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Amparo Estévez Saviza

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Considero que un espacio interactivo debe servir para comunicar, compartir y pasar momentos agradables que nos ayuden a pensar la vida como bella y en este caso específico a conocer a los escritores y poetas que en todo momento transbordan vidas diversas arte y sueños a nuestro corazón...

sábado, 19 de abril de 2014

El cuento en episodios - EL CORONEL NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA - Octava parte


APORTE DE RALUL ROVIRA


El coronel volvió a mirarlo. —Es un gallo contante y sonante —dijo. Hizo cálculos mientras sorbía una cucharada de mazamorra—. Nos dará para comer tres años. —La ilusión no se come —dijo ella. —No se come, pero alimenta —replico el coronel—. Es algo así como las pastillas milagrosas de mi compadre Sabas. Durmió mal esa noche tratando de borrar cifras en su cabeza. Al día siguiente al almuerzo la mujer sirvió dos platos de mazamorra y consumió el suyo con la cabeza baja, sin pronunciar una palabra. El coronel se sintió contagiado de un humor sombrío. —Qué te pasa. —Nada —dijo la mujer. Él tuvo la impresión de que esta vez le había correspondido a ella el turno de mentir. Trató de consolarla. Pero la mujer insistió. —No es nada raro —dijo—. Estoy pensando que el muerto va a tener dos meses y todavía no he dado el pésame. Así que fue a darlo esa noche. El coronel la acompañó a la casa del muerto y luego se dirigió al salón de cine atraído por la música de los altavoces. Sentado a la puerta de su despacho el padre Angel vigilaba el ingreso para saber quiénes asistían al espectáculo a pesar de sus doce advertencias. Los chorros de luz, la música estridente y los gritos de los niiíos oponían una resistencia física en el sector. Uno de los niños amenazó al coronel con una escopeta de palo. —Qué hay del gallo, coronel —dijo con voz autoritaria. El coronel levantó las manos. —Ahí está el gallo. Un cartel a cuatro tintas ocupaba enteramente la fachada del salón: “Virgen de medianoche”. Era una mujer en traje de baile con una pierna descubierta hasta el muslo. El coronel siguió vagando por los alrededores hasta cuando estallaron truenos y relámpagos remotos. Entonces volvió por su mujer. No estaba en la casa del muerto. Tampoco en la suya. El coronel calculó que faltaba muy poco para el toque de queda, pero el reloj estaba parado. Esperó, sintiendo avanzar la tempestad hacia el pueblo. Se disponía a salir de nuevo cuando su mujer entró a la casa. Llevó el gallo al dormitorio. Ella se cambió la ropa y fue a tomar agua en la sala en el momento en que el coronel terminaba de dar cuerda al reloj y esperaba el toque de queda para poner la hora. —¿Dónde estabas? —preguntó el coronel. “Por ahí”, respondió la mujer. Puso el vaso en el tinajero sin mirar a su marido y volvió al dormitorio. “Nadie creía que fuera a llover tan temprano”. El coronel no hizo ningún comentario. Cuando sonó el toque de queda puso el reloj en las once, cerró el vidrio y colocó la silla en su puesto. Encontró a su mujer rezando el rosario. —No me has contestado una pregunta —dijo el coronel. —Cuál. —¿Dónde estabas? —Me quedé hablando por ahí —dijo ella—. Hacía tanto tiempo que no salía a la calle. El coronel colgó la hamaca. Cerró la casa y fumigó la habitación. Luego puso la lámpara en el suelo y se acostó. —Te comprendo —dijo tristemente—. Lo peor de la mala situación es que lo obliga a uno a decir mentiras. Ella exhaló un largo suspiro. —Estaba donde el padre Angel —dijo—. Fui a solicitarle un préstamo sobre los anillos de matrimonio. —¿Y qué te dijo? —Que es pecado negociar con las cosas sagradas. Siguió hablando desde el mosquitero. “Hace dos días traté de vender el reloj”, dijo. “A nadie le interesa porque están vendiendo a plazos unos relojes modernos con números luminosos. Se puede ver la hora en la oscuridad”. El coronel comprobó que cuarenta años de vida común, de hambre común, de sufrimientos comunes, no le habían bastado para conocer a su esposa. Sintió que algo había envejecido también en el amor. —Tampoco quieren el cuadro —dijo ella—. Casi todo el mundo tiene el mismo. Estuve hasta donde los turcos.


( ........ )


No necesitó abrir la ventana para identificar a diciembre. Lo descubrió en sus propios huesos cuando picaba en la cocina las frutas para el desayuno del gallo. Luego abrió la puerta y la visión del patio confirmó su intuición. Era un patio maravilloso, con la hierba y los árboles y el cuartito del excusado flotando en la claridad, a un milímetro sobre el nivel del suelo. Su esposa permaneció en la cama hasta las nueve. Cuando apareció en la cocina ya el coronel había puesto orden en la casa y conversaba con los niños en torno al gallo. Ella tuvo que hacer un rodeo para llegar hasta la hornilla. —Quítense del medio —gritó. Dirigió al animal una mirada sombría—. No veo la hora de salir de este pájaro de mal agüero. El coronel examinó a través del gallo el humor de su esposa. Nada en él merecía rencor. Estaba listo para los entrenamientos. El cuello y los muslos pelados y cárdenos, la cresta rebanada, el animal había adquirido una figura escueta, un aire indefenso. —Asómate a la ventana y olvídate del gallo —dijo el coronel cuando se fueron los niños—. En una mañana así dan ganas de sacarse un retrato. Ella se asomó a la ventana pero su rostro no reveló ninguna emoción. “Me gustaría sembrar las rosas”, dijo de regreso a la hornilla. El coronel colgó el espejo en el horcón para afeitarse. —Si quieres sembrar las rosas, siémbralas —dijo. Trató de acordar sus movimientos a los de la imagen. —Se las comen los puercos —dijo ella. —Mejor —dijo el coronel—. Deben ser muy buenos los puercos engordados con rosas. Buscó a la mujer en el espejo y se dio cuenta de que continuaba con la misma expresión. Al resplandor del fuego su rostro parecía modelado en la materia de la hornilla. Sin advertirlo, fijos los ojos en ella, el coronel siguió afeitándose al tacto como lo había hecho durante muchos años. La mujer pensó, en un largo silencio. — Es que no quiero sembrarlas — dijo. —Bueno —dijo el coronel—. Entonces no las siembres. Se sentía bien. Diciembre había marchitado la flora de sus vísceras. Sufrió una contrariedad esa mañana tratando de ponerse los zapatos nuevos. Pero después de intentarlo varias veces comprendió que era un esfuerzo inútil y se puso los botines de charol. Su esposa advirtió el cambio. —Si no te pones los nuevos no acabarás de amansarlos nunca —dijo. —Son zapatos de paralítico —protestó el coronel—. El calzado debían venderlo con un mes de uso. Salió a la calle estimulado por el presentimiento de que esa tarde llegaría la carta. Como aún no era la hora de las lanchas esperó a don Sabas en su oficina. Pero le confirmaron que no llegaría sino el lunes. No se desesperó a pesar de que no había previsto ese contratiempo. “Tarde o temprano tiene que venir”, se dijo, y se dirigió al puerto, en un instante prodigioso, hecho de una claridad todavía sin usar. CONTINUARÁ...

El cuento en episodios -EL CORONEL NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA - Séptima parte


