¡¡¡GRACIAS POR ESTAR SIEMPRE!!!

¡¡¡GRACIAS POR ESTAR SIEMPRE!!!
AUTORA-AmPaRo EsTeVeZ SaViZa
Powered By Blogger

visitas del día

Vistas de página en total

Amparo Estévez Saviza

Mi foto
Considero que un espacio interactivo debe servir para comunicar, compartir y pasar momentos agradables que nos ayuden a pensar la vida como bella y en este caso específico a conocer a los escritores y poetas que en todo momento transbordan vidas diversas arte y sueños a nuestro corazón...

miércoles, 13 de noviembre de 2013

ADOLFO BIOY CASARES - (Sexta parte)





Exijo una explicación.
Se fue. Empecé a levantarme. Volvió al rato; su abatimiento era notorio, casi teatral.
-¿Qué sucede? -le pregunté.
-La prohibición de entrar en el bosque ya no existe... Ya no existe. Una de las muchachas ha muerto.
Salimos lentamente. El patrón nos saludó desde lo alto de un viejo automóvil.
-¿A dónde va? -le preguntó Oribe, con su natural impertinencia.
-A Moreno, a buscar un médico. Al de aquí le cortaría el pescuezo. Lo vi esta mañana para que fuera a la estancia, por el certificado; ahora me avisan de la estancia que no ha ido. Mando un chico a su casa y le dicen que se fue al Neuquén.
Un viajante nos preguntó si iríamos al velorio. Oribe le aseguró que no.
-Pueden ir -dijo el patrón-. Va todo el pueblo.
La decisión de Oribe era firme. Tal vez tuviera razón; ir al velorio tal vez fuera desagradable; pero me irritaba que tomara decisiones por mí y que se metiera en mis cosas.
A la tarde no sabíamos qué hacer. No podíamos irnos, porque hasta el día siguiente no había ómnibus. Toda la gen¬te de General Paz estaba en el velorio. No teníamos ganas de conversar. Yo pensaba en la muchacha muerta. Oribe también, seguramente. No me atreví a preguntarle si sabía el nombre de la muchacha (en general lo trataba con autoridad; sin embargo, en algunas ocasiones me cuidaba vergonzosamente, como si temiera su opinión).
Por fin, me preguntó:
-¿Vamos al velorio?
Acepté. Fuimos caminando, porque no quedaba ningún vehículo en General Paz. Era casi de noche cuando cruzamos la tranquera de «La Adela», en silencio, con una compartida solemnidad que ha de parecer una tontería, o un presagio. Oribe murmuró:
-Con tal que hayan atado los perros.
-¿Cómo no van a atarlos -repliqué-, si invitan al velorio?
-Yo no me fío en los rústicos -aseguró, mirando para to¬dos lados.
Durante unos diez minutos seguimos por ese camino en¬tres árboles. Después llegamos a un lugar abierto (pero rodeado, de lejos, por arboledas). En el fondo estaba la casa. Alguna vez, en fotografías de Dinamarca, habré visto casas parecidas a la de Vermehren; en la Patagonia resultaba asombrosa. Era muy amplia, de altos, con techo de paja y pa¬redes blanqueadas, con recuadros de madera negra en las ventanas y en las puertas.
Llamamos; alguien nos abrió; entramos en un vasto corredor muy iluminado (extraordinariamente, para una casa de campo), con las puertas y las ventanas pintadas de azul oscuro, con estanterías repletas de objetos de porcelana o de madera, con alfombras de colores brillantes. Oribe dijo que al penetrar en la casa tuvo la impresión de penetrar en un mundo incomunicado, más incomunicado que una isla o que un buque. Realmente, los objetos, las cortinas y las alfombras, el rojo, el verde o el azul de las paredes y los marcos, determinaban un ambiente de interior casi palpable. Oribe me tomó del brazo y murmuró:
-Esta casa parece levantada en el centro de la tierra. Aquí ninguna mañana tendrá cantos de pájaros.
Todo esto era un afectada exageración, una desagradable exageración; pero lo repito porque expresa con bastante fidelidad lo que podía sentirse al entrar en la casa.
Pasamos luego a un enorme salón, con dos grandes chimeneas en cuyos hogares crepitaban las ramas de los pinos en violentas fogatas. En la penumbra de un ángulo distante, percibí un grupo de personas. Alguien se levantó y vino des¬de allí a recibirnos. Reconocimos al Delegado.
-El señor Vermehren está muy abatido -nos anunció-. Muy abatido. Vengan a saludarlo.
Lo seguimos. En un sillón alto, rodeado de hombres calla¬dos, estaba Vermehren, vestido de negro, con la cara (que me pareció blanquísima y carnosa) reclinada sobre el pecho. El Delegado nos presentó. Ningún movimiento, ninguna respuesta, señaló que la presentación fuera oída, o que Vermehren viviera. El grupo continuó en silencio. Al rato, el Delegado nos preguntó:
-¿Quieren verla? -Extendió un brazo-. Está en ese cuarto. Las muchachas la velan.
-No -me apresuré a contestar-. Hay tiempo.
Miré hacia arriba. El salón era muy alto. En uno de los extremos había un coro o entrepiso, que ocupaba todo el an¬cho. Al frente, el coro tenía una balaustrada roj a; en el fondo, se veían dos puertas rojas. Un grueso cortinado verde, como
un telón de teatro, colgaba del entrepiso, cubriendo un ex¬tremo del salón.
Oribe se apoyó desaprensivamente en una lámpara de pie, con águilas, que estaba al lado de Vermehren. Me preguntó con alguna timidez:
-¿En qué piensa?
En seguida le mentí:
-Pienso que hace mucho que no escribo nada para el diario. No encuentro tema.
-¿Y esto...? -preguntó Oribe.
-Es claro -dijo el Delegado.
-No. No me atrevo -respondí.
El Delegado insistió:
-Sería un honor para el señor Vermehren.
-Todavía -dije- si tuviera una fotografía de la muchacha.
Me sentí definitivamente canallesco; el Delegado y Oribe acogieron con entusiasmo la sugerencia.
-Señor Vermehren -exclamó el Delegado, en voz muy alta y con alguna indecisión-. El señor, aquí, es de los diarios. Quisiera escribir una notita necrológica.
-Gracias -murmuró Vermehren. No hizo ningún ademán. La cabeza estaba reclinada sobre el pecho. Yo me estremecí, como si hubiera hablado un muerto-. Gracias. Cuanto menos se hable, mejor.
-El señor -insistió el Delegado, señalándome con el dedo- sólo pide una fotografía. Indispensable para la nota.
-Su hija la merece -apoyó Oribe, cándido y despiadado.
-Bueno -murmuró Vermehren.
-¿Nos va a darla fotografía? -preguntó Oribe.
Vermehren asintió. No tenía fuerzas para luchar contra personas tan ávidas. Casi me tienta la compasión, casi lo ayudo... Dejé que se arreglaran entre ellos.
-¿Cuándo la tendremos? -Oribe inquirió.CONTINUARÁ

ADOLFO BIOY CASARES - (Quinta parte)





. Era la hora del té; en grandes tazones enlozados tomábamos unos mates con galleta. Recordé nuestra intención de espiar a Vermehren cuando apareciese en la tranquera.
-Son casi las cinco -dije-. Si no salimos en seguida, no lo vemos. Estamos lejos.
-Desde nuestra pieza estaremos cerca -gritó Oribe.
Lo seguí, resignado. Ya en la pieza (creo haber dicho que la compartíamos), abrió impúdicamente una valija cubierta de rótulos, y con ademán y sonrisa de prestidigitador sacó unos importantísimos anteojos de larga vista. Me hizo una leve reverencia, para que me acercara a la ventana, levantó los ante¬ojos y se puso a mirar. Yo esperaba que me los ofreciera.
A lo lejos, en el bosque, mis ojos divisaban la pequeña tranquera con el techo, y, más allá, un camino angosto que se perdía oscuramente entre los árboles. De pronto apareció una mancha blanca; después fue un caballo, tirando un coche. Miré a mi compañero; no sentía urgencia de prestarme los anteojos. Se los quité, los enfoqué y vi con nitidez un caballo blanco, tirando un coche amarillo, en el que iba tiesa¬mente sentado un hombre vestido de negro. El hombre bajó del coche, y cuando lo vi caminar hacia la tranquera, ínfimo y diligente, tuve la extraña impresión de que en ese acto único veía superpuestas repeticiones pasadas y futuras y que la imagen que me agrandaba el anteojo estaba en la eternidad.
Lo felicité a Oribe por sus anteojos y fuimos a tomar unas copas.
-Caballeros -gritó Oribe, con su voz de rata-. Atención. Después de lo que he visto, no me voy sin conocer «La Adela». El patrón le creyó.
-No le arriendo la ganancia -dijo desapasionadamente-. El dinamarqués tiene enferma la cabeza pero no el pulso. ¿Y usted sabe los perros que hay allí? Si lo agarran, lo dejan como para sembrarlo a voleo, amiguito.
Para cambiar de conversación, le pregunté a Oribe qué amigos tenía en Buenos Aires.
-Carezco de amigos -respondió-. No creo arriesgado, sin embargo, dar ese título al señor Alfonso Berger Cárdenas.
No pregunté más. Sentí que Oribe era un monstruo, o que, por lo menos, éramos dos monstruos de escuelas dife¬rentes. Yo había hojeado un libro de A. B. C., yo había escrito sobre el precoz autor de Embolismo y de casi todos los erro¬res que sin mucho trabajo puede cometer un escritor contemporáneo (casi todos: de acuerdo con su lista de obras, aún le quedaban algunos cuentos y algunos ensayos en preparación). Me parece inútil declarar que hoy pienso de otro modo. Berger es mi único amigo; si me atreviera, diría que es el único discípulo que dejo. Pero entonces le agradecí a Oribe la información, y agregué:
-Me voy a la pieza, a escribir. Lo veré luego.
Tal vez lo haya tratado con impaciencia. Tal vez Oribe justificara esa impaciencia. En el recuerdo, sin embargo, es una figura patética: lo veo esa noche en la Patagonia, alegre, erróneo y animoso, a la entrada misma de un insospechado laberinto de persecuciones.
A eso de las diez y cuarto salió del hotel. Declaró que iba a caminar, para pensar en un poema que estaba escribiendo. Hacía tanto frío, que eso era una locura desmedida, aun para Oribe. No le creí; no le contesté; lo dejé salir. Partió lúgubremente, como a cumplir un horrible compromiso. Después salí yo. La noche estaba oscura; por más que anduve no lo encontré. Entré en el bosque de pinos. No tengo miedo a los perros; en casa, cuando era chico, siempre había algún perro, y sé tratarlos. Después salió la luna y empezó a nevar. Yo estaba a unos cincuenta metros del hotel, pero nevó fuerte y llegué con las botas sucias. Adentro, Oribe me esperaba, asonsado por el frío. Volvió a hablarme del poema y volví a no creerle. Tomamos unas copas. El poeta las necesitaba; a lo mejor yo también. Le conté mi excursión. Yo de¬bía de estar medio borracho. Me parecía que Oribe era un gran amigo, digno de confidencias, y lo obligué a quedarse hasta el alba, mientras yo charlaba y bebía.
Al otro día me desperté muy tarde. Oribe estaba de pie frente a la ventana, con ojos de asombro y con los brazos abiertos.
-¡Otro mito que muere! -exclamó.
No le pregunté el significado de sus palabras; no quería entenderlas; quería dormir. Pero él continuó:
-En este mismo instante un automóvil entra en «La Adela».CONTINUARÁ

