Piglia, Freud, Aira, la separación de sus padres, Nanni Moretti, Herzog, la aparición de las canas, Barthes, la maldición de los celulares, su abuela alemana; en las 349 páginas del libro, la escritura de Pauls, establecida entre el ´99 y el 2010 (muchos textos aparecieron en Radar) analiza, estudia e ilumina cada uno de sus soportes, cada uno de los objetos en los que se posa y poliniza.

Como Viñas, como Piglia, como Saer, finalmente, también como Borges, Pauls se inscribe claramente en una tradición de la literatura argentina: la tradición hiperracional, hiperconciente de la lectura. Una tradición que produce escritores-lectores. O mejor, escritores que sólo pueden producir sus ficciones, como desvíos, como desbordes, como variación e insistencia de sus lecturas. Lectores que incuban y segregan una escritura personal, pero tan personal como es el mapa que organiza y distribuye sus lecturas.

La elegancia, la erudición, la sutileza, la acumulación, el énfasis secreto, en definitiva, los materiales de los que está hecha la escritura de Pauls, aparecen en Temas lentos con toda la libertad de la que dispone un escritor cuando no tiene que tratar con personajes, tramas, procedimientos y dosificación musical. Temas lentos es además un útil instrumento de lectura de la última etapa de su ficción, porque se despliega en paralelo a la aparición de la trilogía de Historias: del pelo, del llanto, del dinero. Y por último, Temas lentos es todo lo contrario, es un chiste (en el sentido analítico, sabemos que Pauls es muy analítico) de lo primero que me hizo pensar cuando me enteré del título y de inmediato sonreí: esos temas que durante los años ´80 saturaban las FM; temas de Michael Bolton, Phil Collins, George Michael, Bryan Adams; temas que más que lentos, eran pegajosos, insoportables, pesadísimos.

- Publicado en Eterna Cadencia

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(+) Alan Pauls en Todos los Escritores http://www.todoslosescritores.org/_ficha.php?id=209

viernes, 15 de noviembre de 2013

AmPaRo EsTeVeZ SaViZa - ¡¡¡POR QUÉ SERÁ, POETA!!!





-de Mis Flores

AmPaRo EsTeVeZ SaViZa
Derechos Reservados de Autor

¡¡¡POR QUÉ SERÁ POETA!!!
Que te veo como a un niño pequeño lleno de caprichos y que aún no entiendes por qué la vida es tan sencilla y tratas de justificarla.
Haces que todo parezca más difícil y tormentoso. Por qué será que no puedo dejar de pensar que encontré al leerte un alma abandonada a su suerte. Por qué será que comprendo todo y no sé nada. Por qué están tus huellas en miles de pensamientos cuando escribes sencillo y profundo y nadie puede decir a quién está dedicado. Por qué nacen de tus trazos hilos invisibles que atan y que nunca serán esclavos de nada; ni del amor.

Por qué clamas presentes si tiras al olvido partes de tu corazón. Por qué le hablas a la luna y lloras tu soledad. Por qué te sientes solo si en tus poemas sabes descargar la felicidad y adueñarte de la tristeza. Por qué necesitas de mucho tiempo para entender que tus pasos te llevan, precisamente, a ese lugar en dónde no quieres entrar. Por qué martilla tu cabeza cuando de verdad hablas de experiencias, traiciones, caricias tibias
o de momento, hembras dadivosas, tiempo que se va entre las manos sin dejar nada.

Por qué dilatas la vida pretendiendo estirar el sufrimiento para gozar las pequeñas batallas ganadas.
Por qué no puedes detener tus manos cuando escriben con el alma. Por qué sientes que eres tan pequeño y sin embargo tu sensibilidad te hace grande. Por qué te vez perdido en los abismos si ellos salen a tu encuentro cuando no quieres permanecer…

Por qué perdonamos todo a los poetas. Porque los necesitamos para que digan lo que no somos capaces de plasmar en ningún papel…

Amamos a los poetas porque ellos entienden la sensibilidad humana, pero lo hacen a merced de sus propias cavilaciones e improntas. Se entregan totalmente sin medir la realidad, sólo cuentan su necesidad de intercambio permanente para sentirse en custodia.
ASÍ ES QUE:
Los besos no son los que les han dado, son los que vendrán. Los abrazos son los que se perdieron en una simbiosis irreal. Los “te amo” no se susurran, se gritan dolorosamente. Las lágrimas se pierden en gemidos de ausencias. El ser es una quimera suponiéndolo todo.
. Los pasos se pierden en caminos sinuosos. La lluvia tiembla en los innombrables del tiempo y se borran con el sol o quedan ocultos para llorarlos siempre.
ENTONCES:

Cuando el poeta habla de soles y trinos, de manos tiernas y amantes. De besos que encienden las bocas de camas ardientes, de propósitos nobles, de esperanza; el poeta se ha enamorado y no sabe qué hacer con su poesía; ya no tiene deseos de escribir…Tiene deseos de VIVIR…
Cuando el poeta recibe a la vida: es capaz de hacer planes futuros y crece; deja de ver a sus sueños como utopías y allí donde pernoctan sus almas de niños, toman a las lápidas que se construyeron en las penumbras de su poesía, para reírse de sí mismos y renacen, ríen la carcajada más franca que jamás soñaron, y lloran las lágrimas que empiezan a transitar la emoción, la alegría y el disfrute de la vida.
DESEO DE CORAZÓN QUE ÉSTE SEA EL FUTURO DE TODOS LOS POETAS QUE CONOZCO A TRAVÉS DE SU POESÍA Y EN LA VIDA…
De una POETISA que aún ama a sus sueños
AmPaRo EsTeVeZ SaViZa
1671172013

ADOLFO BIOY CASARES - 15 NOVIEMBRE (1990) IMPORTANTE DISTINCIÓN











15 NOVIEMBRE (1990)
IMPORTANTE DISTINCIÓN
Adolfo Bioy Casares recibe el Premio Cervantes
De manos de Juan Carlos de Bordón, el novelista Adolfo Bioy Casares recibe en Madrid la más importante distinción de las letras hispanoamericanas. Fue un prolífico autor de cuentos, novelas y guiones cinematográficos en los que frecuentó desde el policial a la ciencia ficción, de los que con frecuencia hace una versión paródica al observar lo irreal con óptica humorística. Fue autor, entre otras obras, de La invención de Morel, El sueño de los héroes, Diario de la guerra del cerdo, Dormir al sol, La aventura de un fotógrafo en La Plata, Historias desaforadas, El campeón desparejo, Guirnalda con amores, El héroe de las mujeres, etc. Nació en Buenos Aires el 15 de septiembre de 1914 y murió el 8 de marzo de 1999.