APORTE DE RAUL ROVIRA


—Espérese y le presto un paraguas, compadre. Don Sabas abrió un armario empotrad o en el muro de la oficina. Descubrió un interior confuso, con botas de montar apelotonadas, estribos y correas y un cubo de aluminio lleno de espuelas de caballero. Colgados en la parte superior, media docena de paraguas y una sombrilla de mujer. El coronel pensó en los destrozos de una catástrofe. “Gracias, compadre”, dijo acodado en la ventana. “Prefiero esperar a que escampe”. Don Sabas no cerró el armario. Se instaló en el escritorio dentro de la órbita del ventilador eléctrico. Luego extrajo de la gaveta una jeringuilla hipodérmica envuelta en algodones. El coronel contempló los almendros plomizos a través de la lluvia. Era una tarde desierta. —La lluvia es distinta desde esta ventana —dijo—. Es como si estuviera lloviendo en otro pueblo. —La lluvia es la lluvia desde cualquier parte —replicó don Sabas. Puso a hervir la jeringuilla sobre la cubierta de vidrio del escritorio—. Este es un pueblo de mierda. El coronel se encogió de hombros. Caminó hacia el interior de la oficina: un salón de baldosas verdes con muebles forrados en telas de colores vivos. Al fondo, amontonados en desorden, sacos de sal, pellejos de miel y sillas de montar. Don Sabas lo siguió con una mirada completamente vacía. —Yo en su lugar no pensaría lo mismo —dijo el coronel. Se sentó con las piernas cruzadas, fija la mirada tranquila en el hombre inclinado sobre el escritorio. Un hombre pequeño, voluminoso pero de carnes fláccidas, con una tristeza de sapo en los ojos. —Hágase ver del médico, compadre —dijo don Sabas—. Usted está un poco fúnebre desde el día del entierro. El coronel levantó la cabeza. —Estoy perfectamente bien —dijo. Don Sabas esperó a que hirviera la jeringuilla. “Si yo pudiera decir lo mismo”, se lamentó. “Dichoso usted que puede comerse un estribo de cobre”. Contempló el peludo envés de sus manos salpicadas de lunares pardos. Usaba una sortija de piedra negra sobre el anillo de matrimonio. —Asi es —admitió el coronel. Don Sabas llamó a su esposa a través de la puerta que comunicaba la oficina con el resto de la casa. Luego inició una adolorida explicación de su régimen alimenticio. Extrajo un frasquito del bolsillo de la camisa y puso sobre el escritorio una pastilla blanca del tamaño de un grano de habichuela. —Es un martirio andar con esto por todas partes —dijo—. Es como cargar la muerte en el bolsillo. El coronel se acercó al escritorio. Examinó la pastilla en la palma de la mano hasta cuando don Sabas lo invitó a saborearla. —Es para endulzar el café —le explicó—. Es azúcar, pero sin azúcar. —Por supuesto —dijo el coronel, la saliva impregnada de una dulzura triste—. Es algo así como repicar pero sin campanas. Don Sabas se acodó al escritorio con el rostro entre las manos después de que su mujer le aplicó la inyección. El coronel no supo qué hacer con su cuerpo. La mujer desconectó el ventilador eléctrico, lo puso sobre la caja blindada y luego se dirigió al armario. —El paraguas tiene algo que ver con la muerte —dijo. El coronel no le puso atención. Había salido de su casa a las cuatro con el propósito de esperar el correo, pero la lluvia lo obligó a refugiarse en la oficina de don Sabas. Aún llovía cuando pitaron las lanchas. “Todo el mundo dice que la muerte es una mujer”, siguió diciendo la mujer. Era corpulenta, más alta que su marido, y con una verruga pilosa en el labio superior. Su manera de hablar recordaba el zumbido del ventilador eléctrico. “Pero a mí no me parece que sea una mujer”, dijo. Cerró el armario y se volvió a consultar la mirada del coronel: —Yo creo que es un animal con pezuñas. —Es posible —admitió el coronel—. A veces suceden cosas muy extrañas. Pensó en el administrador de correos saltando a la lancha con un impermeable de hule. Había transcurrido un mes desde cuando cambió de abogado. Tenía derecho a esperar una respuesta. La mujer de don Sabas siguió hablando de la muerte hasta cuando advirtió la expresión absorta del coronel. —Compadre —dijo—. Usted debe tener una preocupación. El coronel recuperó su cuerpo. —Así es comadre —mintió—. Estoy pensando que ya son las cinco y no se le ha puesto la inyección al gallo. Ella quedó perpleja. —Una inyección para un gallo como si fuera un ser humano —gritó—. Eso es un sacrilegio. Don Sabas no soportó más. Levantó el rostro congestionado. —Cierra la boca un minuto —ordenó a su mujer. Ella se llevó efectivamente las manos a la boca—. Tienes media hora de estar molestando a mi compadre con tus tonterías. —De ninguna manera —protestó el coronel. La mujer dio un portazo. Don Sabas se secó el cuello con un pañuelo impregnado de lavanda. El coronel se acercó a la ventana. Llovía implacablemente. Una gallina de largas patas amarillas atravesaba la plaza desierta. —¿Es cierto que están inyectando al gallo? —Es cierto —dijo el coronel—. Los entrenamientos empiezan la semana entrante. —Es una temeridad —dijo don Sabas—. Usted no está para esas cosas. —De acuerdo —dijo el coronel—. Pero ésa no es una razón para torcerle el pescuezo. “Es una temeridad idiota”, dijo don Sabas dirigiéndose a la ventana. El coronel percibió una respiración de fuelle. Los ojos de su compadre le producían piedad. —Siga mi consejo, compadre —dijo don Sabas—. Venda ese gallo antes que sea demasiado tarde. —Nunca es demasiado tarde para nada —dijo el coronel. —No sea irrazonable —insistió don Sabas—. Es un negocio de dos filos. Por un lado se quita de encima ese dolor de cabeza y por el otro se mete novecientos pesos en el bolsillo. —Novecientos pesos —exclamó el coronel. —Novecientos pesos. El coronel concibió la cifra. —¿Usted cree que darán ese dineral por el gallo? —No es que lo crea —respondió don Sabas—. Es que estoy absolutamente seguro. Era la cifra más alta que el coronel había tenido en su cabeza después de que restituyó los fondos de la revolución. Cuando salió de la oficina de don Sabas sentía una fuerte torcedura en las tripas, pero tenía conciencia de que esta vez no era a causa del tiempo. En la oficina de correos se dirigió directamente al administrador: —Estoy esperando una carta urgente —dijo—. Es por avión. El administrador buscó en las casillas clasificadas. Cuando acabó de leer repuso las cartas en la letra correspondiente pero no dijo nada. Se sacudió la palma de las manos y dirigió al coronel una mirada significativa. —Tenía que llegarme hoy con seguridad —dijo el coronel. El administrador se encogió de hombros. —Lo único que llega con seguridad es la muerte, coronel. Su esposa lo recibió con un plato de mazamorra de maíz. Él la comió en silencio con largas pausas para pensar entre cada cucharada. Sentada frente a él la mujer advirtió que algo había cambiado en la casa. —Qué te pasa —preguntó. —Estoy pensando en el empleado de quien depende la pensión —mintió el coronel—. Dentro de cincuenta años nosotros estaremos tranquilos bajo tierra mientras ese pobre hombre agonizará todos los viernes esperando su jubilación. “Mal síntoma”, dijo la mujer. “Eso quiere decir que ya empiezas a resignarte”. Siguió con su mazamorra. Pero un momento después se dio cuenta de que su marido continuaba ausente. —Ahora lo que debes hacer es aprovechar la mazamorra. —Está muy buena —dijo el coronel—. ¿De dónde salió? —Del gallo —respondió la mujer—. Los muchachos le han traído tanto maíz, que decidió compartirlo con nosotros. Así es la vida. —Así es —suspiró el coronel—. La vida es la cosa mejor que se ha inventado. Miró al gallo amarrado en el soporte de la hornilla y esta vez le pareció un animal diferente. También la mujer lo miró. —Esta tarde tuve que sacar a los niños con un palo —dijo—. Trajeron una gallina vieja para enrazarla con el gallo. —No es la primera vez —dijo el coronel—. Es lo mismo que hacían en los pueblos con el coronel Aureliano Buendía. Le llevaban muchachitas para enrazar. Ella celebró la ocurrencia. El gallo produjo un sonido gutural que llegó hasta el corredor como una sorda conversación humana. “A veces pienso que ese animal va a hablar”, dijo la mujer.CONTINUARÁ...


El cuento en episodios- EL CORONEL NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA- GARCÍA MARQUEZ - Sexta parte