ADOLFO BIOY CASARES - (Cuarta parte)





. Sin embargo, ahí están sus Cantos y baladas. Le agrade o no al lector, son la indisputable adquisición de los hombres, que los cantarán y los elogiarán infatigable¬mente. Ahí está, sobre todo, su conmovido temperamento poético. Carlos Oribe era intensamente literario, y quiso que su vida fuera una obra literaria. Siguió a los modelos de su predilección -Shelley, Keats- y la vida u obra conseguida no es más original que una combinación de recuerdos. Pero ¿qué otro resultado puede lograr la inteligencia más audaz o la fantasía más laboriosa? Nosotros, que lo miramos con una simpatía morigerada por un rutinario sentido crítico, cree¬mos que su paso por la brevísima historia de nuestra litera¬tura será, para siempre, el de un símbolo: el símbolo del poeta.
Vuelvo a ese día en que almorzábamos en General Paz. Como he dicho, la mesa estaba colocada frente a una venta¬na; a través de la ventana, a lo lejos, veíamos el bosque de pinos.
-¿Una estancia? -preguntó alguien (no recuerdo si Oribe, o algún viajante, o yo mismo).
-«La Adela» -contestó el Delegado-. De un tal Vermeh- ren, un dinamarqués.
-Un hombre muy derecho, señores -afirmó el patrón-. Loco por la disciplina.
El Delegado replicó:
-No solamente por la disciplina, don Américo. Viven en 1933, como hace veinte años, en plena civilización, como en una estancia perdida en medio del campo.
Oribe se levantó.
-Brindo por la civilización -gritó con su voz aguda-. Brindo por el aparato de radio.
Pensé que la civilización llegaba a todos los rincones de la República, salvo a nuestro penoso bromista. Los demás lo miraron sin interés. Oribe volvió a sentarse.
-Es un caso increíble y misterioso el de «La Adela» -dijo abstraídamente el Delegado.
¿Increíble y misterioso porque vivían en 1933 como hace veinte años...? Tuve ganas de pedir una explicación, pero temí que Oribe descubriera mi curiosidad y me despreciara. El patrón se retiró taciturnamente. No fue indispensable que yo pidiera la explicación.
-¿Ven esa tranquera? -preguntó el Delegado.
Nos levantamos a mirar. En el bosque de pinos divisamos una tranquera blanca, debajo de un pequeño techo.
-Hace año y medio que nadie entra ni sale por ahí -el De¬legado continuó-: Todos los días, a la misma hora, Vermeh- ren llega hasta la tranquera en un coche de mimbre, tirado por una yegua tordilla. Recibe a los proveedores y se vuelve a la estancia. Casi no les habla. «Buenas tardes», «Adiós». Siempre las mismas palabras.
-¿Podremos verlo? -preguntó Oribe.
-Aparece a las cinco. Pero yo no me pondría a tiro. A pro¬pósito de tiros: Vermehren dijo que de las visitas se encarga¬ría la Browning. Esto lo sé por el peón que pudo fugarse.
-¿Que pudo fugarse?
-Así es. Tiene la gente presa; recluida prácticamente. Dan lástima las muchachas.
Pregunté quiénes vivían en «La Adela».
-Vermehren, sus cuatro hijas, unas pocas mujeres del ser¬vicio y algún peón de campo -respondió el Delegado.
-¿Cómo se llaman las muchachas? -preguntó Oribe, con los ojos muy abiertos.
El Delegado pareció vacilar entre contestar o insultarlo. Contestó:
-Adelaida, Ruth, Margarita y Lucía.
Inmediatamente se demoró en una prolija y totalmente superflua descripción del bosque y de los jardines de «La Adela».
En Buenos Aires conocí la historia de Luis Vermehren. Era el hijo menor de Niels Matthias Vermehren, que tuvo la gloria de ser el único miembro de la Academia Danesa que votó para que se premiara un libro de Schopenhauer. Luis nació alrededor del año 70; tenía dos hermanos: Einar, que siguió como él la carrera eclesiástica, y el mayor, el capitán Matthias Mathildus Vermehren, célebre por la disciplina que imponía a las tripulaciones, por su aspecto andrajoso, por su terrible piedad y por haber muerto, por su propia mano, en la Tierra del Rey Carlos, «después de abandonar como una rata su barco en medio de la noche y del naufragio» (H. J. Molbech, Anales de la Real Marina Danesa, Copenhague, 1906). Einar y Luis Vermehren lograron cierta notoriedad por su lucha contra el Alto Calvinismo; cuando esa lucha ex¬cedió los límites de la retórica y los cielos de la pacífica Dina¬marca se iluminaron con el incendio de las iglesias, intervi¬no el gobierno (Einar comentó después: «En un país liberal, Luis reavivó pasiones que dormían desde hacía trescientos años; si hubiera vivido en el siglo xvi, lo hubiera quemado al mismo Calvino»). Representantes de la Corona pidieron a los pastores arminianistas que firmaran un compromiso (Einar fue de los últimos en firmar), y entonces, como en la sorpresa final de un cuento, se vio que el héroe de la agita¬ción religiosa no había sido él, como se había creído, sino Luis. Éste, en efecto, no admitió concesiones. Aunque su mujer estaba enferma (acababa de tener a su hija Lucía), prefirió salir de Dinamarca. Poco después, en un atardecer de noviembre de 1908 se embarcaron en Rotterdam, hacia la Argentina. La mujer murió en alta mar. Esa muerte fue ines¬perada para Vermehren, que sólo pensaba en sus luchas reli¬giosas y en la traición del hermano; esa muerte fue como un castigo irremisible y como una advertencia atroz; Vermeh¬ren decidió refugiarse con sus hijas en un lugar solitario; de¬cidió irse a la Patagonia, en el fondo de la Argentina, en el fondo de «ese inacabable y solitario país». Compró el cam¬po del Chubut y empezó a trabajar, para ocuparse en algo. Muy pronto lo apasionó el trabajo. Consiguió que le presta¬ran grandes sumas de dinero y, con una disciplina y con una voluntad casi inhumanas, organizó un admirable estableci¬miento, levantó en el desierto jardines y pabellones y en me¬nos de ocho años pagó totalmente su enorme deuda.
Pero sigo con mi relato de esa primera tarde en el Hotel América.CONTINUARÁ

lunes, 11 de noviembre de 2013

Alondra VALEY - A LAS DOCE DE LA NOCHE



-FOTO:Mis Flores

Alondra Valey
A LAS DOCE DE LA NOCHE

Se ha terminado un día. Sólo quedan los minutos para una nueva magia.
Los ojos perecen tristes. Es que otro día ha llegado y con él las vanas fantasías de todo lo que no quiere dejarse. De todo lo que se soporta aunque haga daño. Cada día, con asombro, nos vamos olvidando de detalles, hasta que un clic nos vuelve a la realidad y el brillo de los pretéritos se conjuga en presente.
Dicen que lo que duele se va como último pasajero. Pero antes debemos abandonar el tren para no tomar otro con los pasajes impagos. Las deudas que no saldemos con nuestro corazón, habrá quien las pague…Pero no es justo.