ADOLFO BIOY CASARES - (Décimo cuarta parte)





. Adentro, como el orden siempre había sido estricto, el sistema de repeticio¬nes se cumplió naturalmente. Nadie huyó; más aún: nadie llegó a asomarse a una ventana. Todos los días parecían el mismo. Era como si el tiempo se detuviera todas las noches; era como si viviesen en una tragedia que se interrumpiera siempre al fin del primer acto. Transcurrió así un año y medio. Él se creyó en la eternidad. Después, inesperadamente, murió Lucía; El plazo del médico había sido postergado por quince meses.
Pero en el día del velorio ocurrió un hecho revelador: una persona que nunca habría estado en la casa, pudo ir, sin indicación de nadie, hasta una determinada habitación. Vermehren sólo reparó en esto cuando Oribe le dio la fotografía de Lucía; pero añadió que al encender la lámpara, su deciión ya era mirar la cara del hombre a quien iba a matar.
A los pocos días yo estaba de regreso en Buenos Aires y Vermehren había muerto en su cárcel. Se dijo (por ahora no quiero desenmascarar al autor de la infamia) que yo no era ajeno a esa muerte; que aproveché la circunstancia de no ser registrado, para llevarle el cianuro (me lo habría exigido a cambio de una confesión). Pero faltaron las consecuencias previstas por los difamadores: yo no revelé nada y la policía de Chile no se ocupó de mí.
Temo, ahora, reavivar la calumnia; se alegará que los da¬tos que me dio el médico y la simple amenaza de publicarlos no pudieron bastarme para obtener las declaraciones de Vermehren; se pasará por alto la dificultad que yo habría te¬nido para conseguir un veneno en Antofagasta; se insistirá en que esta publicación es la prueba que faltaba. Yo, sin em¬bargo, espero que el lector encuentre en mis páginas la evi¬dencia de que no pude complicarme en el suicidio de Ver¬mehren. Establecerla, denunciar la parte preponderante que en los hechos de General Paz tuvo el destino, y mitigar, en lo posible, una responsabilidad que oscurece la memoria de Oribe, fueron los estímulos que me permitieron ordenar, en plena enfermedad y al borde mismo de la desintegración, este relato de hechos y de pasiones concernientes a un mun¬do que ya no existe para mí.

Aquí se interrumpe el manuscrito de Juan Luis Villafañe

Al escribir: «Aquí se interrumpe el manuscrito de Juan Luis Villafañe», he querido señalar que, a mi juicio, el relato queda inconcluso. Añadiría: deliberadamente inconcluso. Es verdad que la última frase ambiciona la pompa, el patetismo y el mal gusto de un final. Sobre todo, de un falso final. Es como si Villafañe hubiera pretendido que el tono confundiera a los lectores; que éstos, al reconocer el final, lo acepta¬ran, sin acordarse de que faltaban explicaciones y una bue¬na parte del relato.
Ahora intentaré corregir esas deficiencias. Lo que agrego es una interpretación meramente personal de los hechos; pero confío que también sea lícita, ya que todas sus premisas pueden encontrarse en este documento o en los caracteres que este documento atribuye a Oribe y a Villafañe. No he ca¬llado mi conclusión con el propósito literario, o pueril, de reservar una sorpresa para las últimas páginas; he querido que el lector siguiera a Villafañe, libre de toda sugestión mala; si este epílogo le parece demasiado previsible; si, inde¬pendientemente, hemos llegado a la misma conclusión, me atreveré a considerar el hecho como un indicio de que la in¬terpretación no es injustificada.

ADOLFO BIOY CASARES - (Décima tercera parte)





Con su cara congestionada y sus ojos inexpresivos, Berger dio pormenores. Yo tuve asco: de mí, de Oribe, de Berger, del mundo. Hubiera querido abandonar todo; pero me hallaba en ese episodio como en la mitad de un sueño y tal vez entendí que no debía tomar decisiones, que en ese momento mi sentido de la responsabilidad no excedía al de un personaje soñado. Además, empecé a entrever (muy tardíamente, por cierto) una explicación de los hechos y cometí la equivocación de querer confirmarla o desecharla, de no preferir la incertidumbre. A la mañana siguiente emprendí el viaje a Santiago.
Recordé que no debía odiar a Oribe. Con insegura frialdad me pregunté si me indignaba tanto que hubiera contado la aventura porque la muchacha estaba muerta. Precisamente, la había contado por eso: porque la muchacha estaba muerta y porque la historia de su vida y el episodio de su muerte eran románticos. Trataba la realidad como una com¬posición literaria, y debía imaginar que el valor antitético de esa anécdota era irresistible. El procedimiento era candoroso, el efecto, burdo, y pensé que no debía juzgar a Oribe con mucha severidad ya que su culpa no era la de un hombre inicuo sino la de un escritor incompetente. Lo pensé en vano. Los argumentos no abatieron mi condenable rencor.
En cuanto llegué a Antofagasta fui a ver al jefe de policía. Este funcionario no se interesó por la carta de presentación, aunque llevaba la firma autógrafa de nuestro jefe, me oyó con indiferencia y me extendió un permiso para visitar a Vermehren cada vez que yo quisiera.
Lo visité esa misma tarde. En sus ojos durísimos no ad¬vertí si me había reconocido. Le hice algunas preguntas. Empezó a insultarme, lentamente, con una voz en que las palabras, casi murmuradas, parecían contener un vendaval de odio.
Lo dejé hablar. Después le dije:
-Como usted quiera. Yo andaba en una investigación personal, sin intención de publicar los resultados. Pero me ha convencido: publico los datos que me dio el doctor Battis y no molesto a nadie.
Me retiré en seguida y al día siguiente no aparecí en la cárcel.
Cuando volví fue casi atento. Apenas aludió a la entrevista anterior. Me dijo:
-No puedo explicar este asunto sin referirme a mi pobre hija. Por eso no quise hablar.
Confirmó la historia del médico; agregó que una noche, cuando Lucía subió a acostarse, alguna de las muchachas dijo que parecía increíble que en una vida tan cotidiana¬mente igual como era la de ellos, pudiera introducirse un cambio -el cambio definitivo de la muerte-. Después recordó la frase, y, en horas de insomnio, cuando las credulidades y los propósitos son más apremiantes, decidió imponer a to¬dos una vida escrupulosamente repetida, para que en su casa no pasara el tiempo.
Debió tomar algunas precauciones. A las personas de la casa les prohibió salir; a los de afuera, entrar. Él salía, siempre a la misma hora, a recibir las provisiones y dar las órdenes a los capataces. La vida de los que trabajaban afuera si¬guió como antes; huyó un peón, es verdad, pero no lo habría hecho para salvarse de una disciplina terrible, sino porque habría descubierto que ocurría algo extraño, algo que no podía entender y que por eso lo intimidaba

ADOLFO BIOY CASARES - (Duodécima parte)