APORTE DE RAUL ROVIRA

. —¿Tienes todavía aquel recorte? La mujer pensó. —Sí. Debe estar con los otros papeles. Salió del mosquitero y extrajo del armario un cofre de madera con un paquete de cartas ordenadas por las fechas y aseguradas con una cinta elástica. Localizó un anuncio de una agencia de abogados que se comprometía a una gestión activa de las pensiones de guerra. —Desde que estoy con el tema de que cambies de abogado ya hubiéramos tenido tiempo hasta de gastarnos la plata —dijo la mujer, entregando a su marido el recorte del periódico—. Nada sacamos con que nos la metan en el cajón como a los indios. El coronel leyó el recorte fechado dos años antes. Lo guardó en el bolsillo de la camisa colgada detrás de la puerta. —Lo malo es que para el cambio de abogado necesito dinero. —Nada de eso —decidió la mujer Se les escribe diciendo que descuenten lo que sea de la misma pensión cuando la cobren. Es la única manera de que se interesen en el asunto. Así que el sábado en la tarde el coronel fue a visitar a su abogado. Lo encontró tendido a la bartola en una hamaca. Era un negro monumental sin nada más que los dos colmillos en la mandíbula superior. Metió los pies en unas pantuflas con suelas de madera y abrió la ventana del despacho sobre una polvorienta pianola con papeles embutidos en los espacios de los rollos: recortes del “Diario Oficial” pegados con goma en viejos cuadernos de contabilidad y una colección salteada de los boletines de la contraloría. La pianola sin teclas servía al mismo tiempo de escritorio. El coronel expuso su inquietud antes de revelar el propósito de su visita. “Yo le advertí que la cosa no era de un día para el otro”, dijo el abogado en una pausa del coronel. Estaba aplastado por el calor. Forzó hacia atrás los resortes de la silla y se abanicó con un cartón de propaganda. —Mis agentes me escriben con frecuencia diciendo que no hay que desesperarse. —Es lo mismo desde hace quince años —replicó el coronel—. Esto empieza a parecerse al cuento del gallo capón. El abogado hizo una descripción muy gráfica de los vericuetos administrativos. La silla era demasiado estrecha para sus nalgas otoñales. “Hace quince años era más fácil”, dijo. “Entonces existía la asociación municipal de veteranos compuesta por elementos de los dos partidos”. Se llenó los pulmones de un aire abrasante y pronunció la sentencia como si acabara de inventarla. —La unión hace la fuerza. —En este caso no la hizo —dijo el coronel, por primera vez dándose cuenta de su soledad—. Todos mis compañeros se murieron esperando el correo. El abogado no se alteró. —La ley fue promulgada demasiado tarde —dijo—. No todos tuvieron la suerte de usted que fue coronel a los veinte años. Además no se incluyó una partida especial, de manera que el gobierno ha tenido que hacer remiendes en el presupuesto. Siempre la misma historia. Cada vez que el coronel la escuchaba padecía un sordo resentimiento. “Esto no es una limosna”, dijo. “No se trata de hacernos un favor. Nosotros nos rompimos el cuero para salvar la república”. El abogado se abrió de brazos. —Así es, coronel —dijo—. La integridad humana no tiene límites. También esa historia la conocía el coronel. Había empezado a escucharla al día siguiente del tratado de Neerlandia cuando el gobierno prometió auxilios de viajes e indemnizaciones a doscientos oficiales de la revolución. Acampado en torno a la gigantesca ceiba de Neerlandia un batallón revolucionario compuesto en gran parte por adolescentes fugados de la escuela, esperó durante tres meses. Luego regresaron a sus casas por sus propios medios y allí siguieron esperando. Casi sesenta años después todavía el coronel esperaba. Excitado por los recuerdos asumió una actitud trascendental. Apoyó en el hueso del muslo la mano derecha —puros huesos cosidos con fibras nerviosas— y murmuró: —Pues yo he decidido tomar una determinación. El abogado quedó en suspenso. —¿Es decir? —Cambio de abogado. Una pata seguida de varios patitos amarillos entró al despacho. El abogado se incorporó para hacerla salir. “Como usted diga, coronel”, dijo, espantando los animales. “Será como usted diga. Si yo pudiera hacer milagros no estaria viviendo en este corral”. Puso una verja de madera en la puerta del patio y regresó a la silla. —Mi hijo trabajó toda su vida —dijo el coronel—. Mi casa está hipotecada. La ley de jubilaciones ha sido una pensión vitalicia para los abogados. —Para mí no —protestó el abogado—. Hasta el último centavo se ha gastado en diligencias. El coronel sufrió con la idea de haber sido injusto. —Eso es lo que quise decir —corrigió. Se secó la frente con la manga de la camisa—. Con este calor se oxidan las tuercas de la cabeza. Un momento después el abogado revolvió el despacho en busca del poder. El sol avanzó hacia el centro de la escueta habitación construida con tablas sin cepillar. Después de buscar inútilmente por todas partes, el abogado se puso a gatas, bufando, y cogió un rollo de papeles bajo la pianola. —Aqui está. Entregó al coronel una hoja de papel sellado. “Tengo que escribirles a mis agentes para que anulen las copias”, concluyó. El coronel sacudió el polvo y se guardó la hoja en el bolsillo de la camisa. —Rómpala usted mismo —dijo el abogado. “No”, respondió el coronel. “Son veinte años de recuerdos”. Y esperó a que el abogado siguiera buscando. Pero no lo hizo. Fue hasta la hamaca a secarse el sudor. Desde allí miró al coronel a través de una atmósfera reverberante. —También necesito los documentos —dijo el coronel. —Cuáles. —La justificación. El abogado se abrió de brazos. —Eso sí que será imposible, coronel. El coronel se alarmó. Como tesorero de la revolución en la circunscripción de Macondo había realizado un penoso viaje de seis días con los fondos de la guerra civil en dos baúles amarrados al lomo de una mula. Llegó al campamento de Neerlandia arrastrando la mula muerta de hambre media hora antes de que se firmara el tratado. El coronel Aureliano Buendía —intendente general de las fuerzas revolucionarias en el litoral Atlántico— extendió el recibo de los fondos e incluyó dos baúles en el inventario de la rendición. —Son documentos de un valor incalculable —dijo el coronel—. Hay un recibo escrito de su puño y letra del coronel Aureliano Buendía. —De acuerdo —dijo el abogado—. Pero esos documentos han pasado por miles y miles de manos en miles y miles de oficinas hasta llegar a quién sabe qué departamentos del ministerio de guerra. —Unos documentos de esa índole no pueden pasar inadvertidas para ningún funcionario —dijo el coronel. —Pero en los últimos quince aiios han cambiado muchas veces los funcionarios —precisó el abogado—. Piense usted que ha habido siete presidentes y que cada presidente cambió por lo menos diez veces su gabinete y que cada ministro cambió sus empleados por lo menos cien veces. —Pero nadie pudo llevarse los documentos para su casa —dijo el coronel—. Cada nuevo funcionario debió encontrarlos en su sitio. El abogado se desesperó. —Además, si esos papeles salen ahra del ministerio tendrán que someterse a un nuevo turno para el escalafón. —No importa —dijo el coronel. —Será cuestión de siglos. —No importa. El que espera lo mucho espera lo poco.

CONTINUARÁ...

El cuento en episodios - EL CORONEL NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA -GARCÍA MARQUEZ- Quinta parte


APORTE DE RAUL ROVIRA


“Este es el milagro de la multiplicación de los panes”, repitió el coronel cada vez que se sentaron a la mesa en el curso de la semana siguiente. Con su asombrosa habilidad para componer, zurcir y remendar, ella parecía haber descubierto la clave para sostener la economía doméstica en el vacío. Octubre prolongó la tregua. La humedad fue sustituida por el sopor. Reconfortada por el sol de cobre la mujer destinó tres tardes a su laborioso peinado. “Ahora empieza la misa cantada”, dijo el coronel la tarde en que ella desenredó las largas hebras azules con un peine de dientes separados. La segunda tarde, sentada en el patio con una sábana blanca en el regazo, utilizó un peine más fino para sacar los piojos que habían proliferado durante la crisis. Por último se lavó la cabeza con agua de alhucema, esperó a que secara, y se enrolló el cabello en la nuca en dos vueltas sostenidas con una peineta. El coronel esperó. De noche, desvelado en la hamaca, sufrió muchas horas por la suerte del gallo. Pero el miércoles lo pesaron y estaba en forma. Esa misma tarde, cuando los compañeros de Agustín abandonaron la casa haciendo cuentas alegres sobre la victoria del gallo, también el coronel se sintió en forma. La mujer le cortó el cabello. “Me has quitado veinte años de encima”, dijo él, examinándose la cabeza con las manos. La mujer pensó que su marido tenía razón. —Cuando estoy bien soy capaz de resucitar un muerto —dijo. Pero su convicción duró muy pocas horas. Ya no quedaba en la casa nada que vender, salvo el reloj y el cuadro. El jueves en la noche, en el último extremo de los recursos, la mujer manifestó su inquietud ante la situación. —No te preocupes —la consoló el coronel—. Mañana viene el correo. Al día siguiente esperó las lanchas frente al consultorio del médico. —El avión es una cosa maravillosa —dijo el coronel, los ojos apoyados en el saco del correo—. Dicen que puede llegar a Europa en una noche. “Así es”, dijo el médico, abanicándose con una revista ilustrada. El coronel descubrió al administrador postal en un grupo que esperaba el final de la maniobra para saltar a la lancha. Saltó el primero. Recibió del capitán un sobre lacrado. Después subió al techo. El saco del correo estaba amarrado entre dos tambores de petróleo. —Pero no deja de tener sus peligros —dijo el coronel. Perdió de vista al administrador, pero lo recobró entre los frascos de colores del carrito de refrescos—. La humanidad no progresa de balde. —En la actualidad es más seguro que una lancha —dijo el médico—. A veinte mil pies de altura se vuela por encima de las tempestades. —Veinte mil pies —repitió el coronel, perplejo, sin concebir la noción de la cifra. El médico se interesó. Estiró la revista con las dos manos hasta lograr una inmovilidad absoluta. —Hay una estabilidad perfecta —dijo. Pero el coronel estaba pendiente del administrador. Lo vio consumir un refresco de espuma rosada sosteniendo el vaso con la mano izquierda. Sostenía con la derecha el saco del correo. —Además, en el mar hay barcos anclados en permanente contacto con los aviones nocturnos —siguió diciendo el médico—. Con tantas precauciones es más seguro que una lancha. El coronel lo miró. —Por supuesto —dijo—. Debe ser como las alfombras. El administrador se dirigió directamente hacia ellos. El coronel retrocedió impulsado por una ansiedad irresistible tratando de descifrar el nombre escrito en el sobre lacrado. El administrador abrió el saco. Entregó al médico el paquete de los periódicos. Luego desgarró el sobre de la correspondencia privada, verificó la exactitud de la remesa y leyó en las cartas los nombres de los destinatarios. El médico abrió los periódicos. —Todavía el problema de Suez —dijo, leyendo los titulares destacados—. El occidente pierde terreno. El coronel no leyó los titulares. Hizo un esfuerzo para reaccionar contra su estómago. “Desde que hay censura los periódicos no hablan sino de Europa”, dijo. “Lo mejor será que los europeos se vengan para acá y que nosotros nos vayamos para Europa. Así sabrá todo el mundo lo que pasa en su respectivo país”. —Para los europeos América del Sur es un hombre de bigotes, con una guitarra y un revólver —dijo el médico, riendo sobre el periódico—. No entienden el problema. El administrador le entregó la correspondencia. Metió el resto en el saco y lo volvió a cerrar. El médico se dispuso a leer dos cartas personales. Pero antes de romper los sobres miró al coronel. Luego miró al administrador. —¿Nada para el coronel? El coronel sintió el terror. El administrador se echó el saco al hombro, bajó el andén y respondió sin volver la cabeza: —El coronel no tiene quien le escriba. Contrariando su costumbre no se dirigió directamente a la casa. Tomó café en la sastrería mientras los compañeros de Agustín hojeaban los periódicos. Se sentía defraudado. Habría preferido permanecer allí hasta el viernes siguiente para no presentarse esa noche ante su mujer con las manos vacías. Pero cuando cerraron la sastrería tuvo que hacerle frente a la realidad. La mujer lo esperaba. —Nada —preguntó. —Nada —respondió el coronel. El viernes siguiente volvió a las lanchas. Y como todos los viernes regresó a su casa sin la carta esperada. “Ya hemos cumplido con esperar”, le dijo esa noche su mujer. “Se necesita tener esa paciencia de buey que tú tienes para esperar una carta durante quince años”. El coronel se metió en la hamaca a leer los periódicos. —Hay que esperar el turno —dijo—. Nuestro número es el mil ochocientos veintitrés. —Desde que estamos esperando, ese número ha salido dos veces en la lotería —replicó la mujer. El coronel leyó, como siempre, desde la primera página hasta la última, incluso los avisos. Pero esta vez no se concentró. Durante la lectura pensó en su pensión de veterano. Diecinueve años antes, cuando el congreso promulgó la ley, se inició un proceso de justificación que duró ocho años. Luego necesitó seis años más para hacerse incluir en el escalafón. Ésa fue la última carta que recibió el coronel. Terminó después del toque de queda. Cuando iba a apagar la lámpara cayó en la cuenta de que su mujer estaba despierta. CONTINUARÁ...