La nueva luna deberá juntar las ilusiones de los que no tienen deuda, de los que saben reconocer la verdad de sus sentimientos, de los que nunca se mienten así mismos. De los que no son capaces de besar una boca, pensando en otra boca lejana. De los que se toman su tiempo y deciden sus destinos. De los valientes que afrontan la verdad y saben darse las respuestas.
De un amanecer que los sorprende y no buscaron. De una luna sin eclipse. De una sonrisa cautivante. De una mano necesaria en la caricia nueva. De unos ojos llenos de dos en esperanza. De agradecer la vida que siempre trae agua fresca a los labios de los sedientos. Desterrando el recuerdo;
haciendo florecer el JARDÍN DE LOS ABRAZOS DE LA TERNURA QUE SE PROCLAMA VIDA

Diego Lopez - ALBEDRÍOS PEREGRINOS




Diego Lopez


Hay alas que se despliegan amén de los presidios
encarcelando el cuerpo más no los pensamientos.
Hay albedríos surcando firmamentos desde antes
esperando el abrazo de las almas con sus anhelos.

Hay libertad en el silencio que resguarda adentros
pronunciando la sapiencia que legan las soledades.
Hay redención en los pecados de cárceles vetustas
que condonan los pretéritos de tiempos muertos.

Y los sueños atestados de primaveras en los estíos
reverdecerán en la brisa… de aleteos sobre éteres.
Y la esperanza colmada de otoños sobre inviernos
renacerá perpetua en la lágrima del ave peregrina.


Título: ALBEDRÍOS PEREGRINOS
Autor: Diego López (Argentina)
Imagen tomada de la red

ADOLFO BIOY CASARES (Tercera parte)





Le razoné mi elogio de Cantos y baladas (aclaro: no sentía ni siento necesidad de justificarlo) y recordé algunos versos que me habían parecido felices. De pronto me vi efusivamente palmeado y congratulado.
-Excelente, excelente -repetía Oribe, en un tono que manifestaba una generosa intención de estimularme.
No debe creerse que este diálogo nos distanció. Dos días después hicimos juntos el viaje a Bariloche. En ese intervalo había ocurrido la terrible desgracia.
Los únicos pasajeros del ómnibus éramos una señora en¬lutada, Oribe y yo. Nosotros estábamos tristes y no teníamos ganas de hablar; era evidente, en cambio, que la pobre vieja quería iniciar cualquier conversación. El ómnibus se detuvo a cargar nafta. Bajamos a caminar. Oribe me dijo con insos¬pechada dureza:
-No estoy dispuesto a darle el gusto.
Se refería, naturalmente, a la pobre mujer. Yo creía que una conversación con ella era nuestro poco fascinador pero no espantoso destino. Un rato después, la señora se aventuró a preguntarme si el próximo pueblo era Moreno; estaba a punto de contestarle, cuando, sentándose con las piernas cruzadas en el piso del ómnibus y levantando los brazos y mirándome en los ojos, Oribe gritó con su horro¬rosa voz:

-Sentados en el suelo, que al fin es la verdad,
narremos con tristeza las muertes de los reyes,
y hablemos de epitafios, de tumbas, de gusanos.

Se dirá: esto era pueril, desmedido, inoportuno. Pero había, tal vez (entre los confusos motivos de Oribe), una intención benévola: combatir nuestra melancolía. La señora se rió mucho y los tres nos pusimos a conversar. Se dirá (también): esto era lo que Oribe quería impedir. Pero no olvidemos que él era sensible a cualquier homenaje, y que la señora, como tantas personas que lo conocieron, estaba notoria¬mente impresionada. Yo oculté mi impresión: creí reconocer en aquellos versos la improvisada traducción de unos de Shakespeare, y en esa típica ocurrencia de Oribe la reproducción de una de Shelley.
Pero no quiero sugerir que todos los actos de Oribe fueran plagios. Hay anécdotas que retratan a los hombres. Esa tarde, mientras intentaba dormir una siesta, oí la voz de Oribe, que parecía venir del jardín y que repetía, inextinguible como el ave fénix, la muerte de Tristán. Finalmente decidí proponerle que tomáramos un café. Cuando salí al jardín, Oribe no estaba. El patrón apareció en la puerta; le pregunté si lo había visto.
-No -gritó Oribe, desde lo alto-. Nadie me ha visto -y continuó sin ningún pudor-: Estoy aquí, en el árbol. Yo siempre me trepo a un árbol cuando quiero pensar.
Ese mismo día, al anochecer, conversábamos con algunos viajantes y con el Delegado. Oribe parecía interesado en la con¬versación. De pronto empieza a dar signos de creciente impa¬ciencia y, por fin, corre hacia el interior de la casa. La persona que hablaba olvida lo que estaba diciendo; los demás preten¬demos disimular nuestro asombro. Oribe vuelve; su rostro ex¬presa la beatitud del alivio. Le pregunto por qué se había ido.
-Por nada -responde con ingenua tranquilidad-. Fui a ver una silla. No recordaba cómo eran las sillas.
Temo haber dado una impresión inexacta de mi pensa¬miento sobre Oribe; nada es más difícil que lograr la expre¬sión justa: no ser deficiente, no excederse. He releído estas páginas y temo que la maliciosa, o distraída, o aparentemen¬te justificada conclusión pueda ser que la originalidad que yo le concedo a Oribe se agote en dos anécdotas más o menos grotescas.

ADOLFO BIOY CASARES - (Segunda parte)




FOTO de la Red

RELACIÓN DE TERRIBLES SUCESOS
QUE SE ORIGINARON MISTERIOSAMENTE EN GENERAL PAZ
(GOBERNACIÓN DEL CHUBUT)
Fue en la clara desolación de General Paz donde conocí al poeta Carlos Oribe. El diario me había mandado en una gira para que descubriera deficiencias del gobierno y pruebas del abandono en que se tenía a la Patagonia; para la completa satisfacción de ambos propósitos era superfluo que yo hiciera el viaje; pero, como el candor de los hombres de negocios es inapelable, partí, gasté, me cansé; especialmente cansado y polvoriento llegué en un obstinado mediodía, en ómnibus, al Hotel América, de General Paz. El pueblo comprende ese inconcluso y tal vez amplio edificio, un surtidor de nafta con los colores patrios, la Delegación municipal, y, seguramente, alguna casa más de las que agotan su imagen en mi re¬cuerdo; imagen casi nula, pero asociada a una experiencia terrible: lo que hice, lo que haré, ya nada importa: en la vida, en el sueño, en el insomnio, no soy más que la tenaz memo¬ria de esos hechos. Todo, aun las primeras impresiones del día -el olor a madera, paja y aserrín, de la casa de comercio (que era una dependencia del hotel), las calles blancamente polvorientas, iluminadas por un sol vertical, y, a lo lejos, desde la ventana, el bosque de pinos-, todo quedó contaminado de un siniestro y más o menos preciso valor simbólico. ¿Puedo rememorar la sensación que tuve la primera vez que vi ese bosque? ¿Puedo imaginarlo como una simple arbole¬da, de presencia un poco inverosímil en esa empedernida esterilidad, pero todavía no alcanzado por los horrores que evoca para siempre?
Cuando llegué, el patrón me condujo hasta una pieza en que había equipajes y ropas de otro viajero, y me pidió que no tardara, porque el almuerzo estaba listo. No me apresuré; un rato después, consciente de mi lentitud, entré en ese comedor, donde oiría el principio de la historia que iba a alterar, con secreta violencia, la vida de tantas personas.
En el comedor había una mesa larga. El patrón retiró un poco la silla y, sin levantarse, me presentó a cada una de las personas que estaban allí: el Delegado municipal, una viajante de comercio, otro viajante de comercio... La esperanza de no ver después del día siguiente ninguna de esas caras, y, sobre todo, el victorioso estruendo de la radio, me disuadieron de escuchar. Pero oí claramente un nombre -Carlos Oribe- y con una sonrisa que todavía no estaba enterada de mi asombro, de mi incredulidad, extendí la mano a un jovencito de voz tan aguda y tan desagradable que parecía fingida. Tendría unos diecisiete años; era alto y encorvado; su cabeza era chica, pero una desordenada cabellera le confería un volumen extraordinario; parecía muy corto de vista.
-Ah, ¿usted es Oribe? -le pregunté-, ¿El escritor?
-El poeta -respondió sonriendo vagamente.
-No lo imaginaba tan joven -dije con sinceridad- ¿Ha oído mi nombre?
-No, señor. No escucho las presentaciones.
-Soy Juan Luis Villafañe -afirmé con la convicción de haber dado un informe completo.
Ahora deberé informar, tal vez, que hacía pocos meses yo había publicado en Nosotros un artículo titulado «Una pro¬mesa argentina» en que saludaba el libro de Oribe. Es verdad que en Cantos y baladas había encontrado una firme ignorancia, infaltable entre los jóvenes escritores de algún brillo, de las tradiciones y de los temas vernáculos, un estudio escrupuloso, casi diría una imitación ferviente, de modelos extranjeros, y, lo que es desalentador, mucha vanidad, algún afeminado capricho y no poca despreocupación de la sintaxis y de la lógica; pero también es cierto que en todo el libro puede advertirse un certero instinto poético y una pasión por la literatura, tal vez menos discreta que avasalladora, pero siempre hermosa. No hay escasez de genios -o, por lo menos, de personas que obran como si fueran genios-; me apresuro a reconocer que es lícito confundir a Oribe con ellas; sin embargo, no creo que sea ilícito indicar una distinción: esas personas tienen una indiferencia esencial por el arte; por esta distinción, que tal vez no sea interesante, que tal vez no alcance a los libros, yo saludé la entrada de Oribe en nuestras letras.
-Mire, si nos conocemos -prorrumpió Oribe con su voz más estridente-, la radio me dejó sordo también de la me¬moria.
Antes que dijera algo irreparable, le expliqué:
-Pensé que usted recordaría mi nombre porque yo escribí sobre su libro, en Nosotros.
Su cándido rostro se iluminó con el más franco interés.
-Ay, qué lástima -exclamó, súbitamente compungido-. No lo leí. Nunca leo diarios ni revistas. Leo La Nación, cuando publica mis poemas.