-No tiene importancia -dije; le saqué el cuaderno-. Des¬cifro las peores escrituras.
El título me hizo estremecer: Lucía Vermehren: un recuer¬do. Leí el poema y me pareció la fijación débil y perifrástica de sentimientos intensos; pero éste es un juicio posterior y confieso que esa noche sólo pude expresar una confusa, aun¬que violenta, emoción. Una emoción, indudablemente, es una forma humildísima de crítica; sin embargo, por mere¬cerla, el poema se distingue entre todos los de Oribe (a pesar de las férvidas intenciones de imitar a Shelley, prodigaba nuestro poeta más felicidad verbal que sinceridad). Los ver¬sos que leí tenían defectos formales y no eran siempre eufó¬nicos; pero eran sentidos. Como no dispongo de esa calum¬niosa recopilación postuma, en donde figura el poema, debo citar de memoria, y, desgraciadamente, recuerdo una de las estrofas más lánguidas. Su primer verso es pobre; las pala¬bras «bosque», «desierto», «leyenda», son valores poéticos análogos y no se refuerzan mutuamente. El segundo verso, émulo de las peores victorias de Campoamor, es indigno de Oribe. En el último la cesura no cae naturalmente; considero, por fin, que la elección de la palabra «desesperanza» no debe reputarse un acierto. La estrofa, en su conjunto (y en su mi¬seria), quizá no delate influencias; pero alguno de sus versos trasluce, al menos me parece a mí, vestigios de Shelley; mi desmemoriado oído, sin embargo, se niega a precisarlos.

Descubrí una leyenda y un bosque en un desierto,
y en el bosque a Lucía. Hoy Lucía se ha muerto.
Levántate Memoria y escribe su alabanza,
aunque Oribe caduque en la desesperanza.

Le pregunté a Berger si Oribe no le había contado nada de su viaje.
-Sí -dijo-. Me contó una aventura rarísima.
Berger empezó por el «misterio» del bosque de pinos, y continuó:
-Usted recordará que Oribe salió del hotel una noche, a eso de las diez, con el pretexto de pensar en un poema que estaba escribiendo. La noche era muy oscura (tan oscura, me dijo, que sólo descubrió que había andado entre nieve cuando se miró las botas, en el hotel). Se dirigió como pudo al bosque de pinos. Los perros no le salieron al paso; se ale¬gró de esto, porque los temía, aunque sabía tratarlos...
-Creo que él también tuvo perros -indagué- cuando era chico...
-Sí, me parece que le oí algo de eso... De pronto se encon¬tró frente al edificio principal de «La Adela»; dijo que lo ro¬deó por el sur; abrió una puerta lateral y se metió al azar por esa casa desconocida; cruzó cuartos y corredores; finalmen¬te llegó junto a una escalera de caracol, detrás de una cortina verde; subió la escalera y desde un entrepiso vio un salón in¬menso donde un señor vestido de negro conversaba con tres muchachas (las primeras personas que encontró en la casa). Afirmaba que no lo vieron. En el entrepiso había dos puer¬tas. Abrió la puerta de la derecha. Ahí estaba Lucía Vermeh¬ren.
Sentí un vértigo y murmuré:
-¿Qué más?
-Oribe señalaba dos puntos -explicó metódicamente Berger-. Primero, que al verlo, la muchacha no se asombró. Era, me repetía, como si de un modo general lo hubiera es¬perado. Le pedí que no repitiera, que me explicara lo que él entendía, al menos en esa frase, por modo general. Inútil. Us¬ted sabe lo obstinado y lo desatento que podía ser. Después venía el segundo punto, o sea la docilidad virginal con que la muchacha se entregó.

JAIME SABINES - Amor mío, mi amor, amor hallado...



MIS FLORES


Amor mío, mi amor, amor hallado...

Amor mío, mi amor, amor hallado
de pronto en la ostra de la muerte.
Quiero comer contigo, estar, amar contigo,
quiero tocarte, verte.

Me lo digo, lo dicen en mi cuerpo
los hilos de mi sangre acostumbrada,
lo dice este dolor y mis zapatos
y mi boca y mi almohada.

Te quiero, amor, amor absurdamente,
tontamente, perdido, iluminado,
soñando rosas e inventando estrellas
y diciéndote adiós yendo a tu lado.

Te quiero desde el poste de la esquina,
desde la alfombra de ese cuarto a solas,
en las sábanas tibias de tu cuerpo
donde se duerme un agua de amapolas.

Cabellera del aire desvelado,
río de noche, platanar oscuro,
colmena ciega, amor desenterrado,

voy a seguir tus pasos hacia arriba,
de tus pies a tu muslo y tu costado.

Jaime Sabines - Yo no lo sé de cierto...



-Mis Flores

Jaime Sabines

Yo no lo sé de cierto...





Yo no lo sé de cierto, pero supongo
que una mujer y un hombre
un día se quieren,
se van quedando solos poco a poco,
algo en su corazón les dice que están solos,
solos sobre la tierra se penetran,
se van matando el uno al otro.

Todo se hace en silencio. Como
se hace la luz dentro del ojo.
El amor une cuerpos.
En silencio se van llenando el uno al otro.
Cualquier día despiertan, sobre brazos;
piensan entonces que lo saben todo.
Se ven desnudos y lo saben todo.
(Yo no lo sé de cierto. Lo supongo.)


Lee todo en: Yo no lo sé de cierto... - Poemas de Jaime Sabines http://www.poemas-del-alma.com/yo-no-lo-se-de-cierto.htm#ixzz2kitDdHyD

jueves, 14 de noviembre de 2013

ADOLFO BIOY CASARES - (Décima parte)