El cuento en episodios-EL CORONEL NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA- GARCÍA MARQUEZ- Cuarta parte


APORTE DE RAUL ROVIRA


“Este es el milagro de la multiplicación de los panes”, repitió el coronel cada vez que se sentaron a la mesa en el curso de la semana siguiente. Con su asombrosa habilidad para componer, zurcir y remendar, ella parecía haber descubierto la clave para sostener la economía doméstica en el vacío. Octubre prolongó la tregua. La humedad fue sustituida por el sopor. Reconfortada por el sol de cobre la mujer destinó tres tardes a su laborioso peinado. “Ahora empieza la misa cantada”, dijo el coronel la tarde en que ella desenredó las largas hebras azules con un peine de dientes separados. La segunda tarde, sentada en el patio con una sábana blanca en el regazo, utilizó un peine más fino para sacar los piojos que habían proliferado durante la crisis. Por último se lavó la cabeza con agua de alhucema, esperó a que secara, y se enrolló el cabello en la nuca en dos vueltas sostenidas con una peineta. El coronel esperó. De noche, desvelado en la hamaca, sufrió muchas horas por la suerte del gallo. Pero el miércoles lo pesaron y estaba en forma. Esa misma tarde, cuando los compañeros de Agustín abandonaron la casa haciendo cuentas alegres sobre la victoria del gallo, también el coronel se sintió en forma. La mujer le cortó el cabello. “Me has quitado veinte años de encima”, dijo él, examinándose la cabeza con las manos. La mujer pensó que su marido tenía razón. —Cuando estoy bien soy capaz de resucitar un muerto —dijo. Pero su convicción duró muy pocas horas. Ya no quedaba en la casa nada que vender, salvo el reloj y el cuadro. El jueves en la noche, en el último extremo de los recursos, la mujer manifestó su inquietud ante la situación. —No te preocupes —la consoló el coronel—. Mañana viene el correo. Al día siguiente esperó las lanchas frente al consultorio del médico. —El avión es una cosa maravillosa —dijo el coronel, los ojos apoyados en el saco del correo—. Dicen que puede llegar a Europa en una noche. “Así es”, dijo el médico, abanicándose con una revista ilustrada. El coronel descubrió al administrador postal en un grupo que esperaba el final de la maniobra para saltar a la lancha. Saltó el primero. Recibió del capitán un sobre lacrado. Después subió al techo. El saco del correo estaba amarrado entre dos tambores de petróleo. —Pero no deja de tener sus peligros —dijo el coronel. Perdió de vista al administrador, pero lo recobró entre los frascos de colores del carrito de refrescos—. La humanidad no progresa de balde. —En la actualidad es más seguro que una lancha —dijo el médico—. A veinte mil pies de altura se vuela por encima de las tempestades. —Veinte mil pies —repitió el coronel, perplejo, sin concebir la noción de la cifra. El médico se interesó. Estiró la revista con las dos manos hasta lograr una inmovilidad absoluta. —Hay una estabilidad perfecta —dijo. Pero el coronel estaba pendiente del administrador. Lo vio consumir un refresco de espuma rosada sosteniendo el vaso con la mano izquierda. Sostenía con la derecha el saco del correo. —Además, en el mar hay barcos anclados en permanente contacto con los aviones nocturnos —siguió diciendo el médico—. Con tantas precauciones es más seguro que una lancha. El coronel lo miró. —Por supuesto —dijo—. Debe ser como las alfombras. El administrador se dirigió directamente hacia ellos. El coronel retrocedió impulsado por una ansiedad irresistible tratando de descifrar el nombre escrito en el sobre lacrado. El administrador abrió el saco. Entregó al médico el paquete de los periódicos. Luego desgarró el sobre de la correspondencia privada, verificó la exactitud de la remesa y leyó en las cartas los nombres de los destinatarios. El médico abrió los periódicos. —Todavía el problema de Suez —dijo, leyendo los titulares destacados—. El occidente pierde terreno. El coronel no leyó los titulares. Hizo un esfuerzo para reaccionar contra su estómago. “Desde que hay censura los periódicos no hablan sino de Europa”, dijo. “Lo mejor será que los europeos se vengan para acá y que nosotros nos vayamos para Europa. Así sabrá todo el mundo lo que pasa en su respectivo país”. —Para los europeos América del Sur es un hombre de bigotes, con una guitarra y un revólver —dijo el médico, riendo sobre el periódico—. No entienden el problema. El administrador le entregó la correspondencia. Metió el resto en el saco y lo volvió a cerrar. El médico se dispuso a leer dos cartas personales. Pero antes de romper los sobres miró al coronel. Luego miró al administrador. —¿Nada para el coronel? El coronel sintió el terror. El administrador se echó el saco al hombro, bajó el andén y respondió sin volver la cabeza: —El coronel no tiene quien le escriba. Contrariando su costumbre no se dirigió directamente a la casa. Tomó café en la sastrería mientras los compañeros de Agustín hojeaban los periódicos. Se sentía defraudado. Habría preferido permanecer allí hasta el viernes siguiente para no presentarse esa noche ante su mujer con las manos vacías. Pero cuando cerraron la sastrería tuvo que hacerle frente a la realidad. La mujer lo esperaba. —Nada —preguntó. —Nada —respondió el coronel. El viernes siguiente volvió a las lanchas. Y como todos los viernes regresó a su casa sin la carta esperada. “Ya hemos cumplido con esperar”, le dijo esa noche su mujer. “Se necesita tener esa paciencia de buey que tú tienes para esperar una carta durante quince años”. El coronel se metió en la hamaca a leer los periódicos. —Hay que esperar el turno —dijo—. Nuestro número es el mil ochocientos veintitrés. —Desde que estamos esperando, ese número ha salido dos veces en la lotería —replicó la mujer. El coronel leyó, como siempre, desde la primera página hasta la última, incluso los avisos. Pero esta vez no se concentró. Durante la lectura pensó en su pensión de veterano. Diecinueve años antes, cuando el congreso promulgó la ley, se inició un proceso de justificación que duró ocho años. Luego necesitó seis años más para hacerse incluir en el escalafón. Ésa fue la última carta que recibió el coronel. Terminó después del toque de queda. Cuando iba a apagar la lámpara cayó en la cuenta de que su mujer estaba despierta. CONTINUARÁ...

El cuento en episodios- EL CORONEL NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA-GARCÍA MARQUEZ- Tercera parte


APORTE DE RAUL ROVIRA


El coronel se ocupó del gallo a pesar de que el jueves habría preferido permanecer en la hamaca. No escampó en varios días. En el curso de la semana reventó la flora de sus vísceras. Pasó varias noches en vela, atormentado por los silbidos pulmonares de la asmática. Pero octubre concedió una tregua el viernes en la tarde. Los compañeros de Agustín —oficiales de sastrería, como lo fue él, y fanáticos de la gallera — aprovecharon la ocasión para examinar el gallo. Estaba en forma. El coronel volvió al cuarto cuando quedó solo en la casa con su mujer. Ella había reaccionado. —Qué dicen —preguntó. —Entusiasmados —informó el coronel—. Todos están ahorrando para apostarle al gallo. —No sé qué le han visto a ese gallo tan feo —dijo la mujer—. A mí me parece un fenómeno: tiene la cabeza muy chiquita para las patas. —Ellos dicen que es el mejor del Departamento —replicó el coronel—. Vale como cincuenta pesos. Tuvo la certeza de que ese argumento justificaba su determinación de conservar el gallo, herencia del hijo acribillado nueve meses antes en la gallera, por distribuir información clandestina. “Es una ilusión que cuesta caro”, dijo la mujer. “Cuando se acabe el maíz tendremos que alimentarlo con nuestros higados”. El coronel se tomó todo el tiempo para pensar mientras buscaba los pantalones de dril en el ropero. —Es por pocos meses —dijo—. Ya se sabe con seguridad que hay peleas en enero. Después podemos venderlo a mejor precio. Los pantalones estaban sin planchar. La mujer los estiró sobre la hornilla con dos planchas de hierro calentadas al carbón. —Cuál es el apuro de salir a la calle —preguntó. —El correo. “Se me había olvidado que hoy es viernes”, comentó ella de regreso al cuarto. El coronel estaba vestido pero sin los pantalones. Ella observó sus zapatos. —Ya esos zapatos están de botar —dijo—. Sigue poniéndote los botines de charol. El coronel se sintió desolado. —Parecen zapatos de huérfano — protestó—. Cada vez que me los pongo me siento fugado de un asilo. —Nosotros somos huérfanos de nuestro hijo —dijo la mujer. También esta vez lo persuadió. El coronel se dirigió al puerto antes de que pitaran las lanchas. Botines de charol pantalón blanco sin correa y la camisa sin el cuello postizo, cerrada arriba con el botón de cobre. Observó la maniobra de las lanchas desde el almacén del sirio Moisés. Los viajeros descendieron estragados después de ocho horas sin cambiar de posición. Los mismos de siempre: vendedores ambulantes y la gente del pueblo que había viajado la semana anterior y regresaba a la rutina. La última fue la lancha del correo. El coronel la vio atracar con una angustiosa desazón. En el techo, amarrado a los tubos del vapor y protegido con tela encerada, descubrió el saco del correo. Quince años de espera habían agudizado su intuición. El gallo había agudizado su ansiedad. Desde el instante en que el administrador de correos subió a la lancha, desató el saco y se lo echó a la espalda, el coronel lo tuvo a la vista.