ADOLFO BIOY CASARES - El perjurio de la nieve (Primera parte)



RELATO QUE SE PUBLICARÁ EN EPISODIOS


ADOLFO BIOY CASARES
El perjurio de la nieve

FOTO: de la Red

La realidad (como las grandes ciudades) se ha extendido y se ha ramificado en los últimos años. Esto ha influido en el Tiempo: el pasado se aleja con inexorable rapidez. De la angosta calle Corrientes perduró más alguna de sus casas que su memoria; la segunda guerra mundial se confunde con la primera y hasta «las treinta caras bonitas» del Porteño están dignificadas por nuestra amnesia; el entusiasmo por el ajedrez, que levantó efímeros quioscos en tantas esquinas de Buenos Aires, donde la población competía con lejanos maestros cuyas jugadas resplandecían en tableros allegados por televisión (presunta), se ha olvidado tan perfectamente como el crimen de la calle Bustamante, con el Campana, el Melena y el Silletero, la Afirmación de los civiles, los entre¬veros y las «milongas» en las carpas de Adela, el señor Baigo- rri, que fabricaba tormentas en Villa Luro, y la Semana Trágica. Entonces no deberá asombrarnos que, para algún lector, el nombre de Juan Luis Villafañe carezca de evocaciones. Tampoco nos asombrará que la historia transcripta más adelante, aunque hace quince años sobrecogió al país, hoy se reciba como la tortuosa invención de una fantasía desacre¬ditada.
Villafañe fue un hombre de vastas aunque indisciplinadas lecturas, de insaciable curiosidad intelectual; disponía, ade¬más, de ese modesto y útil sustituto del conocimiento del griego y del latín que es el conocimiento del francés y del in¬glés. Colaboró en Nosotros, La Cultura Argentina y otras re¬vistas, publicó sus mejores páginas anónimamente, en los diarios, y fue el autor de muchos discursos de la buena época de más de un sector del Senado. Confieso que me agradaba su compañía. Sé que llevó una vida desordenada y no estoy seguro de su honestidad. Bebía copiosamente; cuando esta¬ba borracho, contaba sus aventuras con ordenada crudeza. Esto impresionaba, porque Villafañe era «aseado para ha¬blar» (como decía uno de sus mejores amigos, un compo¬sitor de Palermo). Hacia el amor y las mujeres tenía un tranquilo desdén, no exento de cortesía; creía, sin embargo, que poseer a todas las mujeres era algo así como un deber nacional, su deber nacional. De su aspecto físico recordaré el parecido del rostro con el de Voltaire, la frente elevada, los ojos nobles, la nariz imperiosa y la escasa estatura.
Cuando publiqué una recopilación de sus artículos, al¬guien quiso ver similitudes entre el estilo de Villafañe y el de Tomás De Quincey. Con más respeto por la verdad que por los hombres, un comentarista anónimo, en Azul, escribió: «Admito que el chambergo de Villafañe es grande; no ad¬mito que ese desmesurado atributo, ni tampoco el apodo enano sombrerudo o, más exacta pero más cacofónicamente petiso sombrerudo, basten para denunciar una identidad, si¬quiera literaria, con De Quincey; pero convengo, en que nuestro autor (medidas las personas) es un peligroso rival para el mismo Jean-Paul (Richter)».
A continuación reproduzco su relato de la terrible aven¬tura en que fue algo más que espectador; aventura que no es tan diáfana como aparece al primer examen. Todos los protagonistas han muerto hace más de nueve años; hace por lo menos catorce que ocurrieron los hechos relatados; tal vez
alguien proteste y diga que este documento saca del merecido olvido hechos que nunca debieron recordarse, ni ocu¬rrir. Yo no discuto esas razones; yo, meramente, cumplo la promesa que me arrancó en la noche de su muerte mi amigo Juan Luis Villafañe, de publicar, este año, el relato. Sin embargo, atendiendo hipotéticas susceptibilidades, alguna que otra vez me he permitido ingenuos anacronismos y he introducido cambios en las atribuciones y en los nombres de personas y de lugares; hay otros cambios, puramente for¬males, sobre los que apenas debo detenerme. Bastará decir que Villafañe nunca se ocupó del estilo y que, por eso, observaba normas severísimas: puntualmente suprimía cuan¬to «que» fuera necesario a su texto, y en trance de evitar re¬peticiones de palabras no había oscuridad que lo arredrara. Pero mis correcciones no lo hubieran ofendido. Creía que Shakespeare y que Cervantes eran meramente perfectos, pero no ignoraba que él escribía borradores. A pesar de los cambios señalados, que sólo para mi escrúpulo no son in¬significantes, la relación que hoy publico es la primera que expone con exactitud y que permite comprender una trage¬dia, de la que nunca se conocieron las causas ni la explica¬ción, aunque sí los horrores.
Añadiré, para terminar, que algunas opiniones de Villafañe sobre el llorado, sobre el inmortal Carlos Oribe (de cuya amistad me siento cada día más orgulloso), provenían, simplemente, de su varonil pero indiscriminada aversión por todos nosotros, los jóvenes.
A.B.C.

Alondra VALEY - LOS PAYASOS





FOTO:LEN LUQ HUAN
Son como almas perdidas que fueron enviadas para hacer reír- Son almas que han sufrido mucho y conocen las tristezas de los demás. Son almas que vagan buscando Amor. Son almas que saben en dónde está lo humano de los hombres y saben tocar la varita de las más íntimas fibras del ser. Saben carcajadas del afuera, mientras lloran por dentro. Saben de piruetas para demostrar que sus cuerpos todavía suenan, saltan y responden a sus órdenes, pero han perdido el poder de gobernar sus almas. Tienen sentimientos de ángeles. EL PAYASO tiene voces de niños que resuenan en los escenarios montados para el designio de sus misiones: REIR Y REÍR- HACER REÍR- Reír de la simple risa del que no sostiene la verdad; la crea, la transforma, la mueve y la vive en los momentos más tristes, pero como en los poetas, esos son los más fructíferos…
A los miles de PAYASOS del mundo. -¡GRACIAS! Por enseñarnos algo tan simple como a saber reírnos de nosotros mismos y disfrutar con los demás, el milagro de reconocernos…
http://youtu.be/K5f_AG-SR24

domingo, 10 de noviembre de 2013

LOS BESOS - Alondra VALEY




Dicen de sentidos y sabores. De completo y perfecto. De único y sostenido. De almíbar y mieles ofrecidos. De entrega, de minutos y segundos. De llamados a estaciones de ninguna primavera. De placer y complemento. De pensarlo en soledad. De imaginarlo en los sueños. De beberlo y deleitarlo. De probarlo y no sentirlo…De llorarlo y buscarlo. De imaginarlo y esperarlo. De vivirlo o reprimirlo. De robarlo y aceptarlo. De guardarlo esperanzado. Esperando que las bocas quieran completarlo en el abrazo contenido
de un AMOR CORRESPONDIDO...

LOS MENSAJES - Alondra VALEY



Tienen un ángel que los domina y ya no pueden detenerse. Los mensajes vienen del alma de quien los escribe. A veces no quisiera decir lo que dice, pero los escribe. No quisiera desnudarse ante lo evidente, pero lo sabe y lo plasma sin remedio. Por eso amo la palabra y el pensamiento. Porque no sé mentir cuando escribo. No sé decir lo que no pienso. Y a todos, ni más ni menos les pasa. Por eso amo a las personas que se juegan en sus mensajes. Mucho más las amo si sé que les cuesta manifestarse tal cual son. Los mensajes a veces no son para quién los toma para sí, pero ese momento de magia que los transporta, es inigualable. Y para aquellos que sí se saben musas inspiradoras de algunas bellas palabras, la vida cobra nostalgia, inspiración, voces y acallados sonidos impregnados de amor.. El emisor se cuela por los sentidos y penetra en los pensamientos. Se adueña de los latidos. Se aproxima a su objetivo: lograr que alguien SUEÑE…

sábado, 9 de noviembre de 2013

El Pellizco-"Soy adoptada..."




Me gustaría poder compartir mi historia con personas, que puedan aconsejarme o tan solo darme una palabra de aliento.
Tengo 19 años, soy estudiante y a simple vista llevo la vida que todo el mundo quisiera tener, pero al llegar la noche me siento vacía, vacía conmigo misma.
Soy adoptada, afortunadamente tengo una bella familia, aunque en momentos me tocan vivir momentos duros con mi madre. Ya sea por un motivo u otro, mi autoestima está muy baja ya que ella siempre me saca en cara la porquería que soy y todo lo que ha hecho por mi. Este tema me cansa demasiado y por momentos siento el deseo constante de irme,y de buscar a quien es mi padre que sabe de mi existencia; ¿pero como hacerlo? Realmente no encuentro como hacerlo.
Hace un año y poco mas conocí a quien me hacia sentir realmente especial y tuve la esperanza puesta en que fuera "el amor de mi vida" con quien planificamos de una y mil formas como sería nuestra vida, como cuidaríamos el uno del otro y como moriríamos juntos de viejitos.
Pero hace unos meses el murió trágicamente y hoy no se como continuar. Lloro mucho y no sé que hacer, tengo sus ojos, su voz, sus manos impregnadas en mi. Por momentos he pensado en suicidarme solo que soy tan cobarde que no encuentro la valentía de tomar coraje y hacerlo.... Realmente quiero morir; mi vida no es digna de seguir.
No se que hacer ni como seguir. Deseo terminar con esto ya mismo.