Yo examiné a la señorita Vermehren un año y medio antes de la fecha en que dicen que murió. No podía vivir más de tres meses.
-Dar el certificado -interpreté sin entusiasmo- era admi¬tir un error profesional...
El doctor Battis se restregó las manos.
-Si quiere verlo así -comentó- no tengo inconveniente. Pero le prevengo: después de la fecha de mi examen la seño¬rita Vermehren no pudo vivir más de tres meses. Le conce¬do: cuatro meses; cinco. Ni un día más.
Regresé a General Paz esa misma noche; a la mañana si¬guiente tomé el avión para Buenos Aires. Durante el viaje tuve sueños; mis emociones y acaso la tenacidad del movi¬miento y del cansancio debieron regir esas horribles fanta-
sías. Yo era un cadáver, y, en el sueño, el deseo de acabar el viaje era el deseo de que me enterraran. Soñé que todos mis amigos eran fantasmas de personas que se habían muerto; muy pronto morirían también como fantasmas. Un temor no especificado me impedía mirar la fotografía de Lucía Ver¬mehren: ya no era una fotografía lo que yo miraba, lo que yo adoraba, lo que yo tocaba. Después hubo un cambio atroz; cuando volví a mirarla, aunque nunca dejé de mirarla, se me castigó por esa interrupción retrospectiva: la imagen se ha¬bía borrado, quedaba un papel en blanco y supe definitiva¬mente que Lucía Vermehren estaba muerta.
Llegamos al atardecer. Yo estaba cansado, pero ésa era mi última tarde en Buenos Aires y quería verlo a Berger Cárde¬nas antes de irme a Chile. Llamé por teléfono a su casa; me atendió él mismo y me dijo que no estaba; le dije que lo visi¬taría a la noche.
Han pasado años desde esa entrevista; sin embargo, al evocarla hoy, vuelvo a sentir el mismo arrepentimiento y el mismo asco. Berger debió quedar como un símbolo, su mero recuerdo como un incesante conjuro de esos horrores; pero tan inescrutable es el desarrollo de nuestros sentimientos que ese hombre llegó a ser el más conspicuo de mis amigos, y, me atrevo a agregar, durante las inextinguidas miserias de mi larga enfermedad, el mejor enfermero y el mejor sirviente.
Entre perros enormes, que silenciosamente surgían y vol¬vían a desaparecer en la oscuridad, seguí a un evasivo por¬tero, por una serie de patios irregulares y después por un jar¬dín donde había un pabellón con una escalera exterior, y un solo árbol, que en la noche parecía infinito. Subimos la esca¬lera, abrimos la puerta y entré en una pieza vivamente ilumi¬nada, con las paredes cubiertas de libros. Congestionado y benévolo, Berger se levantó de un horrible sillón con brazos metálicos y avanzó a recibirme.
No perdí tiempo en amabilidades. Le pregunté si Oribe había escrito algo sobre el viaje a la Patagonia.
-Sí -contestó-. Un poema. Lo conservo todavía.
Abrió un cajón atestado de papeles revueltos y sucios; hurgó ahí adentro y al rato sacó un cuaderno de tapas rojas. Se dispuso a leer.
-Yo se lo copié -declaró-. De mi puño y letra.
-No tiene importancia -dije; le saqué el cuaderno-. Des¬cifro las peores escrituras.
El título me hizo estremecer: Lucía Vermehren: un recuerdo.CONTINUARÁ...

ADOLFO BIOY CASARES - (Novena parte)




Era un jueves. Unos amigos me consiguieron para el do¬mingo un asiento en el avión de la línea militar a Bariloche; para el miércoles, saqué boleto en el avión que va a Chile.
Visité sin ninguna esperanza a una tal Bella, una amiga dinamarquesa, casada con un ingeniero que trabajaba en Tres Arroyos. Me parecía que no bastaba que una persona hubiera nacido en Dinamarca para que supiera la historia de los Vermehren; esto sólo en apariencia era razonable, por¬que en el país no hay muchos dinamarqueses, de manera que todos tienen noticias de los demás, o saben quién puede tenerla. Bella me presentó a un señor Grungtvig, de Tres Arroyos, que estaba de paso en Buenos Aires. Esa noche, en el Germinal, mientras oíamos tangos, Grungtvig me dijo casi todo lo que sé de Vermehren. La noche siguiente volvimos a reunimos. Me completó los datos sobre Vermehren y vimos la madrugada, melancólicos y fraternos, conversando sobre la estéril, sobre la decorosa repugnancia que todos tenemos por las autoridades, convencidos del porvenir desesperado de la vida política en la tierra y, en especial, en la Re¬pública; pero no sentíamos como una desdicha nuestras predicciones y nuestra resignación; los tangos, que llegaban a ser Una noche de garufa, La viruta y El Caburé, nos anima¬ban, al dinamarqués y a mí, de un secreto patriotismo co¬mún, de una indiscriminada voluntad de acción, de una jubilosa agresividad.
El domingo al atardecer llegué a Bariloche. Convine con el chauffeur que me llevó desde el aeródromo hasta el hotel, que a la mañana siguiente iríamos a General Paz.
Salimos temprano y pasamos todo el día viajando. Le pregunté al chauffeur si el doctor Battis seguía atendiendo en General Paz. El hombre no sabía nada de General Paz.
Llegamos. Bajé, cubierto de tierra y enfermo de cansancio, en la casa del médico. Me abrió la puerta el doctor Battis; se presentó él mismo y me extendió una mano extraordi¬nariamente pálida, húmeda y fría. Era de escasa estatura; tenía el pelo y el bigote partidos en mitades iguales, con rayas al medio y ondas paralelas. Me ofreció un horrible bre¬baje, que resultó ser un vino que él mismo preparaba, alabó su aparato de radio (le permitía «oír el Colón y los discursos de una cantidad de señores con puestos públicos») y me in¬vitó a sentarme. Cuando supo que yo era periodista y, después, que no intentaba hacerle un reportaje, perdió gradual¬mente la amabilidad. Lo interpelé:
-Vine a preguntarle por qué usted no quiso ir a «La Adela», a dar el certificado de defunción de Lucía Vermehren.
Abrió mucho los ojos y pensé que le hubiera gustado lle¬varse el aparato de radio y hacerme vomitar (lo que no era difícil) su absurdo brebaje. Sin duda quería darse importan¬cia y hablar; pero no hablar del asunto Vermehren. Su actitud era justificable: ignoraba hasta dónde podría llevarlo nuestra conversación y ninguna persona decente quiere tratos con la policía. Antes que respondiera, le expliqué:
-Elija entre hablar conmigo o con las autoridades. Si habla conmigo no va a arrepentirse. Yo hago esta investigación por mi cuenta y no pienso comunicar a nadie los resultados. Elija.
El hombre se tragó un vaso de su propio vino y pareció reanimarse
-Bueno -exclamó triunfalmente- si me promete discreción, hablaré.

ADOLFO BIOY CASARES - (Octava parte)