( ............ )

Entonces volvió al cuarto por el gallo. —Anoche estabas delirando de fiebre —dijo la mujer. Había comenzado a poner orden en el cuarto, repuesta de una semana de crisis. El coronel hizo un esfuerzo para recordar. —No era fiebre —mintió—. Era otra vez el sueño de las telarañas. Como ocurría siempre, la mujer surgió excitada de la crisis. En el curso de la mañana volteó la casa al revés. Cambió el lugar de cada cosa, salvo el reloj y el cuadro de la ninfa. Era tan menuda y elástica que cuando transitaba con sus babuchas de pana y su traje negro enteramente cerrado parecía tener la virtud de pasar a través de las paredes. Pero antes de las doce había recobrado su densidad, su peso humano. En la cama era un vacío. Ahora, moviéndose entre los tiestos de helechos y begonias, su presencia desbordaba la casa. "Si Agustín tuviera su año me pondría a cantar", dijo, mientras revolvía la olla donde hervían cortadas en trozos todas las cosas de comer que la tierra del trópico es capaz de producir. —Si tienes ganas de cantar, canta —dijo el coronel—. Esto es bueno para la bilis. El médico vino después del almuerzo. El coronel y su esposa tomaban café en la cocina cuando él empujó la puerta de la calle y gritó: —Se murieron los enfermos. El coronel se levantó a recibirlo. —Así es doctor, —dijo dirigiéndose a la sala—. Yo siempre he dicho que su reloj anda con el de los gallinazos. CONTINUARÁ...

( ....... )

El cuento en episodios- EL CORONEL NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA-GARCÍA MARQUEZ-Segunda parte


APORTE DE RAUL ROVIRA



Sonrió. Pero la mujer no se tomó el trabajo de mirar el paraguas. “Todo está así”, murmuró. “Nos estamos pudriendo vivos”. Y cerró los ojos para pensar más intensamente en el muerto. Después de afeitarse al tacto —pues carecía de espejo desde hacía mucho tiempo— el coronel se vistió en silencio. Los pantalones, casi tan ajustados a las piernas como los calzoncillos largos, cerrados en los tobillos con lazos corredizos, se sostenían en la cintura con dos lengüetas del mismo paño que pasaban a través de dos hebillas doradas cosidas a la altura de los riñones. No usaba correa. La camisa color de cartón antiguo, dura como un cartón, se cerraba con un botón de cobre que servía al mismo tiempo para sostener el cuello postizo. Pero el cuello postizo estaba roto, de manera que el coronel renunció a la corbata. Hacía cada cosa como si fuera un acto trascendental. Los huesos de sus manos estaban forrados por un pellejo lúcido y tenso, manchado de carate como la piel del cuello. Antes de ponerse los botines de charol raspó el barro incrustado en la costura. Su esposa lo vio en ese instante, vestido como el día de su matrimonio. Sólo entonces advirtió cuánto había envejecido su esposo. —Estás como para un acontecimiento —dijo. —Este entierro es un acontecimiento —dijo el coronel—. Es el primer muerto de muerte natural que tenemos en muchos años. Escampó después de las nueve. El coronel se disponía a salir cuando su esposa lo agarró por la manga del saco. —Péinate —dijo. Él trató de doblegar con un peine de cuero las cerdas color de acero. Pero fue un esfuerzo inútil. —Debo parecer un papagayo —dijo. La mujer lo examinó. Pensó que no. El coronel no parecía un papagayo. Era un hombre árido, de huesos sólidos articulados a tuerca y tornillo. Por la vitalidad de sus ojos no parecía conservado en formol. “Así estás bien”, admitió ella, y agregó cuando su marido abandonaba el cuarto: —Pregúntale al doctor si en esta casa le echamos agua caliente. Vivían en el extremo del pueblo, en una casa de techo de palma con paredes de cal desconchadas. La humedad continuaba pero no llovía. El coronel descendió hacia la plaza por un callejón de casas apelotonadas. Al desembocar a la calle central sufrió un estremecimiento. Hasta donde alcanzaba su vista el pueblo estaba tapizado de flores. Sentadas a la puerta de las casas las mujeres de negro esperaban el entierro. En la plaza comenzó otra vez la llovizna. El propietario del salón de billares vio al coronel desde la puerta de su establecimiento y le gritó con los brazos abiertos: —Coronel, espérese y le presto un paraguas. El coronel respondió sin volver la cabeza. —Gracias, así voy bien. Aún no había salido el entierro. Los hombres —vestidos de blanco con corbatas negras— conversaban en la puerta bajo los paraguas. Uno de ellos vio al coronel saltando sobre los charcos de la plaza. —Métase aquí, compadre —gritó. Hizo espacio bajo el paraguas. —Gracias, compadre —dijo el coronel. Pero no aceptó la invitación. Entró directamente a la casa para dar el pésame a la madre del muerto. Lo primero que percibió fue el olor de muchas flores diferentes. Después empezó el calor. El coronel trató de abrirse camino a través de la multitud bloqueada en la alcoba. Pero alguien le puso la mano en la espalda, lo empujó hacia el fondo del cuarto por una galería de rostros perplejos hasta el lugar donde se encontraban —profundas y dilatadas— las fosas nasales del muerto. Allí estaba la madre espantando las moscas del ataúd con un abanico de palmas trenzadas. Otras mujeres vestidas de negro contemplaban el cadáver con la misma expresión con que se mira la corriente de un río. De pronto empezó una voz en el fondo del cuarto.CONTINUARÁ...


El cuento en episodios- FRAGMENTOS DEL CUENTO El coronel no tiene quien le escriba DE DON GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ...PRIMER EPISODIO


APORTE DE RAUL ROVIRA

Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder. — Mierda. - DON GABO
18 de abril de 2014 a la(s) 12:39
FRAGMENTOS DEL CUENTO El coronel no tiene quien le escriba DE DON GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ...El coronel destapó el tarro de café y comprobó que no había más de una cucharadita. Retiró la olla del fogón, vertió la mitad del agua en el piso de tierra, y con un cuchillo raspó el interior del tarro sobre la olla hasta cuando se desprendieron las últimas raspaduras del polvo de café revueltas con óxido de lata. Mientras esperaba a que hirviera la infusión, sentado junto a la hornilla de barro cocido en una actitud confiada e inocente expectativa, el coronel experimentó la sensación de nacían hongos y lirios venenosos en sus tripas. Era octubre. Una mañana difícil de sortear, aún para un hombre como él que había sobrevivido a tantas mañanas como esa, durante cincuenta y seis años —desde cuando terminó la última guerra civil— el coronel no había hecho nada distinto de esperar. Octubre era una de las pocas cosas que llegaban. Su esposa levantó el mosquitero cuando lo vio entrar al dormitorio con el café. Esa noche había sufrido una crisis de asma y ahora atravesaba por un estado de sopor. Pero se incorporóa para recibir la taza. —Y tú —dijo. —Ya tomé —mintió el coronel—. Todavía quedaba una cucharada grande. En ese momento empezaron los dobles. El coronel se había olvidaddo del entierro. Mientras su esposa tomaba el café, descolgó la hamaca en un extremo y la enrolló en el otro, detrás de la puerta. La mujer pensó en el muerto. —Nació en 1922 —dijo—. Exactamente un mes después de nuestro hijo. El siete de abril. Siguió sorbiendo el café en las pausas de su respiración pedregosa. Era una mujer construida apenas en cartílagos blancos sobre una espina dorsal arqueada e inflexible. Los trastornos respiratorios la obligaban a preguntar afirmando. Cuando terminó el cafñe todavía estaba pensando en el muerto. “Debe ser horrible estar enterrado en octubre”, dijo. Pero su marido no le puso atención. Abrió la ventana. Octubre se había instalado en el patio. Contemplando la vegetación que reventaba en verdes intensos, las minúsculas tiendas de las lombríces en el barro, el coronel volvió a sentir el mes aciago en los intestinos. —Tengo los huesos húmedos —dijo. —Es el invierno replicó la mujer—. Desde que empezó a lloverte estoy diciendo que duermas con las medias puestas. —Hace una semana que estoy durmiendo con ellas. Llovía despacio pero sin pausas. El coronel habría preferido envolverse en una manta de lana y meterse otra vez en la hamaca Pero la insistencia de los bronces rotos le recordó el entierro “Es octubre”, murmuró, y caminó hacia el centro del cuarto. Sólo entonces se acordó del gallo amarrado a la pata de la cama Era un gallo de pelea. Después de llevar la taza a la cocina dio cuerda en la sala a un reloj de péndulo montado en un marco de macera labrada. A diferencia del dormitorio demasiado estrecho para la respiración de una asmática, la sala era limpia con cuatro mecedoras de fibra en torno a una mesita con un tapete y un gato de yeso. En la pared opuesta a la del reloj, el cuadro de una mujer entre tules rodeada de amorines en una barca cargada de rosas. Eran las siete y veinte cuando acabó de dar cuerda al reloj. Luego llevó el gallo a la cocina, lo amarró a un soporte de la hornilla, cambió el agua al tarro y puso al lado un puñado de maíz. Un grupo de niños penetró por la cerca desportillado. Se sentaron en torno al gallo, a contemplarlo en silencio. —No miren más a ese animal —dijo el coronel—. Los gallos se gastan de tanto mirarlos. Los niños no se alteraron. Uno de ellos inició en la armónica los acordes de una canción de moda. “No toques hoy”, le dijo el coronel. “Hay muerto en el pueblo”. El niño guardó el instrumento en el bolsillo del pantalón y el coronel fue al cuarto a vestirse para el entierro. La ropa blanca estaba sin planchar a causa del asma de la mujer. De manera que el coronel tuvo que decidirse por el viejo traje de paño negro que después de su matrimonio sólo usaba en ocasiones especiales. Le costó trabajo encontrarlo en el fondo del baúl, envuelto en periódico y preservado contra las polillas con bolitas de naftalina. Estirada en la cama la mujer seguía pensando en el muerto. —Ya debe haberse encontrado con Agustín —dijo—. Pueda ser que no le cuente la situación en que quedamos después de su muerte. —A esta hora estarán discutiendo de gallos —dijo el coronel. Encontró en el baúl un paraguas enorme y antiguo. Lo había ganado la mujer en una tómbola política destinada a recolectar fondos para el partido del coronel. Esa misma noche asistieron a un espectáculo al aire libre que no fue interrumpido a pesar de la lluvia. El coronel, su esposa y su hijo Agustín —que entonces tenía ocho años— presenciaron el espectáculo hasta el final, sentados bajo el paraguas. Ahora Agustín estaba muerto y el forro de raso brillante había sido destruido por las polillas. —Mira en lo que ha quedado nuestro paraguas de payaso de circo —dijo el coronel con una antigua frase suya. Abrió sobre su cabeza un misterioso sistema de varillas metálicas—. Ahora sólo sirve para contar las estrellas. CONTINUARÁ...