Rita

ESPACIO DEDICADO A LAS CARTAS A VIVA VOZ - CARTA DE DOS




LA CARTA de DOS
Hoy escribí una carta que no me animé a enviarte. Tal vez porque todavía me duele. Tal vez porque aún siento culpa. Tal vez porque soy cobarde. Tal vez porque todavía te quiero
y no quisiera lastimarte ni con el roce de una flor. Tal vez la estés esperando. En ella no digo adiós. Tampoco te confirmo en medio de mis esperanzas. Tampoco te he confinado al olvido. No sé ni en dónde estoy. Si miro nuestras vidas lo pienso y debería actuar de inmediato. Si escucho nuestras voces se parecen al llanto. Si observo nuestros miedos, se desvanecen al pensarnos juntos. Si trato de recordar los besos, solo de noche y en mis sueños los puedo sentir. Te apareces por las noches, cuando toda gota de sentido se pierde en las sombras y somos quienes en realidad somos. Entonces decidí dejar pasar el tiempo. Tú no vienes y yo no voy. Tal vez así logremos aplastar los imposibles. No es sencillo pero se puede aceptar. Las estrellas le perdonan a la tormenta que no las deja con su luz. El sol no protesta cuando se suceden los días nublados. Pero las tormentas se hacen notar en medio de los truenos y rayos…Si estamos atormentados no habrá mundo que no nos escuche. Toma tu pluma y dime: Si tú y yo nunca fuimos mansas estrellas y relucientes soles desde que nos conocimos… ¿Qué propones de ahora en más?

Autorizada-DERECHOS RESERVADOS DE AUTOR

IMAGEN-DIEGO LÓPEZ


viernes, 8 de noviembre de 2013

ESPACIO DEDICADO A LAS CARTAS A VIVA VOZ - La carta del REBOTE




LA CARTA DEL REBOTE
Querida amiga
Ya me estoy preparando para partir donde Tú, mujer molesta, no puedas alcanzarme.
Antes quiero preguntarte por qué te ensañas conmigo. Nunca te di esperanzas. Nunca te hablé de Amor. Siempre te traté con respeto y sin embargo me sigues por donde voy. Te metes en mis sueños. Tomas las riendas sin permiso. Crees saberlo todo y sabes qué, estoy muy bien así. Me viene mal tu permanencia. Me viene mal tu consecuencia. Me viene mal que te metas en mi cabeza y no tengas ningún apuro en salir. No quiero lastimarte ni tomar una aspirina para el dolor. Me gusta que me duelas así te rechazo más. No se como darte una lección para que entiendas. Las garrapatas son menos fastidiosas. No niego que me halagas con tu actitud. Me gusta sentirme importante para Ti-No sé que haré el día que dejes de molestarme. El día que no pueda correr a espiarte. ¿Cuándo podré verte como una mujer madura que se vea más como mi mamá y no como deleite de las almas? Si sigues jugando conmigo terminaré jugando también y este equilibrio que trato de guardar, ya no servirá y tengo miedo que ese día te conviertas en una bruja y ya no te vea más…

Autorizada. Derechos Reservados de Autor

Alondra VALEY - HOY ME ENCONTRÉ CON EL ROBLE






Alondra Valey
HOY ME ENCONTRÉ CON EL ROBLE

Y lo supuse tan firme, lleno de convicciones, tan fuerte, tan decidido, no parecía que nada lo turbara… Tan lleno de vida, tan conquistador, tan tierno a veces, tan sencillo y querible.
De cerca sentía admiración por su prosa de follaje colorido y ramas para sostenerse, aún en temibles vientos.
Todos lo miraban pero nadie se comprometía a sostenerlo en caso de tempestades. Aquellos que lo conocían hablaban de él. Adulaban a veces, sensiblemente. Lo pensaban cuando se perdía por largos días en las sombras sin ver el sol. Pero nadie osaba interrumpir sus silencios ni entrar en el escondite de sus hojas.
Pero yo conocí su íntima tristeza por la soledad de sus raíces que no le permitían correr cuando deseaba huir.
Yo entendí sus secretos…Nunca me los dijo pero los supe y no pude hacer nada. Prohibida mi estancia, salía a la ventana para observar si estaba en el mismo lugar. Si no se habían secado sus hojas…Pero…Cuando intentaba acercarme con un poco de agua notaba que no era bienvenida. ¡Se había acostumbrado a su soledad!

jueves, 7 de noviembre de 2013

LA LLUVIA - Alondra VALEY


Alondra Valey
LA LLUVIA
Trae tristeza, deseos de ser arropado, como cuando eras un niño.
El incesante goteo recuerda las lágrimas del viento que se aproxima un poco más. El viento golpeando en el umbral de los recuerdos.
El viento en la cara de sopapos de la vida.
Imaginarse mojado como el llanto.
La oscuridad de las tormentas hace que el color negro sea el rey; hasta las palabras no brotan con el brillo de manzanas verdes recién cosechadas.
La luna y el sol se esconden para no presenciar la melancolía.
Los enamorados se abrazan tan fuertemente que sus almas bendicen la lluvia.
Y la tierra grita de alegría por su alimento.
Y las flores cobran vida.
Y los árboles verdean como pintados a nuevo.
Los nidos se mantienen en su lugar, porque su asesino son los vientos.
Las mariposas se esconden y nadie se ha preguntado dónde.
Los gatos buscan asustados el refugio más tibio.
Los techos hablan por sí solos, protestan por el golpe y el maltrato.
Los charquitos esperan que pase para recibir a los niños y sus barcos de papel.
Los ancianos dicen: si hace pastelitos en el suelo, la lluvia sigue.
Las abuelas cantan a los nietos ¡Qué llueva, qué llueva! Estamos en la cueva…
Las botas bailan contentas, al fin irán a su misión.
Los sonidos cambian, como cambia mi estado de ánimo cuando reflexiono que ésta es la Naturaleza magnífica que transitamos. Maravillosa realidad cuando se tiene el afecto próximo, el fuego que acaricia y los sentidos prestos para disfrutar la magia, la única verdadera, la que nos ubica en el presente y nos habla del hoy y sus bendiciones…
Alondra VALEY

http://youtu.be/Y6P2Fml_G6k

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Poemas De Un Angel Sin Alas





Ante mí un papel en blanco…
no sé ni cómo empezar,
tu correo en el portátil…
no me decido a enviar,
tu contacto en mi móvil…
y no me atrevo a llamar.

Ayer pasé ante tu puerta
y no intenté ni timbrar.
La timidez me atormenta
tengo miedo a fracasar.
El temor es aún más fuerte
que mi anhelo por amar.

Enloquezco si lo pienso
no quiero ni imaginar
que por declarar mi amor
lo pudiera estropear
me apartaras de tu lado
no te lograra alcanzar.
5-11-2013

Diego López - He avizorado




Diego Lopez
--Mis flores

He avizorado



la puerta del alma que más anhelaba
y me posé en el umbral de los sentires que besan
para pronunciar el nombre que cincela el corazón.

He avizorado los mares que navegan tus miradas
y me posé en sus riberas desnudo de quebrantos
para ofrendarte mi vida como pétalo que renace.

Pues anhelo sumergirme… en el oleaje de tu amor

Diego López

de: Alondra VALEY - En el sur





En el sur
Comienzan los días tibios. Las palomas de mi patio hacen pareja; los gorriones pelean por las migas que les tiro. El tero, guardián de mi casa me saluda con su acostumbrado cabeceo. Los damascos caen por su propio peso. Hay tantas plantas que casi no se ve el cielo, pero su azul se hace notar a través de las hojas. El sol, algo molesto ya, sabe buscar sus rincones. Una tibia brisa de atardecer hace retomar los abrigos. Los pájaros se preparan para retornar a sus nidos. El zorzal canta a las siete de la tarde y se levanta a las cuatro de la madrugada, aún casi de noche todavía. La mesa de piedra testigo de tantos almuerzos y cenas, continúa fría como escarcha, a la espera del mantel de los domingos.
Soy una más entre los presentes; la tarde, los gatos del vecino que se pasean por los muros. La madreselva que protesta por que tiene que dejarles parte de la pared para
sus libres albedríos y sus amantes noches de aullidos gozosos.
El perro del departamento de al lado que grita como loco de alegría cuando llega su amo. Puertas que se abren y cierran.
No estoy dispuesta a vivir esos momentos bellos sin una compañía. Me preparo mate
bien Argentino, pero con azúcar. Eso sí, con termo y agua del dispenser. Claro, son los nuevos tiempos. Tiempos en donde muy pocas personas pueden disfrutar de un patio como el mío y eso sí debo agradecer a Dios…
El corazón a veces se pone caprichoso y quiere más. ¿Qué más? ALGUIEN CON QUIEN HABLAR…
de: Alondra VALEY