En Buenos Aires lo vi muy poco. Sé, por las mujeres de la pensión, que llamó por teléfono algunas veces, cuando yo no estaba. El último recuerdo que me dejó, y el más vehemente, es el de una noche que entró en el diario, con el pelo revuelto y los ojos desorbitados.
-Quiero hablarle -gritó.
-Lo escucho.
-Aquí no -miró alrededor-. A solas.
-Lo siento -le dije-. Todavía me falta media columna.
-Esperaré -dijo.
Se quedó de pie, inmóvil, mirándome fijamente. Tal vez no lo hiciera para incomodarme; su mirada me incomodó: «No me vas a ganar», pensé, y con toda calma, casi diría con lentitud, seguí redactando el suelto.
Cuando salimos llovía y hacía frío. Oribe trató de tomar el lado de las casas, en la vereda; tomó el otro. Lo vi empaparse y empezar a toser. Antes de hablarle, dejé que pasara un rato.
-¿Qué quiere? -le pregunté.
-Invitarlo a un viaje. A Córdoba. Yo pago todo.
No solamente era rico: tenía la insolencia del dinero. Me indignaba, además, que se creyera tan amigo. ¿Por qué yo iba a acompañarlo en un viaje? El de la Patagonia había sido casual.
-Imposible -le dije.
Hoy tengo la satisfacción de haber sido atento; de haber agregado:
-Mucho trabajo.
Insistió quejosamente y sólo consiguió aumentar mi irritación. Cuando se convenció de que no lo acompañaría, me dijo:
-Tengo que suplicarle una cosa.
Me parecía que ya había suplicado bastante. Siguió:
-No quiero que sepan que me voy a Córdoba. Le pido por favor que no se lo diga a nadie.
No les pregunté a las mujeres si llamó. En cuanto al secreto del viaje, ignoro si lo guardé; creía entonces, y a veces lo creo todavía, que Oribe nunca ha de haber querido que nadie le guarde ningún secreto. Pero tengo la conciencia tranquila: nada, ni mis palabras, ni mi silencio, pudo modificar los hechos que luego ocurrieron.
Dos meses después de esa noche en que mis ojos desafectos lo vieron perderse, conmovido y fútil, en la exaltada iluminación de Buenos Aires, dos meses después de esa noche en que penetró en una limitada geografía de angustia y de persecución, un carabinero lo encontró muerto en un lejano jardín de la ciudad de Antofagasta. Luis Vermehren, deteni¬do a los pocos días por la policía, confesó el asesinato; pero ni los especialistas locales, ni los que se enviaron desde San¬tiago, lograron que explicara los motivos que tuvo para co¬meterlo. Sólo pudieron averiguar que Oribe había pasado por Córdoba, Salta y La Paz, antes de llegar a Antofagasta, y que Vermehren había pasado por Córdoba, Salta y La Paz antes de llegar a Antofagasta. Tomé el asunto con tranquilidad. Pensé escribir una serie de artículos que narraran la persecución de Oribe por Vermehren y aludir paralelamente a las persecuciones de las luces por la Iglesia. Esta excelente idea quedó abandonada, porque me convencí de que debía hacer algo más; no sin mucho trabajo logré que el mismo di¬rector que me había mandado tan superfluamente a la Pata
gonia me permitiera ir, por cuenta del diario, a donde yo quisiese, en el país o fuera de él, para ocuparme del asesinato de Oribe.

ADOLFO BIOY CASARES - (Séptima parte)





-Cuando venga una de las muchachas. Estoy cansado, por eso no voy yo mismo.
-Nunca lo permitiría -dijo Oribe, con dignidad. Inmediatamente insistió-: ¿Dónde la tiene?
-En mi dormitorio -balbuceó Vermehren.
Oribe estaba rígido, con la cabeza levantada y los ojos cerrados. Después, con un brusco movimiento, como en una brusca inspiración, pasó al otro lado del cortinado verde. Apareció en lo alto del coro; se detuvo entre las dos puertas, indeciso. Abrió la puerta de la izquierda y desapareció.
El Delegado miraba plácidamente hacia el coro. Abrió mucho los ojos.
-¿Cómo? -articuló.
Había que inventar una explicación, evitar una rápida catástrofe.
-Es un poeta, un poeta -repetí con fatuidad.
Oribe apareció de nuevo, se perdió hacia abajo, surgió detrás del cortinado. Traía en la mano una fotografía. Yo quise verla; se la tendió a Vermehren. Temblando, le oí preguntar:
-¿Es ésta?
Durante un tiempo que me pareció largo, pero que tal vez fue la fracción de un segundo, Vermehren siguió inmóvil, con la cabeza reclinada sobre el pecho, como adormecido en el dolor. Después, como si la proximidad de la fotografía lo reanimara, se irguió. Encendió la lámpara. Era flaco y alto, y en su rostro carnoso, blanco y femenino, los labios tenues y los grandes ojos celestes parecían expresar una impávida crueldad.
En ese momento entró una de las muchachas. Puso una mano sobre un hombro de Vermehren y dijo:
-Ya sabes: no te conviene agitarte.
Apagó la lámpara y se alejó.
Según Oribe, el Delegado comentó después la insistencia con que yo había mirado a la muchacha.
Me fui a sentar en un sofá, junto a una portada que se comunicaba por un corredor con el cuarto en donde estaba la muerta. Por ahí pasaban los que iban a mirarla. Estuve mu-
cho tiempo; tal vez, horas. Vi pasar a una de las muchachas. Lo vi pasar a Oribe; lo vi salir; me rehuyó la mirada; tenía lá¬grimas en los ojos. Vi pasar a otra muchacha.
Por fin me levanté y le dije a Oribe que nos fuéramos de la casa. No quiero ver personas muertas: después no puedo recordarlas como vivas. Le pregunté si tenía la fotografía; me respondió afirmativamente, con una voz temblorosa. Cuan¬do estuvimos afuera se la pedí. Había tan poca luz que ape
nas pudimos encontrar el camino.
En el hotel, Oribe pidió un anís; yo no quise beber. Me dormí poco antes de las ocho de la mañana. La noche se hbía acabado en seguida, aunque estábamos tristes, callados y despiertos. Creo que Oribe no durmió.
Al rato me desperté; no tenía ánimo para nada y me que¬dé en la cama hasta el mediodía. Oribe fue al entierro. Des¬pués tomamos el ómnibus y emprendimos el regreso a Bue¬nos Aires (por Bariloche, Carmen de Patagones y Bahía Blanca). Esa primera tarde, Oribe estaba muy deprimido; sin embargo, hizo más payasadas que nunca.
Antes de separarnos me pidió que le mostrara por una úl¬tima vez, la fotografía de Lucía Vermehren. La tomó con an¬siedad, la miró de muy cerca durante algunos segundos y bruscamente cerró los ojos y me la devolvió.
-Esta muchacha -murmuró como buscando la expresión-, esta muchacha estuvo en el infierno.
Confieso que no reflexioné si había algo de justo en sus palabras; le dije:
-Sí, pero la frase no es suya.
-Eso no tiene la menor importancia -afirmó con aplomo y yo sentí que le había revelado la pobreza contumaz de mi espíritu-. Los poetas carecemos de identidad, ocupamos cuerpos vacíos, los animamos.
Ignoro si tenía razón. He justificado algunos de sus actos atribuyéndolos a un deseo, tal vez inmoderado, de improvisar una personalidad; quizá hubiera sido más justo imputar¬los a motivos literarios, pensar que él trataba los episodios de su vida como si fueran los episodios de un libro. Pero lo que no puedo ignorar es que sus palabras ante la fotografía de Lu¬cía Vermehren, aunque sean ajenas, reclaman para él ese po¬der adivinatorio que la antigüedad atribuía a los poetas.