viernes, 18 de abril de 2014

5 Poemas de amor de Federico Garcia Lorca

La Mala Hora - Gabriel García Márquez

Del Amor y Otros Demonios - Gabriel García Marquez

Maconda Vida. - Jose Flores



-aporte: OMAR RIFICI

Jose Flores
3 h ·
Un humilde homenaje a un grande de las letras.
Maconda Vida.
En esta hojarasca de recuerdos,
donde la luna roja desató su ira
mueren las letras suicidas
en estos tiempos de cólera.
Mis pasos caminan en el macondo
recorriendo sus calles áridas de sollozos,
llevando en mi alma el despojo
y esas cartas de un coronel sin guerra.
He vivido mi vida para contarla
recorriendo los burdeles con mi guitarra
y alegrar la noche a mis putas tristes
levantando el tequila y gritando coplas.
La noche cae abruptamente,
mis ojos se desmenuzan
al paso del tiempo, ahuecando
cada uno de mis recuerdos.
Eréndira aun bailando bajo la luna
escondida de su abuela mientras
rezaba el rosario a la santísima
esperando el canto de la lechuza.
Mientras su amado recibía
la triste noticia del secuestro
de su amada encadenada
al pie de su lecho.
No vendré más a decir mi discurso,
no habrá más reuniones clandestinas,
los portales de Macondo han sellado
sus entradas a los fantasmas del pasado.
En esta primavera he parado mi camino
frívolo y escueto, recuperando mis recuerdos
en esta crónica de mi muerte ya anunciada;
digo adiós a este mundo y sus recuerdos.
José Flores.
4/18/14.
A Gabriel García Márquez (QPD).

jueves, 17 de abril de 2014

Gabriel García Márquez: Discurso por el recibimiento del Premio Nobel

A Cristo crucificado (doble vídeo) - No me mueve, mi Dios, para quererte...

Jose Francisco Zarate - Ayer me puse a pensar...





Jose Francisco Zarate
17 h ·
Ayer me puse a pensar
¿qué felicidad puedo darte si vienes?
El mantenerme indiferente al mundo
Me hizo un ser triste y ermitaño
Tratando de escuchar un mensaje del Señor,
apuñalado por el pecado,
que nunca me encontrarás por los caminos tuyos
de peregrinajes y de fiestas
de luces, y de magia
de besos y de ternuras
porque ya me volví un ser triste y ermitaño
que no se cansa de buscar lo que tal vez no existe.
Es que ayer me puse a pensar
que no coordinan nuestros pasos
lo vi en tus ojos,
lo sentí en tu aire,
sentí que no sientes nada,
y ya no hay tiempo
o abandono parte de mi
y la lleno con la tuya
o abandonas parte de lo tuyo
y la llenas con lo mío
o arriesguemos, apostemos todo,
porque al fin y al cabo, eso es el amor
sin embargo no dejo de pensar
¿Qué felicidad puedo darte si vienes?
Porque ya me volví un ser triste y ermitaño
apuñalado por el pecado.
Y entonces comprendo a Dios
y comprendo porque estás lejos
y entonces comprendo al amor
aunque siempre salga perdiendo.

EN TU OMBLIGO VIVO YO - RAÚL ROVIRA





17 de abril/2014-Raul Rovira
Como quisiera subirte la blusa

e hilar detalles hermosos en tu ombligo;

seguir con las yemas de mis dedos

el nacimiento de las auroras boreales,

inventarme el crepúsculo de mis días,

saborear el infierno dulce de granadas

y manzanas de tu piel desnuda;

también, alejar a las deidades

de ese volcán primigenio de tu ombligo;

pero principalmente, pelear contra todos,

porque en ese lugar

donde la vida retoma su cadencia,

allí en tu ombligo,

vivo yo.

miércoles, 16 de abril de 2014

"NO ME MUEVE, MI DIOS" DEL MEXICANO FR. MIGUEL DE GUEVARA, POR FCASAVI

VERDE



VERDE.

Verde que te quiero verde, verde viento verdes ramas
el barco sobre la mar, el caballo en la montaña
verde, que yo te quiero verde, ay sí sí
que yo te quiero verde ay ay ay, yo te quiero verde.
Con la sombra en la cintura
ella sueña en su baranda
verdes ojos negro pelo
su cuerpo de fría plata,
verde, que yo te quiero verde.
ay sí sí
que yo te quiero verde.
Compadre quiero cambiar
mi caballo por su casa
mi montura por su espejo
mi cuchillo por su manta,verde
que yo te quiero verde, ay si si
que yo te quiero verde
Compadre vengo sangrando
desde los puertos de Cabra
Ysi yo fuera, mocito,
este trato lo cerraba, verde
que yo te quiero verde ay sí sí
que yo ye quiero verde
Compadre quiero morir
decentemente en mi cama
de acero si puede ser
con las sabanas de Holanda, verde
que yo te quiero verde, ay si si
que yo te quiero verde
Compadre donde está dime,
donde está esa niña amarga
cuantas veces la esperé
cuantas veces la esperara, verde
que yo te quiero verde, ay si si
que yo te quiero verde
Verde que te quiero verde, verde viento verdes ramas
el barco sobre la mar, el caballo en la montaña
verde, que yo te quiero verde, ay sí sí
que yo te quiero verde ay ay ay, yo te quiero verde

Amparo Estévez Saviza - "VERDE"



MOLINA CAMPOS

VERDE

Así como tal lo siento
Manjares verdes, dorados
Trigales y manzanas verdes
espigas y sol amarilleando

Amaneceres de fiesta
y aves revoloteando
buscando a su pareja
apareándose en la siesta

Vaquitas pastando
en la pampa soberana
la vida es un paraíso
de verde rojo y grana

Invasión de plumajes
aleteando van surcando
dejando así sus nidos
con pichones esperando

Brillan en agua clarísima
los peces comida buscando
Patos que van nadando
Corriéndolos y buceando

Y un trino de pajaritos
en los árboles cantando
Una oveja pastando
y mil otras imitando

Un ave comiendo bichitos
en el lomo del caballo
con la tarde que fenece
mugiendo el aire se asoma

un ombú que da sombra
y un amor que se pierde
cuando mi beso te nombra
y te conviertes en verde
Amparo Estévez Saviza
DRA.01040614-LA PLATA

martes, 15 de abril de 2014

ALONDRA VALEY - La Viajera





Alondra Valey
Hace un minuto aproximadamente
LA VIAJERA
Hoy encontré muy cerquita
un ave que solitaria
pedacitos de poesía,
derramaba , temblaba

¡Había tanta tristeza!
en el aire enrarecido,
tuve y curé sus alas
para tenerla conmigo

Llorando con sus gemidos
que destilaron el frío
la apretaba y sin saberlo
se ahogaba ¡Amigo mío!

¡Así la besé y solté!
a los cielos desteñidos
Lloré desesperanzas
¡ Siempre salen conmigo!

¡Quise olvidar las ausencias!
Y olvidar los desatinos
Siempre a pesar de todo
¡Terminaron allí contigo…!

Ahí soñando estuvieron
¡Tiempos desaparecidos!
Saludando así de lejos…
¡Y tu sombra va conmigo…!
ALONDRA VALEY-La Plata

JAIME SABINES: "LA LUNA" (con su voz)

ROMANCE DE LA LUNA LUNA - Federico García Lorca

lunes, 14 de abril de 2014

PABLO NERUDA - ESTA vez déjame



-Renacer Humano

ESTA vez dejadme
ser feliz,
nada ha pasado a nadie,
no estoy en parte alguna,
sucede solamente
que soy feliz
por los cuatro costados
del corazón, andando,
durmiendo o escribiendo.
Qué voy a hacerle, soy
feliz.
Soy más innumerable
que el pasto
en las praderas,
siento la piel como un árbol rugoso
y el agua abajo,
los pájaros arriba,
el mar como un anillo
en mi cintura,
hecha de pan y piedra la tierra
el aire canta como una guitarra.

Tú a mi lado en la arena
eres arena,
tú cantas y eres canto,
el mundo
es hoy mi alma,
canto y arena,
el mundo
es hoy tu boca,
dejadme
en tu boca y en la arena
ser feliz,
ser feliz porque si, porque respiro
y porque tú respiras,
ser feliz porque toco
tu rodilla
y es como si tocara
la piel azul del cielo
y su frescura.

Hoy dejadme
a mí solo
ser feliz,
con todos o sin todos,
ser feliz
con el pasto
y la arena,
ser feliz
con el aire y la tierra,
ser feliz,
contigo, con tu boca,
ser feliz.