de: Alondra VALEY - No siempre o casi nunca







No siempre o casi nunca

He recibido regalos de esos que esperas ansiosamente. Inclusive cuando me regalaron la única muñeca que tuve, hubo que esperarla. De ahí en más todo me lo prodigué con trabajo y esfuerzo. Es tan así que estoy absolutamente convencida que nunca voy a recibir nada Es más, cuando se perfila algo que me parece como caído del cielo, me digo íntimamente, “no es para mí”. Siempre supuse que lo bueno me venía si iba a buscarlo. Nunca me sorprendí y agradecí lo que venía con todo el amor posible, pero
en una batalla conmigo, porque no sabía decir gracias ante una caja de bombones. No quiero decir con esto que no la valorara. Lo que quiero decir es que hay regalos que tienen que ver con los sentimientos Yo valoro esos regalos, los que te suceden sin esperarlos. Que anhelas pero nunca expresas que los deseas. Y que de antemano ya los das como imposibles. Como la cartita arrugada de algún alumno, nada más valioso. El dibujito de un nieto. La mano apretada de un saludo. Salir a comprarte un remedio que te hace falta a las dos de la mañana. Y te pasa. Son maravillosos regalos de la vida. Pero a veces esperas algo grande, por lo imposible y por lo que representa.
Y de repente tocan a tu puerta y te entregan un envoltorio valioso lleno de significado porque conoces a quién lo envía…
.Te comes la tarjeta a besos y todos te dicen -¡Ábrelo! Y tú piensas nada más que en la persona que te lo regaló- Y pasa lo que crees jamás pasará, en el reverso de la tarjeta dice “Adiós, hasta siempre” sueltas el regalo y éste se hace trizas sobre el suelo…
No importa lo que había adentro. Importa que “Tampoco era para ti”
de: Alondra VALEY

martes, 5 de noviembre de 2013

UNA MARAVILLOSA LECCIÓN sacredmadness@hotmail.com http://www.tuluzinterior.com/





Alondra Valey
UNA MARAVILLOSA LECCIÓN
sacredmadness@hotmail.com
http://www.tuluzinterior.com/

El dolor puede cesar. Te hiciste, o te hicieron algunas heridas. Y esas heridas pueden desaparecer. Porque tu felicidad estuvo antes que tu desdicha. Sólo debes regresar a tu estado original. Porque TÚ existías antes de que nada te pasara. Tú existías antes de que nada te dañara. Y estabas unido a Dios…y eras feliz.

Talvez hace mucho que olvidaste el Reino del que partiste. Talvez hace mucho que te acostumbraste a una vida de sufrimiento. Talvez creas que la felicidad y el amor tardarán en llegar a tu vida.

Recuerda algo amigo, recuerda algo amiga: La dicha del reencuentro.

A veces nos alejamos sólo para volver y descubrir con asombro la belleza del lugar del que partimos. A veces nos olvidamos de nosotros mismos, de nuestra verdadera naturaleza, sólo para poder recordarnos después y comprobar que somos perfectos, que estamos unidos a Dios, de quien nace toda felicidad y todo amor…y que está bien estar unidos.

Y puede que ahora tengas mucha habilidad en eso de sufrir.

Parece que nuestras relaciones nos lastiman.

Parece que nuestra economía nos lastima.

Parece que nuestros pensamientos y emociones nos lastiman.

Parece que sufrimos en nuestro camino espiritual porque pronto vamos a ganar la felicidad a cambio de mucho sufrimiento sin sentido; lo que tiene tanta lógica como pensar que vamos a acumular una gran fortuna mientras derrochamos el dinero.

Por favor, por compasión, a todos aquellos que sufren en su camino espiritual: deténganse. Porque lo que te hiere a ti, mi hiere a mí. La medicina debe ayudarnos a sanar. La medicina no debe ayudarnos a enfermar. Dios es Dicha y es Amor. Podemos participar de su banquete. Y al relacionarnos con Él-Ella recordaremos que Nos ama y Le recordaremos algo fundamental: también Le amamos.

Y si te he lastimado perdóname.

Y si me has lastimado, ayúdame a perdonarte.

Sé que duele cuando alguien nos hiere, o lastima las heridas que ya tenemos. Porque a veces nos culpamos por cosas que “no” nos hicimos el uno al otro. Porque ante la presencia del dolor nos cegamos y queremos culpar, reprochar y lastimar.

Lo siento. Por favor espera.

El toque también puede ser una caricia.

El toque también nos puede sanar.

Por favor, acepta este bálsamo.

Porque cuando el Amor nos toca…cuando permitimos que nos toque el Amor que está siempre presente: podemos sorprendernos al comprobar que el veneno se transformó en medicina, y el dolor en gozo. Que cuando nos atrevemos a superar esa franja divisoria llamada “miedo” comprobamos que nos toca la luz…que nos toca la dulzura…que nos toca Dios.

Dios sufre los golpes que te propinas. Por amor a todos nosotros: trátate bien.

Es cierto que debes dejar los placeres que te traen desdicha después, y aquellos que hacen sufrir a los demás.

Pero hay gozos legítimos. La parte sensible que Dios nos regaló sirve para expandir nuestra sabiduría. Es la que nos permite comprobar en dónde encontrarlo a Él, en dónde encontrarnos a nosotros, en dónde encontrar la felicidad. Porque las palabras pueden ser usadas para mentir, y la mente creerá esas mentiras; pero el gozo o el sufrimiento derivados de lo que hacemos no nos mentirán. Nunca.

El Maestro Jesús nos lo enseñó: el Sagrado Corazón. No la sagrada cabeza.

Por Amor, atendamos los mensajes del corazón. Hagamos aquello que hace cantar el corazón del mundo. Evitemos que nuestro Espíritu derrame lágrimas que se pueden evitar.

Tu canto es escuchado por mis oídos, y me deleito en él; pero tu llanto lastima mi corazón. Por favor, por amor a todos nosotros: trátate bien. Talvez al ver tu gozo decidamos volver nuestro rostro a Dios.

No sufras si por ahora lloras: sabe que terminará. Porque todo fuego termina al consumirse la leña, y lo que no se alimenta languidece.

Reconoce el enorme regalo de descubrir una herida: puedes sanarla.

¿Porqué evitar mirar nuestras heridas cuando podemos sanarlas?

Vale más la salud que un paliativo.

Vale más la Verdad que la mentira.

Si algo nos duele tenemos la maravillosa oportunidad de aliviarlo: así sanamos nuestra alma. Si algo nos duele y lo negamos tontamente: se infecta.

Ah!...pero cuando lo tocamos con Amor…cuando permitimos que el Amor nos toque haciendo a un lado la mentira y el miedo que cubre nuestras heridas…entonces todo se sana y se vuelve maravilloso; no importa si en el proceso salió un poco de pus. Perdónate cuando alguna de tus reacciones sea más exagerada de lo que te hubiera gustado. Por favor, perdona a los demás cuando hagan lo mismo.

No pensamos bien cuando algo nos duele. Y nunca sabemos dónde tienen los demás sus heridas, así como los demás no saben dónde tenemos las nuestras.

¿Cómo podemos aliviar nuestro dolor y el de los demás? Lo has sabido siempre: toca todo lo que puedas con Amor. Y ahí donde más duele, más Amor debe tocar. Este el bálsamo maravilloso que nos sana: El Amor que nos baña completamente aunque a veces nos neguemos a sentirlo…y el Amor que brota de nosotros, aunque a veces nos neguemos a mostrarlo.

El amor es tan sabio que si no lo mostramos dolerá, sólo para que le permitamos salir.

Así que, el dolor, propiamente dicho no existe. Es sólo la energía del Amor esperando que la recuerdes, deseando que la manifiestes…deseando que TÚ te recuerdes, deseando que TÚ te manifiestes.

Tu dolor puede cesar.

Por favor, acepta este bálsamo.

Y ofrécemelo cuando lo necesite.

El Amor que tenemos. El Amor que somos.

Atte. El Loco

EL DÍA QUE REGRESASTE-Alondra VALEY



-Mis Flores


EL DÍA QUE REGRESASTE

Tiré mis penas al sol para que alumbre a otras almas y que no sufran como yo. Pero de pronto desperté y el sol me alumbraba a mí. Era yo como una piedra que no se podía mover…más allá o más acá nadie me contestó, solo la luna lloraba en una tarde hostil.
Y me llenó con su sombra el manto de los olvidos. Era tu último trino. Padre, hijo, prójimo, todo unido en delirios e imágenes que se mezclaron y ya no son…ni serán.
Cuando el miedo, el tiempo y el orgullo se confabularon, las almas desterradas no supieron evaluar. No supieron de quien los ama ni de quien los odia. Es tan cortita la vida que no hay tiempo de recoger los deshechos de las sombras que se dejaron esparcidos. No hay nada más desolador que saber que alguna de las almas errantes se perdió para siempre…No hay nada más triste que observar las acciones de alguien que al no encontrar el camino, tampoco descubrió el cariño de los que estaban esperando para acompañar y sostener la mano del que se dice amigo.
No hay nada más patético que imaginar una maniobra fría como la muerte.

lunes, 4 de noviembre de 2013

ESPACIO DEDICADO A LAS CARTAS A VIVA VOZ - Carta de Ana Bolena a Enrique VIII





Carta de Ana Bolena a Enrique VIII

Señor,
Corresponde solamente a la augusta mente de un gran rey, a quien la naturaleza ha dado un corazón lleno de generosidad hacia mi sexo, compensar con favores tan extraordinarios una conversación ingenua y corta con una muchacha. Inagotable como es el tesoro de generosidad de su majestad, le ruego considerar que pueda no ser suficiente para su generosidad; porque, si usted recompensa tan leve conversación por regalos tan grandes, ¿qué podrá usted hacer por los que están listos consagrar su obediencia entera a sus deseos? Cuán grandes pueden ser las obsequios que he recibido, la alegría que siento por ser amada por un rey a quien adoro, y a quien con placer sacrificaría mi corazón. Si la fortuna lo ha hecho digno de ofrecerlo, estaré infinitamente agradecida. El mandato de dama de honor de la reina me induce a pensar que su majestad tiene cierta estima por mí, y puesto que mi ocupación me da medios de verle frecuentemente, podré asegurarle por mis propios labios (lo cual haré en la primera oportunidad) que soy la más atenta y obediente sierva de su majestad, sin ninguna reserva

Ana Bolena.