“Complicada mujer de tarde” por Guillermo Samperio



--Mis Flores


Guillermo Samperio R
Hace 25 minutos cerca de México, D. F. ·
“Complicada mujer de tarde”
por Guillermo Samperio
a Neda
y Enrique Anhalt (i.m.)
Tomaron el habitual acuerdo de encontrarse a las seis de la tarde, en un café del centro de Coyoacán. Usted sabe a la perfección que la mujer es puntual, exacta como la lenta caída del sol; por ello usted llegó diez minutos antes, buscando la tranquilidad. Además, le gusta verla arribar a los sitios entre las sombras vespertinas, en sus entallados pantalones de pana café oscuro o verde seco, bajo su cabello rojizo, rizado y corto. Le gusta la manera en que levanta el brazo para saludarlo desde la sonrisa lejana de su rostro trigueño, la forma cadenciosa en que se abre paso entre las mesas. Luego, usted se levanta y la recibe con un beso en la mejilla, la invita a sentarse, le acomoda el asiento a sus espaldas, le musita algún elogio a sus zapatos cafés de tacón bajo, sobrios como la luz ocre que se estampa en los muros de la iglesia de San Juan Bautista. Usted prefiere que ella inicie la conversación, pues la sabe llena de palabras, muchas y diversas palabras, descripciones jocosas, experiencias que se han disipado pero que toman fuerza en los recuerdos de ella. También le gusta escucharla por su voz firme, entre aguda y grave, de pronunciación correctísima, y por esos labios que dibujan claramente sonidos en una boca apenas delineada.
Cuando usted la conoció en aquella fiesta que terminó en El Riviere, centro nocturno animado por el Combo San Juan, la pensó una mujer delicada, de familia enriquecida, lo cual le hizo opinar que ella se encontraba fuera de su natural ambiente. Con el tiempo se enteró de que su intuición era justa, pero con el matiz de que la mujer había estudiado física y no derecho como había sido la costumbre familiar. Durante las primeras pláticas que sostuvieron en los días siguientes, usted percibió en ella una cólera acechante, afilada con los años, retenida en el mayor esfuerzo, y optó entonces por no despertarla. Le puso en el rostro cariños ligeros y ternuras tan perfectas como las margaritas menudas. No deseaba que de ella surgieran los vocablos tremendos, duros, irreversibles, hacia usted; sólo escucharla, verle sus modulados ademanes, el movimiento de manos largas y ojos sepia, o tomar el café, la forma en que fuma, nada más. Que orientara su enojo existencial hacia otro tiempo, algunas significativa ausencia, o hacia los años perdidos en esa difícil vereda que ahora los ponía juntos. Pero palabras golpe que estuvieran más allá de los lindes de us reuniones por la tarde.
En esas circunstancias, sus diálogos se convirtieron en una especie de combate delicado, ceremonioso, apenas percibido por ella, pues de usted partía la estrategia de una tregua sin que hubiera mediado guerra alguna. Usted supo que en una situación así lo mejor era adoptar la más sutil de las ambigüedades, teniendo de su parte el sí y el no confundidos o preparados para trocarse uno en el otro en cuanto una opinión de la mujer pretendiera maniatarlo. De esa manera usted fue preservando el tiempo largo que ambos se permitían y que siempre se disipaba en la primera oscuridad de la noche. Se despedían amablemente y las palabras de ella lo acompañaban.
Entre los secretos de usted se encuentra su inclinación por mirar a las mujeres, por escucharlas, por percibirlas en sus diversas manifestaciones, sin que forzosamente tenga que sobrevivir la hechura del amor. De ellas, usted puede retener una manera de bailar solamente, una mirada intensa que usted captó en el interior del descuido, o la forma de tomar un vaso en esos instantes de profunda intimidad de las mujeres. Desde luego que usted no ha hallado la posibilidad de manifestarle esta inclinación, pues entiende que tomaría contra usted un gran resentimiento desde sus veinticinco años. Esto complicaba aún más sus relaciones; usted debía mostrar naturalidad y poco interés en ella, de momento interesarse demasiado y luego emprender una cautelosa retirada, o con maestría llevar hacia otro terreno un tema que podría acercarse a la dificultad. Se trataba, pues, de proteger su embozado fetichismo, que sabía anacrónico, pero no populista, pero usted se acerca a las mujeres que le pueden remover sensaciones de luz y regocijo pausado, semejantes a los atardeceres que viste un calmo mar, o a las reflexiones felices que se levantan desde las luces azafrán desperdigadas y bulliciosas de una sudorosa y rica vegetación.
La mujer que usted estaba esperando ante una taza de café, sumido en la mansedumbre que otorga el ocio acariciado, esa mujer, con quien departía en esta sucia y densa ciudad, ya lo había llevado, a través de sus ojos sepia como río aromático, al placer de los paisajes originarios que han gozado decenas de generaciones. Ella quizá había presentido los viajes que usted realizaba en el húmedo mirar de la mujer, y por ello, sin proponérselo, condescendía al arreglo cuidadoso y limpio. La vez del suéter púrpura que se iba diluyendo en lilas hacia los hombros, sembrado hacia el medio de menudas flores siena, o cuando la discreta peineta oro viejo atajaba hacia su izquierda los rizados cabellos rojizos como si un antiguo sol fuera metiéndose entre las espumas que él mismo pintaba. Quizá ella había sentido las visiones maravillosas que provocaba en usted. Quizá también por eso la que usted llegó a denominar “complicada mujer de tarde”, se iba a los jeans deslavados y a la blusa sobria como indicándole vías hacia paisajes nuevos, urbanos, fatales. Pero usted aparentaba no darse cuenta y se metía en el combate blandiendo su pulida ambigüedad, moviéndose ágilmente ante las contradicciones, las insinuaciones oscuras de la cólera, el mensaje que dando giros entre lucubraciones y trampas se refería a usted de manera velada.
En esas tardes usted sentía la necesidad de confesarle su fetichismo y explicarle las bondades de relacionar a la mujer con las fuerzas de la naturaleza; que en especial ella le había despertado luminosidades con sus vívidas historias, su pelo, sus ojos, su nariz pequeña, sus parvos labios, con su cuerpo firme de mediana estatura. Que no se trataba de un miserable fetichismo de burlesque, del cual usted también renegaba. Pero se detenía cuando la confesión estaba a punto de brotar, pues aseguraba que la complejidad aumentaría debido a que se vería obligado a manejar un discurso filosófico y ridículo, poético y pueril, adicionándole las reflexiones de ella, sus preguntas metódicas, sus objeciones matemáticas, sus argumentos contestatarios. Y entonces la batalla se inclinaría ostensiblemente hacia el territorio de la “complicada mujer de tarde”.
Estos pensamientos de usted transcurrieron entre las diez para las seis y las seis y veinte antes una mesa del Parnaso, sin que usted se diera cuenta del andar del tiempo. Miró el reloj y se enteró de los minutos idos, cierta inquietud modificó el sentido de su ocio; por la consabida exactitud de la mujer, supuso problemas delicados, contratiempos monstruosos, tragedias ineludibles. Miró hacia la iglesia, ruta por la que ella siempre llegaba; inquieto, la vio aparecer justo en la acera contraria a la del Parnaso. Su cabello era más rizado que otras veces, una blusa guinda oscuro, suelta, reposaba sobre sus caderas, de las cuales descendía unos jeans Edoardos que remataban en tenis también guindas. Desde aquella acera ella lo descubrió y agitó el desnudo brazo derecho; usted observó el dibujo agradable que formó una sonrisa en el rostro trigueño, la sonrisa de siempre.
En el instante en que ella atravesaba la calle, usted empezó a descifrar los símbolos con que ella venía ataviada. Todo era igual a otras ocasiones, pero hoy había algo novedoso y alarmante: veinte minutos de retraso combinados con una naturalidad demasiado artificiosa y un cabello violento. Quizá fuera ésta la última batalla.