PABLO NERUDA

FRANCISCO GAGO NIETO - VIÑETAS LITERARIAS


FRANCISCO GAGO NIETO

Alas y no balas
son las que deben volar...
Hubo un tiempo donde la vida
soñaba con la libertad.
Francisco Gago Nieto
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DIGNIDAD.0 (6)

Libertad, canalla amiga mia
libertad es luz en mis sombras
es la mano de esa dignidad.0
Libertad es respirar.
Utopía.

Francisco Gago Nieto
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Del sabor y sus sin latires
yo lo tengo a miles
y aún lucho por no desaparecer.

De la mujer
un respeto
madre de la vida
compañera de caminos.

Pero del error.
El error yo no lo concibo.

Francisco Gago Nieto
***************************************************************************************
A veces una simple sonrisa
abre un corazón de invierno
y lo vuelve más tierno.
A menudo, en la vida
lo más grande
se lo lleva el más pequeño.

Francisco Gago Nieto
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El tiempo y sus cosas
las mariposas y tu risa.
El tiempo es un sentir
donde el vivir lo es todo.
Una lagrima
un suspiro
y camino.

Francisco Gago Nieto
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CIEGA DE UN OJO

Ay mi España
que mal te veo
ciega de un ojo
y harta de tebeos.

La mala salud
tu poca educación
el trato a tus mayores
y la inmigración.

Ay mi España
que mal te veo
correteando estudiantes
engañando al extranjero

La mala gestión
de un país de toreros
ladrones, príncipes y banqueros.

Ay mi España
que mal te veo
arruinando la vida
a tanta y tanto obrero.

Vendedora de humo
de aeropuertos venideros
autopistas de derroches
pelotazo traicionero

Ay España
cuanto te quiero
que por mucho que te vendan
nosotros te compraremos.

Francisco Gago Nieto
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AMPARO ESTÉVEZ SAVIZA - VIÑETAS LITERARIAS




CUANDO TE APOYES EN MI BRAZO
Te prometo no caeré, no te soltaré, me quedaré callada.
Pondré mi mano sobre la tuya, sentiré tu calor, tu temblor,
tu paso esperanzado.AMPARO
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No tuve en cuenta…

¡Qué nada fue para siempre!
aunque presurosa guardaba
gemas y piedras preciosas
en el estuche sin tiempo…AMPARO
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"LO HACEN PARA AMAR"

“Los corazones que rompen el silencio
lo hacen para amar…”

¡Si el corazón calla se manifiesta en soledad!...AMPARO
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INSTANTES Y SOLO ESO

Más acá de nosotros: intentos de pasos, intentos de abrazos, intentos de sueños; intentos de vida; de risas; de lunas y soles, buenas sobre malas; de Tú y yo más que yo; de nosotros; de andar y quedarse; de zambullirse y nadar; buscar; encontrar; soplar y no ahogarse; vivir y no morir en los intentos…

Más allá de nosotros…la muerte. ¡DIOS, si nos espera! DIOS, si nos perdona…AMPARO
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¡ESPERABA POR TI!
Tú estabas ahí...
Preparaba
Encendía
Inventaba
Allanaba
Compartía
Suspiraba
Bebía
Y al final
Me dormía...

La luna miraba
y también reía
dos gotas de agua
que...
¡Nunca olas serían!AMPARO
*******************************************************************************
UTOPÍAS:::
Tú estás en MÍ
Yo estoy en TI

¡Al fin, ya no voy a sufrir!
Yo estoy en TI
¡TÚ lo estás en MÍ!

Puedes irte o quedarte
Yo no te extrañaré
¡Tú estás en MÍ!

Puedes huir a los confines
Buscarme en las estrellas
¡Yo estoy en TI!

Hay un lugar en los sueños
Donde estás en MÍ

Hay un lugar en los sueños
Y yo estoy en TI

Si me besas o me abrazas
Tú estás en MÍ

SI TE AMO O ME AMAS
Tú estás en MÍ y
Yo estoy en TI
AMPARO ESTEVEZ SAVIZA
******************************************************************************
INSTANTES Y SOLO ESO
Cuando camino y
flanquean mis sueños
Termino así siempre
Peleada con ellos
Les digo infelices
Ya váyanse lejos
No me torturen
Y corro ligero
Igual que los vientos
Golpean mi pecho
Detienen mi vuelo
Y hocico en el suelo…AMPARO ESTEVEZ SAVIZA
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DIEGO LOPEZ - VIÑETAS LITERARIAS




-“Dr. Creo estoy enloqueciendo… pues no dejo de abrazar un verso muerto”
-“No es locura la del poeta que siente… es locura el instante en que mueren los sentires”

Diego López
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Amor… es creer todo es posible cuando es de a dos.
Amor… es pronunciar tu nombre para invocarnos.
Amor… es tu mano sosteniendo mi mano.
Amor… tú y yo.

Diego López
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Y las musas que inspiran velaron tus primeros sueños
y las furias abdicaron ante el tiempo que te perpetúa
y acaecía música en instantes del silencio pereciendo
y lloraba el cielo… sobre el arociris de sueños nuevos
y era magia… de un destino hilando en su ajada rueca.

Porque fuiste signado por una vida… que te respira

Diego López
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Tengo el tiempo respirando mis labios… pues mis besos te acariciaron perpetuo.

Diego López
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Te espero en el silencio de los olvidos… pues mis recuerdos te añoran.

Diego Lopez
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El frío abraza al tibio calor que tenue despierta
la sombra besa a la tímida luz que aún respira
el silencio acaricia el suave murmullo del alma
la luna amará por siempre cada sol que nazca
el instante se volverá mancebo de lo perpetuo
la esperanza cobijará una lágrima que adolece.

pues en unión de anversos… se vive lo completo.

Diego López
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-¿Vamos?
-¿dónde?
- A conjurarnos en silencio de un beso.

Diego López
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La muerte lo esperaba silente para besar sus postrimeros instantes…
Él, tan solo regresó los pasos… para darle vida a todos sus besos dormidos.

Diego López*
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Cuando me torne silencio… recuerda que antes fui susurro.

Diego López
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Ha de resquebrajar el destello de un anhelo… la penumbra que devora
Ha de hendir los silencios que transmutan… el gorjear de los jilgueros
Ha de reverdecer el jardín marchito… las lágrimas sembrando sueños
Ha de abrazar la luz una mirada que siempre ha buscado… la esperanza

Diego López
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Ahí, donde el destino resguarda los amores eternos…
yacen cincelados nuestros nombres.

Diego López
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Tenía ese vacío nostálgico en mis ojos… hasta que tu amor colmó la mirada de mi alma.

Diego López
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La realidad indica… que quien ocupa su tiempo en la vida foránea
besa eternamente… la cobardía de contemplar su propia pobreza.

Diego López
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El mundo es de los que sueñan… ¿Te pertenece?
Una parte ya es mía…

Diego López
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Tus labios heredaron el néctar de mis besos
pero tus manos…
Tus manos duermen sangrando mis quebrantos.

Diego López
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domingo, 13 de abril de 2014

Federico Garcia Lorca "Verde que te quiero verde"

Amparo Estevez Saviza - POESÍA ES...




POESÍA ES...
Poesía es ver el mundo en colores…la tristeza en esperanza…el amor en realidad…las bocas en frutos…los niños en ángeles…los ancianos en padres…la pobreza en injusticia…el sol la luz de la vida y la luna la cómplice de eternidades que embellecen las palabras y hacen saltar al corazón por penas y alegrías- Olvidos o gemidos de amor internalizados en el hoy – en el ayer- Hacer nacer lo que existe en el alma de los que se identifican con los versos y con los poetas…AMPARO ESTEVEZ SAVIZA-LA PLATA

NO VOLVERE A TI...!!(jaime robert) - (Contemporáneo)





NO VOLVERE A TI...!!(jaime robert)

Te fuiste un dia y sin querer crei,que jamas llegaria aquel momento,pero hoy es diferente,al fin comprendi...!!

Lentamente me fui levantando de mi lecho de dolor,en el cual vivia esperanzad@ torpemente,reaccionando por algo que me contaron;

"QUIEN SE VA SIN QUE LO HECHEN,SIEMPRE REGRESA SIN QUE LO LLAMEN",en otra oportunidad me dijeron;"SI AMAS A ALGUIEN,DEJALO IR.SI REGRESA ES TUYO,SINO NUNCA LO FUE!!"

Pero la verdad comprendi que mi corazon debe recibir respeto,pero partiendo por mi mism@.!!

Recuerdo mil lagrimas que derrame,que solo tuve mas dolor y menos dignidad,por no querer ver que nuestra historia ya no existia,queria seguir y estar.

Me negaba a querer avanzar con mi vida y velar por el respeto de mis sentimientos.

Mas aun por creer ser un@ ilus@ o un@ torpe romantic@...!!

Que gran error!!

Pero no hablo de errar por haber estado junto a ti o por haber creido en una historia sin fin,sino por querer seguir esperanzado en solitario,en algo que ya es parte de una historia pasada que es de cada uno,pero ya no nuestra...!!

Cuesta comprender,pero lo he logrado:

"Entendi que de amor ya no se muere,sino al contrario se vive"

Muchas veces quise verte volver ,para refregarte mi amor en tu rostro,pero que idiota seria,si dejase que lo tengo en mi corazon,como base de vida se transformase en odio.

Mi corazon esta para hacer feliz y darme fuerzas,para levantarme mil veces.
Gracias a dios,al fin lo he comprendido y estoy dispuest@ a ser feliz en mi luto,en mi soledad y en mi alegria al descubrir con quien compartir mi camino.