Verano de 1526

ESPACIO DEDICADO A LAS CARTAS A VIVA VOZ - Te regalo un cuento, por Jorge Gonzalvo Díaz




Te regalo un cuento, por Jorge Gonzalvo Díaz

Te regalo un cuento. Podía haber sido un paseo por el parque o una canción a medio hacer. Una carta de amor, un capuccino en tu plaza favorita o un truco de magia sin ensayar apenitas. Pero no. Quería que fuera un cuento. No para después de hacer el amor ni para que nos echemos de menos. No para que suene el Adaggieto de la quinta de Mahler, ni nada por el estilo.
Te regalo un cuento para que puedas hacerlo tuyo dibujándole una narizota, para que lo compartas con tu vecina de escalera o con tu gato. Para que elijas la banda sonora que te apetece que suene de fondo mientras lo lees.
Yo tengo mis canciones para escribirte. Tu las tuyas para leerme.
Te regalo un cuento para que puedas llevarlo contigo, dobladito en el bolso, o entre las páginas de un libro de Benedetti. Para que cuando te enfades conmigo puedas estrujarlo y hacer con él una pelota de papel, arrojarlo por la ventana y mirar complacida cómo lo atropella un autobús. Para que lo fotocopies mil veces y le entregues una copia a quien más te apetezca. Para que envuelvas con él una manzana o para colgarlo en tu pared. Para que le claves alfileres los días en los que me matarías. O para apuntar encima del título el teléfono de tu banco.
Te regalo un cuento improvisado. De esos que empiezas a escribir sin pensar y que no sabes cuándo acaban. Te regalo esta noche y todas las demás. Te ofrezco mi sonrisa non stop, sin conservantes ni colorantes. Aún a riesgo de poder ser acusado de alevosía y nocturnidad, y aunque puedan encontrarse muchos más agravantes.
Te dejo abierta la ventana para que te cueles, para que me espíes ésta noche. Para que me veas sin que te vea. Para que me cuides un poco sin que yo lo sepa.
Te regalo una idea. El concepto más hermoso de complicidad, un escenario vacío en el que buscar la manera de encontrarse. Te regalo un cuento que habla de amigos y de sueños, de noches de verano pegajosas, de mí mismo mientras me imagino tu cuarto desde lo alto del cielo, antes de lanzarme en picado sobre tu almohada. De kamikazes que se estrellan en tus brazos y que no vuelven a despegar, ni falta que les hace.
Te regalo el kit completo de cariño, el maletín mágico con el que jugabas de niña a maquillar muñecas y cocinar guisos de plastilina mientras yo fabricaba dinamita con el Quimicefa.
Te regalo un cuento indeterminado sin pies ni cabeza, sin trama ni desenlace final, sin argumentos y sin actores de reparto. Sin moraleja. Y si la tiene, que sólo tú la conozcas.
Lo único que necesitas es apagar la luz, cerrar los ojos y la puerta de tu habitación, no necesariamente en ese orden. Dejar que te lea al oído, olvidarte de las facturas y del telediario. Quererme un poco más que hace cinco minutos y hacérmelo saber, de alguna manera.
Te regalo un deseo. Llenarte de unas ganas locas de reír y de que salgas corriendo en busca de una diadema bonita para el pelo. Que necesites llamarme y te encuentres pidiéndome que apague la luz, que cierre mi puerta y entonces, empieces a leer el mismo cuento que estás leyendo ahora. Y ojalá no podamos dejar de llamarnos cada noche, para contarnos el mismo cuento. Toda una vida.
Un cuento para llevarte de viaje, y para leerle a tus hijos y a los míos, a tus nietos y a mi abuela. A las calles y a los parques.
Te regalo un cuento sin papel de colores ni un "espero que te guste". Sin aplicar el IVA y sin descuento por pronto pago. Un cuento que habla de ti y de mí, que pueda leerse cualquier día del año, a cualquier hora, sea cual sea tu estado de ánimo o tu sabor favorito de helado.
Te regalo este cuento.

Carta finalista (segunda clasificada) del IV Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor de Escuela de Escritores.

ESPACIO DEDICADO A LAS CARTAS A VIVA VOZ - Carta de Leopoldo Lugones a "Aglaura", fragmento




Carta de Leopoldo Lugones a "Aglaura", fragmento


Nunca supe lo que era el amor hasta que te quise y aprendí en el tuyo lo que es la eternidad. Así vive el mío de llorarte lejana. Como a la estrella. Así me es inagotablemente precioso en su dolor el castigo que sufro sin reclamar, pero que no he merecido. Algún día lo sabrás mi suavidad, mi perfume. Ya te lo dice, por lo demás, la coincidencia que has notado en nuestro dulce pero triste consuelo.
Él te inspira, por otra parte, lo que llamas pésima redacción y que es siempre lo más precioso de tus cartas queridas. ¿Por qué te preocupas de eso? ¿No ves cómo yo lo echo de lado para que hable tan sólo mi corazón sin vana literatura? Y a propósito escribo chiquito para que las carillas no aumenten y la carta no arriesgue alguna violadora curiosidad con un exceso de volumen.

-Mis flores

ESPACIO DEDICADO A LAS CARTAS A VIVA VOZ - de Jack London a Ana Strunsky





Carta de Jack London a Ana Strunsky (Fragmento)


Ana querida:

¿Dije que el ser humano podría ser clasificado por categorías? Bien, y si lo hice, déjeme cuantificar: no todos los seres humanos. Usted me elude. No puedo encontrarla, no puedo entenderla. Puedo jactarme de que a nueve de diez personas, bajo circunstancias dadas, puedo pronosticar su acción; que de nueve de diez, por su palabra o acción, puedo tomar el pulso de sus corazones. Pero de la décima desespero. Está más allá de mí. Usted es la décima.
¡Estaban siempre dos almas, con los labios mudos, emparejados más incongruentemente! Podemos sentirnos en comunión -seguramente, a menudo podemos- y cuando no nos sentimos en comunión, con todo nos entendemos; pero no tenemos ninguna lengua común. Las palabras habladas no vienen a nosotros. Somos ininteligibles. Dios debe reírse de la actuación.
Mis flores

LAZOS - Diego Lopez






Diego Lopez
Nos encontró el tiempo peregrinando erráticos
y nos ofrendó los cordeles de un mismo sentir.
Nos rodeó la brisa de la esperanza que renace
y nos besó el instante que escogimos amarnos.

Nos desnudó el anhelo de las almas que buscan
sobre sendas de una mirada besando silencios.
Nos cobijo la noche sempiterna de los amantes
y nos acarició la piel en el deseo de los cuerpos.

Nos conjugó la vida el encuentro que avizora
el océano donde no naufraga… nuestro navío.
Nos esgrimió el hado nuestros anversos idos
en la tersura de lazos… hilvanando quimeras.

Título: LAZOS
Autor: Diego López (Argentina)
Imagen tomada de la red

Alondra VALEY - ASOLADA






ASOLADA

Asolada
Entristecida
Perdida en los minutos
Y en las horas inciertas
Pensativa
Preocupada
Motivada por regresos
Fenecida por ausencias
Dolida
Herida
Perdida entre la niebla
Asumiendo las caídas
Abrazada
Alcanzada
Por los tientos curvilíneos
Que me atan y despegan
Demolida
En caída
Por pendientes distraídas
Que me arrastran sin reservas
y me muestran infinitos
Que yo imploro y no llegan
Me devuelven una imagen
De promesas incumplidas
Sí, de besos y caricias
Que al final solo lastiman…
Alondra VALEY

PORQUE AHÍ ESTARÉ (México)





26/Oct/2013

No necesito firmar con mi sangre
ni hacer una promesa ante todos.
Quiero sepas, estaré para amarte
en días felices y días lluviosos.

Mi promesa tendrás de siempre quererte
y nunca dejarte en soledad cautiva.
En cada momento, estaré a defenderte
¡aunque en ello se me vaya la vida!

En noches oscuras, estarás en mis brazos
en mi pecho,te sentirás cobijada
contra sentimientos de duda y lejanía
jamás volverás a sentirte abandonada.

En cada día un motivo de alegría
saber que caminas tomada de mi mano.
Cuando sientas fatiga, no temas mi amada
te cargaré, y seré tu descanso.

Y cuando los años me hayan cansado
mis fuerzas no sean las mismas:
no temas, sacaré impulso desde el alma
te cuidaré igual que el primer día.
Entonces, cuando sea el momento...
partiremos juntos amada mía.
¡Porque ni la muerte podrá separarme
de la mujer a la que ofrecí mi vida!

Todos los Derechos Reserv@dos México 2013
©Fernando Navarro (El Poeta Inculto)

LETRAS DE CANCIONES- Francisco Gago Nieto Joan Manuel Serrat - Cantares





http://youtu.be/Lj-W6D2LSlo

Todo pasa y todo queda,
pero lo nuestro es pasar,
pasar haciendo caminos,
caminos sobre la mar.

Nunca perseguí la gloria,
ni dejar en la memoria
de los hombres mi canción;
yo amo los mundos sutiles,
ingrávidos y gentiles,
como pompas de jabón.

Me gusta verlos pintarse
de sol y grana, volar
bajo el cielo azul, temblar
súbitamente y quebrarse.

Nunca perseguí la gloria...

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.

Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.

Caminante no hay camino
sino estelas en la mar...