SIGUEN LOS TIPS PARA NUEVOS CUENTISTAS POR GUILLLERMO SAMPERIO


https://www.facebook.com/gsamperior/posts/565979596809594

---Mis Flores

Guillermo Samperio R
Hace 4 horas cerca de México, D. F. ·
SIGUEN LOS TIPS PARA NUEVOS CUENTISTAS
POR GUILLLERMO SAMPERIO
...TEMAS

121. El cuento (para no quedarse en simple entretenimiento anecdótico o en chisme) debe mostrar un significado externo a sí mismo, además del que revela el final. Cuando el coronel fusila al asesino de su padre se cumple el significado de la venganza. Pero el cuento “Diles que no me maten” también nos señala que mientras siga habiendo propiedad de la tierra, habrá conflictos entre los propietarios que pueden llevar a la muerte de uno, de otro o de ambos. Es decir, el cuento de Rulfo sigue vigente. En el caso de que se llegara a abolir la propiedad de la tierra a nivel individual, de todos modos el cuento de Rulfo sería una buena muestra de la época en que los sujetos tenían derecho a ser propietarios de la tierra.

122. Los cuentos no están hechos de palabras, sino de pedazos de alma humana, es por ello que, a pesar del correr de los siglos, los cuentos, por ejemplo, de Las mil y una noches nos siguen interesando o también por lo que un escritor japonés puede llegar a emocionarnos.

123. Nada interesa al hombre más que el hombre mismo (Juan Bosch).

124. Sólo al individuo le corresponde expresar lo que lo diferencia de los demás (Patricia Highsmith).

125. (Los buenos cuentos) son aglutinantes de una realidad infinitamente más vasta que la de su mera anécdota, y por eso han influido en nosotros con una fuerza que no haría sospechar la modestia de su contenido aparente, la brevedad de su texto (Julio Cortázar).

126. Entonces, lo que busca un cuento no es contar una historia, sino recrear sentimientos.

127. El tema, por lo regular, está inscrito en el terreno de lo extraordinario, lo diferente, lo que no pasa todos los días, sin que esto quiera negar al cuento realista: un personaje común, con su vida común puede encerrar hechos que consigan arrancar el interés del lector. Que ese Juan Pérez sea único, no cualquier Juan Pérez.

128. Si le surge una idea que le parece trillada, no la deseche; mejor búsquele otro ángulo.

129. El escritor debe tener la capacidad de ver más allá, de encontrar el lado oculto, de poner en duda las verdades universales.

130. Los acontecimientos inesperados, pero lógicos, son los que más interesan a los lectores.

131. No hay que confundir el tema con la anécdota. El tema tiene una sustancia humana: amor, celos, odio, traición, envidia, crueldad. Mientras que la anécdota está emparentada con la acción, por ejemplo, un marido descubre que su mujer lo engaña. Está anécdota puede ser tratada desde cada uno de los temas antes mencionados y cada tratamiento dará para un cuento diferente.

132. Borges decía que si en la novela lo importante eran los personajes, en los cuentos la trama o la situación. Yo le llamaría temas.

133. El cuentista debe tener alma de tigre para lanzarse contra el lector, o instinto de tigre para seleccionar el tema y calcular con exactitud a qué distancia está su víctima y con qué fuerza debe precipitarse sobre ella. Pues sucede que en la oculta trama de ese arte difícil que es escribir cuentos, el lector y el tema tienen un mismo corazón. Se dispara a uno para herir al otro (Juan Bosch).

134. Un buen cuento le revela al lector algo de sí mismo que no sabía o que no había sabido poner en palabras.

135. En un cuento, por más oscuro que sea, nunca está de más una dosis de humor.

136. Así como en un cuento oscuro la violencia o lo sobrenatural son dispensables.

137. Si bien el cuentista tiene que tomar un hecho y aislarlo de sus apariencias para construir sobre él su obra, no basta para el caso un hecho cualquiera; debe ser un hecho humano o que conmueva a los hombres, y debe tener categoría universal (Juan Bosch).

138. La historia contada por el cuento debe entretener, conmover, intrigar o sorprender; si todo ello junto, mejor. Si no logra ninguno de estos efectos, no existe como cuento (Julio Ramón Ribeyro).

139. Las noticias –o hechos o anécdotas- se transfiguran en motivos de un cuento; y el motivo alimenta otra almendra: el tema (José Balza).

140. Lo más hondo del texto es aquello que el autor no dijo y que, sin embargo, está dicho (José Balza).

141. Mejor, mientras menos muestra un autor (José Balza).

142. Contar un cuento es saber guardar un secreto (Erskine Caldwell).

143. Yo siempre trato de escribir de acuerdo con el principio del témpano de hielo. El témpano conserva siete octavas partes de su masa debajo del agua por cada parte que deja ver. Uno puede eliminar cualquier cosa que conozca, y eso sólo fortalece el témpano de uno (Ernest Hemingway).

144. El cuento debe mostrar, no enseñar. De otro modo, sería una moraleja (Julio Ramón Ribeyro).

145. En un cuento cabe encerrar el todo de una personalidad o de una nación (Raúl Castagnino).

146. El cuentista sabe que no puede proceder acumulativamente, que no tiene por aliado el tiempo; su único recurso es trabajar en profundidad, verticalmente, sea hacia arriba o hacia abajo del espacio literario (Julio Cortázar).

147. El topo y el lince eran los ministros de mi sabiduría secreta (Ramos Sucre).

148. No tengo ningún propósito social, ningún mensaje moral; no tengo ideas generales que explotar, simplemente me gusta componer acertijos con soluciones elegantes (Vladimir Nabokov).

149. Te aconsejo:
a) ninguna monserga de carácter político, social, económica.
b) objetividad absoluta.
c) veracidad en la pintura de los personajes y de las cosas.
d) máxima concisión.
e) audacia y originalidad: rechaza todo lo convencional.
f) espontaneidad (Anton Chejov).

150. (El cuento es) un mapa visible que recubre territorios invisibles (José Balza).

151. El cuento es el tratamiento particular (un tiempo, lugar, personajes, atmósfera, todos ellos específicos) de un tema universal.

152. Si un tema no parece lo suficientemente interesante se puede complejizar combinándolo con otro tema: amor-violencia, crimen-compasión, derrota-adicción, por ejemplo.

153. El cuentista no descansa nunca. Vive para escribir, cuando no está descargando sus ideas al papel, está observando el mundo para desenmadejarlo y después mostrarlo, a través de historias, a los lectores.

154. Los cuentos flotan en el aire, sólo hay que convertirnos en cazadores de mariposas. Un olor, una conversación ajena, una pregunta, otro libro, un pensamiento filosófico o político o profano, una imagen, un dolor, una sensación, un lugar, una persona, un gesto y mil situaciones más pueden generar un cuento. Hay que estar perceptivo para dejarlos crecer en nuestro interior.