"EL AMOR ES COMO UNA LUZ QUE ILUMINA MI CORAZON PARA GUIARME EN ESTA VIDA,SONRIENDO SIEMPRE.POR ELLO,AUNQUE ME FALTE EN ESTE INSTANTE,SE QUE MAÑANA ESTARA PARA MI..."

Jamas volvere a ti,pero no es por despecho que lo expreso,ya que mi corazon al fin,hoy se fusiona con mi razon.

La vida esta hecha para disfrutar y aprender de los errores propios y de los demas,por ello escoji mi camino...

LOGRAR SER FELIZ...!!
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JAIME ROBERT

sábado, 12 de abril de 2014

CUANDO TE APOYES EN MI BRAZO- AMPARO ESTEVEZ SAVIZA



CUANDO TE APOYES EN MI BRAZO
Te prometo no caeré, no te soltaré, me quedaré callada.
Pondré mi mano sobre la tuya, sentiré tu calor, tu temblor,
tu paso esperanzado. Eso me dirá que empiezas a recorrer un mundo que te alejará de mí. Sin embargo cerquita estaré, porque cuando la hoja cae, vierte sus jugos sobre la tierra y en primavera renace otra vez…
NO TE SIENTES A MIRAR LA GENTE QUE PASA…
Ni TIENTES tu carne con mujer alguna que guarde
tu vida entre sus piernas. Toma a aquella que llora en tu hombro,
te pide caricias del alma y el día que da su cuerpo lo hace como manantial
de agua bendita que SE EXPANDE POR ES TUYO, sin estrategias, sin preguntas, sin miedo…Porque cuando la posees
la internalizas en el alma para siempre y ese será el nido que ella tomará para darte los hijos…¡¡¡Búscala, en algún lugar está ESPERÁNDOTE!!!
QUIERO UN ABRAZO,
Que encierre al mundo entero; para sentir entre tantos latidos, el tuyo-
Para que todos sepan que no eres uno más-Para que nadie te señale-
Para que estés junto a mí como si fuera posible-Para que nunca te olvides de mí-
Para reducir la tierra y sentirme feliz…
AMPARO ESTEVEZ SAVIZA (A mis hijos varones)La Plata-Argentina

SABIDURÍA INDÍGENA





Te encontraron detrás de tu sombra,
el sol del ocaso a la espalda
y por eso tu derrota.
Si el sol está en tu pecho,
pies y cabeza dorados,
no te vencen hombres,
dioses y elementos.
Ya caído miras sin ojos,
oyes sin oídos, sientes sin tacto,
hablas sin lengua,
condenado a silencio
sin más alarido que la sangre en las heridas.
¿Qué hierbas sostienen tan adentro
tu aliento de tinaja y agua dulce?
Sacas tu mañana a la ceniza
y la revuelcas entre plumas
de pájaros helados que gorjean
esperando que rías. No la mueca. La risa.
La, ¡ay!, perdida risa de tus dientes bellos.
El sol volverá a tu garganta,
a tu frente, a tu pecho,
antes que anochezca definitivamente
sobre tu raza, sobre tus pueblos,
y qué humanos serán el grito, el salto,
el sueño, el amor y la comida.
Estás hoy tú y mañana
otro igual a ti seguirá en la espera.
No hay prisa ni exigencia.
Los hombres no se acaban.
Aquí había un valle, ahora se alza un monte.
Allá había un cerro, ahora hay un barranco.
El mar petrificado se convirtió en montaña
y se cristalizaron relámpagos en lagos.
Sobrevivir a todos los cambios es tu sino.
No hay prisa ni exigencia. Los hombres no se acaban.



De: Obras completas
BUSCAR ESTE POEMA RECITADO POR ALFREDO ALCÓN

MIGUEL ÁNGEL ASTURIAS

“Te amo” - dijo el principito…




“Te amo” - dijo el principito…
-“Yo también te quiero” - dijo la rosa.
-“No es lo mismo” - respondió él…
"Querer es tomar posesión de algo, de alguien.
Es buscar en los demás eso que llena las expectativas
personales de afecto, de compañía…
Querer es hacer nuestro lo que no nos pertenece, es
adueñarnos o desear algo para completarnos, porque
en algún punto nos reconocemos carentes.
Querer es esperar, es apegarse a las cosas y a las
personas desde nuestras necesidades.
Entonces, cuando no tenemos reciprocidad hay sufrimiento.
Cuando el “bien” querido no nos corresponde, nos sentimos
frustrados y decepcionados.
Si quiero a alguien, tengo expectativas, espero algo.
Si la otra persona no me da lo que espero, sufro.
El problema es que hay una mayor probabilidad de que la
otra persona tenga otras motivaciones, pues todos somos
muy diferentes.
Cada ser humano es un universo.
Amar es desear lo mejor para el otro, aún cuando tenga
motivaciones muy distintas.
Amar es permitir que seas feliz, aún cuando tu camino sea
diferente al mío. Es un sentimiento desinteresado que nace
en un donarse, es darse por completo desde el corazón.
Por esto, el amor nunca será causa de sufrimiento.
Cuando una persona dice que ha sufrido por amor, en realidad
ha sufrido por querer, no por amar.
Se sufre por apegos. Si realmente se ama, no puede sufrir,
pues nada ha esperado del otro.
Cuando amamos nos entregamos sin pedir nada a cambio,
por el simple y puro placer de dar.
Pero es cierto también que esta entrega, este darse, desinteresado,
solo se da en el conocimiento.
Solo podemos amar lo que conocemos, porque amar implica tirarse
al vacío, confiar la vida y el alma. Y el alma no se indemniza.
Y conocerse es justamente saber de vos, de tus alegrías, de tu paz,
pero también de tus enojos, de tus luchas, de tu error.
Porque el amor trasciende el enojo, la lucha, el error y no es solo para
momentos de alegría.
Amar es la confianza plena de que pase lo que pase vas a estar,
no porque me debas nada, no con posesión egoísta, sino estar,
en silenciosa compañía.
Amar es saber que no te cambia el tiempo, ni las tempestades,
ni mis inviernos.
Amar es darte un lugar en mi corazón para que te quedes como
padre, madre, hermano, hijo, amigo y saber que en el tuyo hay un
lugar para mí.
Dar amor no agota el amor, por el contrario, lo aumenta.
La manera de devolver tanto amor, es abrir el corazón y dejarse amar.”
-“Ya entendí” - dijo la rosa.
-” No lo entiendas, vívelo” -dijo el principito.
Aporte de "oasis para el alma"

jueves, 10 de abril de 2014

JOSÉ FLORES - EL POETA (CONTEMPORÁNEO)



El Poeta.

Soy el poeta que desliza sus palabras a través del viento,
que acicala tu cabello con sus dedos,
el poeta que a sus versos los llena con tu aroma
que viajan por las mañanas entre la brisa.

Soy el poeta que deslinda sus letras, en el contorno de tus senos,
abrigando con sus versos, tu corazón de guerrera,
soy el poeta, que a sus frases deja libres,
como palomas mensajeras, volando al horizonte.

Siguiendo la estela que dejas, al ir recorriendo graciosamente,
con tu andar de gitana, el camino dejado por el sol,
en su fuga hacia la noche, para encontrarse a su bella luna,
para recitarle sus versos que alimenten su alma.

Soy el poeta, el mismo que te arropa,
el que te dice al oído poemas de amor,
el que con sus manos escribe sus caricias,
el poeta que escribe sobre tu alma.

Mira amada mía, me postro ante ti,
con la humildad de un siervo a su reina,
con la gallardía de un caballero ante su dama,
con la pasión de ser poeta, para llenarte de amor.

Soy tu poeta loco, el que rompe esquemas,
soy el que escribe al amor y a tu bella alma,
el poeta que desmiembra su corazón
y te cubre tus sueños en las madrugadas de estrellas.

Soy el poeta que en sus sueños
viaja incansable, para alimentarte tus deseos,
para decirte te amo, bajo la luz de la luna,
que es testigo de la osadía de amar a una reina.

Soy humilde poeta, escribiendo en tu piel,
acariciando con cada letra tú alma desnuda,
soy el que te lleva de la mano entre los sueños,
soy tu poeta amada mía.

José Flores.

miércoles, 9 de abril de 2014

BENEDETTI - Aporte de Raul Rovira



BENEDETTI
Te espero cuando la noche se haga día,

suspiros de esperanzas ya perdidas.

No creo que vengas,

lo sé, sé que no vendrás.



Sé que la distancia te hiere,

sé que las noches son más frías,

sé que ya no estás.



Creo saber todo de ti.

Sé que el día de pronto se te hace noche:

sé que sueñas con mi amor,

pero no lo dices,

sé que soy un idiota al esperarte,

pues sé que no vendrás.



Te espero cuando miremos al cielo de noche:

tú allá,

yo aquí,

añorando aquellos días

en los que un beso marcó la despedida,

quizás por el resto de nuestras vidas.



Es triste hablar así.

Cuando el día se me hace de noche,

y la luna oculta ese sol tan radiante,

me siento sólo, lo sé;

nunca supe de nada tanto en mi vida,

solo sé que me encuentro muy sólo,

y que no estoy allí.



Mis disculpas por sentir así,

nunca mi intención ha sido ofenderte.

Nunca soñé con quererte,

ni con sentirme así.



Mi aire se acaba como agua en el desierto,

mi vida se acorta pues no te llevo dentro.

Mi esperanza de vivir eres tu,

y no estoy allí.

¿Por qué no estoy allí?,

te preguntarás...

¿Por qué no he tomado ese bus que me llevaría a ti?

Porque el mundo que llevo aquí no me permite estar allí,

porque todas las noches me torturo pensando en ti.

¿Por qué no sólo me olvido de ti?

¿Por qué no vivo sólo así?

¿Por qué no sólo...?