Hace algún tiempo en ese lugar
donde hoy los bosques se visten de espinos
se oyó la voz de un poeta gritar:
«Caminante no hay camino,
se hace camino al andar...»
golpe a golpe, verso a verso...

Murió el poeta lejos del hogar.
Le cubre el polvo de un país vecino.
Al alejarse le vieron llorar.
«Caminante no hay camino,
se hace camino al andar...»
golpe a golpe, verso a verso...

Cuando el jilguero no puede cantar,
cuando el poeta es un peregrino,
cuando de nada nos sirve rezar.
«Caminante no hay camino,
se hace camino al andar...»
golpe a golpe, verso a verso.

jueves, 31 de octubre de 2013

LETRAS DE CANCIONES- Pensamiento a María, al amor de mi vida-¡Cuánto te quiero y cuánto te amo!" (autor:Daniel Plans Dimanuel)




Pensamiento a María, al amor de mi vida.
"Estoy en el trabajo,
tomando datos
diciéndote lo que te quiero
y te has quedado dormida.
Te sientes querida
como si te estuviese abrazando
en la misma cama, tranquila te quedas,
te llenas con mi amor y mi cariño.

Te quiero tanto y de tal forma,
te quiero en todas las frecuencias,
en todas las formas y colores,
no hay resquicio ni hueco
donde no exista tu nombre.
Es difícil no quererte, es más no amarte,
porque te amo en tantas facetas,
por tu sensibilidad,
por tus ganas de amar,
por tu bondad,
por tus lágrimas,
por esa fuerza con la que amas
y la fidelidad con la que lo haces.
Te amo por tu cariño,
por tus dulces y cercanos
Te quieros susurrantes,
te amo por tu sinceridad,
por tu fuerza en todo,
por tu determinación
porque eres buena madre.

Te amo porque tiemblas
cuando hablas conmigo,
porque a veces te noto
totalmente enamorada
y no lo escondes, todo lo dices,
por eso te amo más,
porque amas y te entregas.

Te amo porque te quedas dormida
cuando escuchas mi voz,
te amo porque me buscas
como la luz en las tinieblas,
te amo porque sin ti no soy yo,
ni tú sin mi eres tú,
somos uno y dos
somos dos en uno.

No puedo por más que intento
dejar de amarte,
mi razón se humilla
y es tanto lo que te amo
que estoy dispuesto
a renunciar a la libertad
de muchas cosas.
Porque sin tu amor
no soy feliz,
sin tu amor ya no soy libre.
He vivido en esclavitud
de recuerdos y desamores,
ahora tu amor me libera
y yo quiero que te liberes.

Quiero amarte y hacerte feliz,
lo necesito tanto,
lo tengo dentro, es algo tan vital,
que no puedo, no paro, no ceso.

Te amo
y te lo diré en mis ojos,
mis manos te lo expresarán
en código morse.

Te amo,
lo diré a todos y gritando,
porque no hay nadie que ame
más que a ti , solo a Dios,
es de quién puedes estar celosa,
sólo de Él.
Pero Él te ama tanto
que si no lo hiciese
no hubiese dejado
que me cruzara por tu camino.
Te amo por lo que eres
y por lo que sientes,
tanto te amo que eres mi reina,
mi amor, mi dulzura,
por ti miro y sólo miro hacia ti,
por ti siento y sólo quiero que seas feliz.


Pueden enamorarse de mi todas las mujeres
que quieran, pueden buscarme pero yo miro hacia ti,estoy enamorado de ti,
mi devoción es para ti,
mi alma goza cuando nota la tuya,
y mi cuerpo se prende cuando pienso en el tuyo.

Sólo soy alguien que te quiere y te ama,
déjame amarte , déjame cuidarte,
déjame amarte por cada lágrima derramada
déjame besarte por cada segundo de culpabilidad,
déjame abrazarte por cada segundo de soledad,
déjame que te acompañe cada vez que llores,
déjame que te apoye cuando estés cansada
déjame que te recuerde lo fuerte que eres
cuando estés desanimada.
Déjame tantas cosas que quiero
hacer para amarte y para que seas feliz.

¡Cuánto te quiero y cuánto te amo!"
(autor:Daniel Plans Dimanuel)

Antonio Jurado Rivera- España-UN SILENCIO SEPULCRAL




Antonio Jurado Rivera


Que misterioso atractivo ejerce en mí el cementerio
todo son cruces y tumbas, retratos, nichos, silencio.

Cuantas miles de ilusiones cortadas de un solo tajo
se perdieron para siempre tras el último agasajo.

Nadie diría que allí duermen dentro de un sobrio ataúd
las cenizas polvorientas de una excelente salud.

Pocos vivos con conciencia piensan en serio en la muerte
nadie se siente morir, todos confían en su suerte.

En algún rincón perdido de este triste camposanto
habrá una cruz pequeñita que diga: estoy descansando.

Los cipreses, silenciosos presiden paseos y aceras
y las coronas, ajadas expresan gloria efímera.

Solitarios todo el año con la muerte en su interior
los cementerios recuerdan que la vida es ilusión.

Que no todo es tan perfecto, que todo tiene su fin
y todos, ricos y pobres, irán a parar allí.

Los ricos en panteones, bellas estatuas y flores
los pobres, nichos colmena, codo con codo, a montones.

A todos nos llega el día de reposar para siempre
es la única verdad que la vida nos ofrece.

Allí yacen los problemas que en unos cuerpos inertes
dejaron los pensamientos cuando los llegó la muerte.

Y no debe darnos miedo, la muerte es tan solo eso,
dejar de vivir de pronto antes del último beso.

Algún verso en una lápida explicará a los vivientes
que la vida es solo un soplo y una eternidad la muerte.

A lo lejos, en un nicho bajo una foto cuadrada
una frase que hace historia de la persona enterrada :

“Aquí yace solo el cuerpo, el espíritu está libre
ya que el cuerpo es solo polvo y el alma vaga impasible”

Fechas del triste suceso y héroes junto a cobardes
durmiendo el eterno sueño bajo los gélidos mármoles.

De los cipreses la sombra misteriosa y ancestral
eleva hacia el alto cielo el silencio sepulcral.

Antonio Jurado - España 1984
© Derechos reservados

Este poema lo podéis encontrar en la página 93 de mi libro titulado "Por el brillo de sus ojos", de Editorial Palibrio.

Eduardo Aute-VOLVER A VERTE


Me muero de ganas de decirte te quiero
y sé que es imposible; no puedo, no debo
Maldigo el paraíso que cuando se presenta
no dura lo que una estrella fugaz.
Al fin lo tuve entre mis brazos,
aquí esta y se va...

Y sé que no podré volver a verte jamás.
Lavaste mi pie contra tu pecho de luna
Con puntas de tu mojado pelo de espuma.
Revivo aquel milagro de la marea blanca
que era tu cuerpo derramando luz.
Aun palpita en el recuerdo,
eras tú, eres tú...

Y sé que no podré volver a verte jamás.
No hacías preguntas, no querías respuestas,
tu cuerpo y el mío dialogaban a tientas
Buscando el ritmo exacto que marcan los latidos
cuando conversan con la misma voz.
Al fin tocaba la belleza,
era amor, es amor...

Y sé que no podré volver a verte jamás.

LETRA DE CANCIONES

martes, 29 de octubre de 2013

Título: UNA MISMA ALQUIMIA Autor: Diego López (Argentina)


Diego Lopez
Nos abrazaron los pliegues del tiempo en el talante
y nos besó el silencio como impronta de pretéritos.
Hubo cardos en los vergeles de nuestros desiertos
pero hay retoños que reverdecen en los presentes.

Nos encontró la vida en los meandros del destino
y nos unió el cordel de un amor hilvanando abriles.
Nos vaciaron de lágrimas las heridas aún dolientes
y nuestras manos se colmaron de sueños certeros.

Nos sesgó el navío la tormenta de nuestros éteres
y no naufragamos en mares de distancias perdidas.
Nos vislumbró el horizonte un amanecer desnudo
porque siempre hay fuego en la pira de los deseos.

Nos congració el beso en caricia de labios afanosos
sellando los pliegues de ternezas que no culminan.
Nos contemplamos desde los postrimeros caminos
donde la vida muere pero el amor tampoco perece.

Nos heredaron hijos en el advenimiento de los años
y sepultaron de querencias a las solitudes desérticas.
Nos nacieron retoños de los vientres que ya parimos
para llamarnos abuelos en los reversos de un ahora.

Nos encantó el embrujo de un sentir que perpetúa
una misma alquimia en ceremonias de los apegos
una misma magia… enamorándonos como antes.


Roberto Bolaño - Off the record [Entrevista]

Si dios fuera mujer Mario Benedetti

¡ El alba ! Escucha: - Juana de Ibarbourou. Enviado por García Beltrame




Mis flores


¡ El alba ! Escucha: el alba.
Canta en mi corazón la alondra eterna.
Y en los nuevos ramajes de la aurora
están tejiendo con luz difusa
los fabriles gusanos de seda.
¡ El alba, escucha, el alba !
Sobre mi sueño sueñas tan segura
que no me atrevo a interpelar al agua
ni al viento ni a la muerte. Me enternece
el profundo sentido de la vida
que de ti para mí se expande y crece.
En alba, el alba, el alba sin relojes,
el alba primitiva e inocente
que abren los graves ángeles veloces,
y el amor poderoso y desvelado
como una flor de aire entre las horas
del día de oro, flor de azahar, venado,
gajo de agua intemporal, dorado.

Juana de Ibarbourou.