155. Muchos cuentos surgen de una pregunta, ¿qué pasaría si…”

156. Algunas veces al iniciar un cuento ya sabemos el final y encaminamos todas nuestras palabras hacia allá; pero, en otras, una frase va llevando a otra y el mismo escritor se convierte en un espectador sorprendido de su propio proceso creativo.

157. Sabemos cómo algunos escritores se han enfrentado a la página en blanco: Cortázar en la mayor oscuridad argumental; Arreola, al empezar a escribir, sólo sabía cuál era el inicio; Borges conocía inicio y desenlace; Rulfo, al parecer, partía del final, y Bosch imaginaba el cuento en su totalidad antes de escribir la primera letra.

158. Los cuentos se pre-escriben en la mente de los autores sin que ellos mismos se den cuenta, de ahí, la sensación que han descrito algunos de sentirse como vehículos de creación universal, como si alguien más dentro de su cabeza les dictara sus cuentos.

159. De ahí que todo cuento sea autobiográfico, aunque no cuente una historia que nos haya pasado a nosotros ni tampoco seamos uno de los personajes. ¿De dónde más podemos sacar las emociones si no de nuestra propia experiencia?

160. Yo creo que es mejor que el escritor intervenga lo menos posible en su obra (…) el escritor es un amanuense, él recibe algo y trata de comunicarlo. (Jorge Luis Borges)

161. Cuando uno tiene ráfagas súbitas de percepción, entonces el cerebro trabaja más rápido que de costumbre. Pero te has estado preparando para saberlo durante mucho tiempo, y cuando llega sientes que siempre lo has sabido (Katherine Anne Porter).

162. Para que el cuento fluya sin tropiezos, al escribir el primer borrador, es necesario bajar el switch de la conciencia crítica, ya habrá muchas horas después para corregir.

163. Esto no quiere decir que se va a escribir sin ton ni son, cada palabra tiene que ir hacia lo que Poe llamó unidad de efecto. De nada serviría dominar la técnica del cuento si no la vamos a aplicar al escribir.

164. Para crear buenos cuentos hay un gran trabajo detrás. Nuestro inconsciente dicta; nuestro conciente decide, opta, piensa, imagina, conecta, escribe, corrige.

165. No escriba sobre el amor, líbrese de los motivos de índole general. Recurra a lo que cada día le ofrece su propia vida. Describa sus tristezas y sus anhelos, sus pensamientos fugaces y su fe en algo bello; y dígalo todo con íntima, callada y humilde sinceridad. Valiéndose, para expresarse, de las cosas que lo rodean. De las imágenes que pueblan sus sueños. Y de todo cuanto vive en el recuerdo (Rainer Maria Rilke).

166. No puedo ver un sitio nuevo sin presentir –y, en verdad, escribir imaginariamente– lo que allí pudo o pudiera ocurrir (José Balza).

167. Lo he visto todo. No obstante, ahora no se trata de lo que he visto sino de cómo lo he visto (Anton Chejov).

168. Los cuentos de un autor representan las constantes de un pensamiento, pero cada texto guarda tales matices que siempre debe parecer escrito por un hombre distinto (José Balza).

169. Si quieres escribir, pues procede así. Escoge primero un tema. Ahí se te da libertad absoluta. Puedes utilizar el abuso y hasta la arbitrariedad. Pero, para no descubrir América por segunda vez y no inventar la pólvora de nuevo, evita los temas que ya se han recorrido desde hace tiempo (Anton Chejov).

170. Otros escritores afirman que primero se deben crear los personajes, y que de ahí surgirá el tema. Busque cuál método le acomoda mejor y ése será el ideal.

171. Pon el papel ante ti, toma la pluma en la mano y, tras excitar el pensamiento cautivo, escribe. Escribe de lo que quieras: de la ciruela pasa, el tiempo, el kvas de Govorovskii, el océano Pacífico, las agujas del reloj, la nieve del año pasado… (Anton Chejov).

172. Es difícil unir las ganas de vivir con las de escribir. No dejes correr tu pluma cuando tu cabeza está cansada (Anton Chejov).

173. Ahora sólo escribo sobre lo que me interesa. No busco temas: cualquier cosa en la que no pueda dejar de pensar es mi tema. Stendhal dijo que la literatura es el arte de la omisión, y omito todo lo que no me parece importante. Describo a las personas sólo en los términos de sus acciones, afirmaciones, ideas, sentimientos que me hayan escandalizado-intrigado-divertido-deleitado a mí mismo y a otros (Stephen Vizinczey).

174. No desdeñen temas con extraña narrativa, cualquiera que sea su origen. Roben si es necesario (Juan Carlos Onetti).

175. Opinión duradera es la que se mantiene válida por tres meses. No exija mayor coherencia de los otros ni se sienta obligado intelectualmente a tanto. Y proceda a la revisión periódica de sus admiraciones (Carlos Drummond de Andrade).

176. No seamos charlatanes y digamos con franqueza que en este mundo no se entiende nada. Sólo los charlatanes y los imbéciles creen comprenderlo todo (Anton Chejov).

177. Creo que mi especialidad está en escribir lo que no sé, pues no creo que solamente se deba escribir lo que se sabe. Y desconfío de los que en estas cuestiones pretenden saber mucho, claro y seguro. Lo que aprendí es desordenado respecto de épocas, autores, doctrinas y demás formas ordenadas del conocimiento. Aunque para mí tengo cierto orden respecto a mi marcha en problemas y asuntos. Pero me seduce cierto desorden que encuentro en la realidad y en los aspectos de su misterio. Y aquí se encuentran mi filosofía y mi arte (Felisberto Hernández).

178. Un escritor necesita tres cosas: experiencia, observación e imaginación. Cualesquiera dos de ellas, y a veces una, puede suplir la falta de las otras dos. En mi caso, una historia generalmente comienza con una sola idea, un solo recuerdo o una sola imagen mental (…) Yo diría que la música es el medio más fácil de expresarse, puesto que fue el primero que se produjo en la experiencia y en la historia del hombre. Pero como mi talento reside en las palabras, debo tratar de expresar en palabras lo que la música pura habría expresado mejor (…) Prefiero el silencio al sonido, y la imagen producida por las palabras ocurre en el silencio. Es decir, que el trueno y la música de la prosa tienen lugar en el silencio (William Faulkner).

179. Es cierto que el acto de la escritura nace como una necesidad de dejar salir a los demonios que viven dentro de nosotros, pero debemos aprender a controlarlos y fundirles alas cuando así convenga a nuestros intereses literarios; la obra es más que un exorcismo, más que una terapia.

180. Uno no termina con la nariz rota por escribir mal; al contrario, escribimos porque nos hemos roto la nariz y no tenemos ningún lugar al que ir (Anton Chejov).